1 de diciembre de 2019

Candidatos 2021.

No hablamos de proyectos, de propuestas, de frentes o de partidos. Nombres y apellidos, de seguramente hombres (no más de cuatro) y ninguna mujer, serán los que correrán con chance, de en algún caso mantener, en otro volver y los dos últimos casos (uno tras haberlo intentado sin éxito un par de veces) llegar al poder político de la provincia de Corrientes en el próximo turno electoral. No lo expresamos desde la corrección política de lo que deseamos o lo deseable en tales términos, hablamos de cómo se vislumbra el panorama de aquí a algo más de quince meses, cuando vuelva a rodar la campaña electoral, que tendrá como paso previo un 2020, donde los partidos y frentes pasarán de un segundo a un tercer o cuarto plano.

Los proyectos políticos, se arman o se construyen desde la individualidad, desde la decisión personal, de quiénes por lo general, habiendo arribado al poder, no se quieren alejar del mismo, en el caso de haberse alejado por alguna traba constitucional, pretenden retornar o en el último de los casos, por quiénes habiéndose preparado, toda una vida, para ello, consiguiendo recursos ingentes para derramarlos, reciclarlos en el mercado común o electoral, se embarcan en la partida. 

 

La política actual, es decir el enclave de lo electoral como su base y fundamento, es todo lo otro, por lo general, lo perversamente contrario, a lo que se expresa en los medios de comunicación, a lo que se enseña en las academias, a lo que se balbucea en los pasillos de las usinas del poder formal e informal. 

 

Sobretodo en distritos gobernados, gerenciados y hegemonizados por la pobreza estructural, la única variante, que determina fehacientemente las candidaturas políticas de posibles administradores de las migajas que queden de la hambruna generalizada, de la indigencia real y moral, es la voluntad individual de quiénes teniendo en su haber, cierto poder, obtenido casual u oportunamente, lo ponen en juego en la arena electoral, apostando, entre el pobrerío, para ver a quiénes de aquellos, estos “eligen” los obligados a tener esperanzas de salir de su condición, a razón de que jamás la obtendrán en forma real, dado que sí esto sucede el juego finaliza.

 

La ineluctable perversidad se materializa y profundiza: a mayor dimensión constitucional, normativa como semántica, de los “partidos políticos” de las ideas, de los proyectos y de todo lo “políticamente correcto”, meno uso real y necesidad de tal cosa, se aplica en el campo de lo electoral, entre la praxis que exigirá de cada candidato, que sepa repartir mejor tanto los recursos que consiga y obtenga, cómo las expectativas o “mentiras” que sepa instalar entre el colectivo, que conducirá el erigido desde su individualidad. 

 

En dos de las provincias más pobres del país, que no por casualidad tienen el calendario electoral, desvinculado del resto, producto de sendas como reiteradas intervenciones federales que por “excusas” sostenidas y sostenibles, llegaron a cada una de las mismas, se votara para gobernador y para jefes comunales en 2021.

No habrá margen para otra cosa. Los candidatos con chances reales, serán individuos e individualidades que construyan desde sí, que a partir de tal decisión personal, se encargaran de obtener el ropaje legítimo-legal, de los sellos, frentes y partidos, para finalmente dar la batalla electoral, en donde por lo general, por no decir siempre, gana quién administra, reparte o distribuye mejor, no sólo los recursos reales que posee u obtiene, sino también aquellos que dice que manejara (es decir la expectativa, o la credibilidad que pueda generar ante electorados, sumidos en la pobreza).

 

Se vota como se vive. No pensamos, no nos interesamos por nada que no esté al alcance de nuestra mano y que no sirva sólo a nuestros egoístas intereses. No nos importa el otro, en cuanto no se someta a lo que nosotros queremos para él. La democracia sólo es creíble en tanto y cuanto, gane por el que vote, al que lo elegí, por una decisión sumamente privada y personal. Así como tampoco tenía nada más que ofrecerme, tampoco nos preocupamos en que un político, en representación de la política, sea algo más que un muñeco que, producto de nuestra odiosa construcción, naturalmente se volverá, con crueldad y ferocidad contra su creador. 

 

 

Por Francisco Tomás González Cabañas. 

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