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ANÁLISIS

8 de abril de 2020

Del #Quedateencasa al ¿A dónde nos vamos a ir?  

“A menos que los filósofos reinen en los estados, o los que ahora son llamados reyes y gobernantes filosofen de modo genuino y adecuado, y que coincidan en una misma persona el poder político y la filosofía, y que se prohíba rigurosamente que marchen separadamente por cada uno de estos dos caminos las múltiples naturalezas que actualmente hacen así, no habrá, fin de los males para los estados ni tampoco para el género humano”. (Platón. La república. Libro V. 473d. Editorial Gredos.)

Tal como el efecto placebo, el convencimiento del paciente que al tomar una determinada medicina mejorará por más que ésta no tenga ningún principio activo, muchos administradores en situaciones de crisis, sobreactúan la toma de decisiones, apoyados en la reglamentación cumplimentada por uniformados armados, para encontrar una salida y convencerse y convencer sobre la misma. 

 

Con la intención de evitar el pánico que inmoviliza, y que posteriormente puede causar la toma de decisiones irracionales, afianzados en la perspectiva de hacer camino al andar, no son pocos, los que al frente de las tormentas se dicen sabedores para enfrentar con éxito las mismas y en verdad, apenas si pueden brindar un diagnóstico preciso y acertado de lo que está ocurriendo. 

 

Paradójicamente, el término “éxito” proviene del latín exitus, que significa salida, pero vinculada a una salida hacia la muerte (exitus letalis en las historias clínicas para cerrar el caso del occiso). Con el paso de los siglos, olvidamos la connotación mortuoria y representa el triunfo, o la salida gananciosa de un lugar, situación o acontecimiento. 

A tal punto el concepto éxito, se reconvirtió con el paso que realizamos sobre el tiempo, que no son pocos, los que últimamente, titularon nuestra cultura o modo o comportamiento como “exitista”. 

 

La aceleración en la que nos sorprendimos de un tiempo, a esta parte, nos llevó a reproducir, a multiplicar, a replicar exponencialmente, en el afán de acumulación en el que nos encontramos perdidos en este laberinto. Necesitamos salir, necesitamos tener éxito en el amplio sentido del término. No se trata de; en dónde quedarnos, por más que en una contingencia, este muy bien que lo hagamos en casa, dado que, en verdad, el principal problema, el problema radical o el único problema es que no tenemos horizonte, porque no sabemos a donde ir, o por expresarlo, en otros términos, desconocemos en donde esta la salida.

 

Por supuesto, que la respuesta no podría ser de índole individual. Mayoritariamente la responsabilidad es de los gobiernos, ejercidos por los gobernantes, a quiénes, en su mayoría, hemos elegido para ello. 

 

En todo caso, es una obligación moral, sanitaria y normativa, que podemos asumir individualmente el que nos sigamos quedando en casa (habría que reconocer que mientras más se extiende el confinamiento, mayor grado de dificultad genera lo que en un principio podría ser considerado algo muy sencillo de realizar o aplicar) como también lo es, una obligación de estado, de gobierno y un imperativo categórico que atañe a todos y cada uno de los gobernantes que nos digan a ciencia cierta, a dónde nos vamos a ir o a dónde nos estamos yendo. 

  

En el laberinto confuso, viralizado, de la repetición automatizada, no puede seguir siendo tal como discurso único, el slogan, la consigna, el axioma, el rezo o la marca del “quedémonos en casa”. Ya ha sido suficiente con ello, el que lo sigamos repitiendo o blandiendo como canto de esperanza, podría resultar contraproducente.

 

Es tiempo que los gobernantes, nos brinden la salida. Podamos ser conducidos por estos guardianes, al éxito, se torna la función principal en esta hora de zozobras, que requiere lo mejor de sí, de cada una de las comunidades, que mediante la política sigan resolviendo las tensiones del poder, qué en estos tiempos, como pocas veces o nunca antes, posee un objetivo expreso, manifiesto y claro. 

 

Necesitamos salir, necesitamos tener éxito. Sí bien no es una fórmula perfecta o mágica, los primeros que han pensado y escrito cuestiones de estado, nos legaron aquel buen consejo, del que hace mucho no lo tomamos o establecemos.

 

El gobernar y el saber deben estar asociados, filosofía y política no pueden ser compartimentos estancos. De los laberintos, se sale por arriba, como nos demostró Marechal, y para ello, es necesario abstraer, que es pensar, imaginar, razonar, que en definitiva es salir de las repeticiones, de las réplicas, de lo dado, olvidar diferencias e implementar las variables de la intuición, aprehendida por los que se dedican al conocimiento, a la sabiduría y lo ponen al servicio de las multitudes, del pueblo, del afuera, de las calles.     

 

 

Por Francisco Tomás González Cabañas. 

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