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ANÁLISIS

13 de abril de 2019

¿A qué partido político votar en las próximas elecciones?

“Los partidos políticos, el comité de berberaje y taba, fueron por varias décadas la degeneración ciudadana, el relajamiento de los sentimientos patrióticos, el logrerismo de los sinvergüenzas y a su sombra tétrica y delictuosa, medraban los haraganes y vividores, nativos y naturalizados que solo tenían por norte vivir a expensas del estado”. (David Uriburu. Interventor Federal de Corrientes. Discurso de asunción del 15 de marzo de 1944)

La democracia, pasó a significar representatividad (la legitimidad que se daba entre los representantes y los representados, validado en el fondo por la razón primigenia que alguna vez, como en las revoluciones, la gente en petición de sus derechos que creían más urgentes o prioritarios que los otros, se hizo lugar mediante la fuerza o violencia) y la representatividad partidos políticos.

En un paréntesis de esta historia occidental, que como las mejores (en el sentido del drama que ofrecen o las tensiones que se contraponen), las más alambicadas, no resulta lineal o progresiva. Ciertos representantes de la primera revolución historiada (en términos de democraticidad; la francesa), precisaron hacer otra, en Rusia, para consagrar el golpe de gracia al sistema dinástico del poder, introduciendo una reforma muy peculiar. El establecimiento del partido único. Bajo la formulación Marxista, que académicamente aún genera tantos adeptos como detractores pero que le granjean una notoria como inusitada continuidad en el mantenimiento de tal formulación política, tenemos algo radical para expresar al respecto.

Independientemente de sus postulaciones en el campo filosófico, social y económico, o en la ciencia misma que se ha creado a partir del mito Marxista, y sin que pretendamos, en un rapto de Homo academicus, a decir de Bordieu, explicitar o mucho menos refutar algo desde la Marxiología, simplemente diremos, que la formulación del planteo del partido único no estaba equivocada en su planteo mismo, sino en la aplicación o en la aplicabilidad que le dieron sus adeptos que en tono irónico, pasaron a ser de Marxistas a Marcianos ante el equívoco cometido.

Años después sin embargo, de empantanarnos en la orgía de la multiplicidad de partidos, que son partes de partes, fractales minúsculos que se subdividen, transformando al sistema democrático en una suerte de agujero negro de la razón y del entendimiento, tenemos para expresar el reconocimiento, como  la propuesta siguiente.

La anarquía conceptual en que nos ha enredado esta penalidad de estar sometidos al resultante de lo electoral, nos multiplican en sus manifestaciones, que son las elecciones (en donde tampoco en verdad terminamos eligiendo nada que pueda elegir nada, obviamente) a expensas de hacernos creer que esta multiplicación de lo representativo (como solución plantean últimamente democracias semi directas, o directas, en donde están de moda los plebiscitos o referéndums) es en definitiva el camino para encontrar la partícula elemental de lo democrático, no es más que un laberinto político, de donde debemos salir lo antes posible antes que perezcamos de inanición o enloquezcamos ante tanta confusión.

En términos reales, nuestra apuesta es siempre por lo conceptual. Es decir, creemos y estamos convencidos que para el ciudadano actual, nada le sería más sencillo, como para reconstruir cierta empatía con lo político (que lo vincula indiscerniblemente con lo representativo y lo democrático) que el patrimonio de la representación esté en manos de una única vía, sea esta con mayor o menor participación del estado (que sí lo tendrá que regular, claro está). Esta cuestión metodológica que dejamos abierta, bien podría derivar en la no necesidad de partidos, y que las candidaturas se resuelvan, casi individualmente, estableciendo métodos razonables para ello o en la constitución de un partido único que contemple, como condición necesaria y suficiente, elecciones internas en donde todos los que piensen de la manera que lo hagan, tengan garantizada la posibilidad de participar.

Escindir este elemento nocivo de lo político y por ende de lo democrático, será sin duda un paso adelante, por más que la inercia conservadora de mantenernos donde estamos nos diga lo contrario. Terminar con la multiplicidad, que además ya cumplió más de dos siglos de buena faena, de lo representativo, y constreñirla, o ceñirla en un camino más adecuado, tiene que ver con trabajar humanamente por los derechos políticos de no diseminarnos en réplicas de lo que en verdad no tendría sentido, o sí lo tuvo ya cesó tal período, de subdivisión como la representatividad democrática, que refleja nuestro sentir democrático.

Hacer política, más que nunca tiene que ver, con pensar para luego actuar, en un sistema que garantice que vivamos mejor y eso, por más que nos lamentemos desde hace tiempo, está mucho más allá de lo electoral y de los partidos.

Por Francisco Tomás González Cabañas-

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