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  ANÁLISIS  7 de abril de 2019
La política del sello.
Ingmar Bergman plantea una compleja alegoría de símbolos y personajes en El séptimo sello, película que Narra la historia de un tal Antonius Block, caballero sueco que, junto a su escudero, regresa de una de las Cruzadas a su pueblo y lo encuentra bajo el azote de la peste y de la ignorancia. La Muerte aparece soberana, magníficamente representada, pero el caballero la reta a un juego de ajedrez, Se trata de una de las mejores películas de este prestigioso director, considerada una obra maestra del cine mundial, que fue abundantemente premiada y aclamada. Nos hacen pensar sobre la vida como un juego contra la muerte, un juego que de todas formas vamos a perder, aunque depende de nuestra creatividad e inteligencia ganarle tiempo a la muerte, para agregar días a la vida, para encontrarle sentido y respuesta a tantas inquietudes no resueltas, como las de la guerra, el hambre, la enfermedad, la injusticia y la tontería. Tal como la temeraria película de Bergman, es la política del sello, nos hace creer en una democracia irreal, en donde supuestamente elegimos mediante el voto, a los candidatos, que temiblemente han sido escogidos por el poder omnímodo de quién en nombre de la democracia, la sella sempiternamente.

 

¿Asistiremos nuevamente a ese espectáculo casi circense de cierta clase política, en donde además de los mismo, hacen su agosto, los menos escrupulosos de los comunicadores y los dueños de casas de ploteados y de imprentas? ¿Se repetirán esas caminatas por los barrios, cuál recorrida de emperadores romanos en terreno de bárbaros, ese tracking de campaña, con la parafernalia de banderas, gorros y calcos, un sincretismo entre los tiempos de unitarios y federales y la imposición del merchandising, logrando el cometido del contacto con la gente, del besamanos hacia los funcionarios o candidatos, en definitiva esa eyaculación violatoria  que da esperanza a cambio del pedido del voto, o de la toma del mismo, el croto seguirá en su condición, mientras los nombres se suceden como en un calesita, sin que las soluciones asomen como milagroso horizonte?. ¿Se reducirá no ya en un dígito, sino en una persona, la pobreza o la consecuencia de la misma, sí votamos a uno u otro?

 

A horas del cierre de las listas, los que pretenden anotarse en las mismas, se desgarran en exaltar sus virtudes y capacidades, no reconociendo o escondiendo sus defectos, para que la rúbrica nominal de sus nombres y apellido se estampe lo más próximo posible a un lugar de relevancia o expectación. Lo significativo, como todo en la vida, es que, lo más auténtico, real y valedero, anida en el corazón y en la cabeza, o en el alma y la esencia de las personas, y allí no son pocos, o son muchos los candidatos “huérfanos de espíritu”.

 

No se trata aquí de una cuestión ontológica, religiosa o trascendental, referimos a lo espiritual, como representación más fidedigna de lo que somos. Pues sí en una elección, lo que está en juego es el fenómeno sociológico de la representación, debemos ahondar en aquello acerca de lo que es o lo que son los candidatos y que por tal cuestión plantean representar o pretenden hacerlo para las o hacia las mayorías.

Por eso, existen discursos diversos y toda una mercadotecnia en cuanto a esto, dado que mientras más diga representar un candidato, más sectores  podrán contemplar para dirigir sus actos o discursos. Vale decir, en tiempos de elecciones, se sabe que el candidato (de allí su nombre que lo dispone a la seducción del voto) va a lugares inimaginables y se sienta con personas y personajes variopintos (desde lúmpenes a curas) a los efectos de pretender abarcar ese todo denominado gente, soberano o votos. De allí la atracción/trampa que ejercen los medios de comunicación, que supuestamente llegan de varias formas por diversos canales, cuando en verdad, en la actualidad, solo difieren de formas, pues lo que se envía, tanto desde los candidatos, como lo que se procesa desde los medios, es lo mismo. Aquí comienzan los problemas y aquí metemos al espíritu como concepto clave.

Candidatos, en su gran mayoría, vacíos de todo, carentes de objetivos, de discursos, impulsados por un único deseo materialista, que se les nota y los trasvasa. Pretenden con esa materialidad comprar los discursos, la toma de la cámara donde mejor se los vea, la pregunta cómplice del periodista, la crónica favorable del redactor, la actividad o el mitin en el barrio, la militancia del militante, los aplausos de seguidores pagos y que todo lo invertido le vuelva en esas jugosas dietas que lo ponen en un sitial diferente al resto, ese instante de poder en donde solo decide a quién le da siempre lo mismo, que es dinero en todas sus formas y manifestaciones.

No es necesario definir política, como el ejercicio del poder destinado a la transformación, pero los carentes de espíritu no tienen con qué hacerlo, son simples marionetas de un sistema, símiles a los agentes Smith de la trilogía del cine Matrix, copian y pegan, discursos, ideas prestadas o compradas, para repartir bienes entre personas que varían cada tanto, esa es toda la libertad que tienen y por ende que pueden ofrecer.

Se les nota, y demasiado, en sus afiches, en lo que dicen sin creer, en lo que prometen sin entender, y en lo que claman, sin verdaderamente querer, les deberíamos dar, casi como una limosna, ese supuesto poder que ellos creen tal, que en verdad son migajas materiales a repartir, dan pena , pero se los necesita como contraejemplos, como muestra de lo nocivo, del camino que no debemos seguir, por más que circunstancialmente y mediante los engaños que plantea la mercadotecnia cosechen pingues adhesiones a precio vil.

 “El espíritu no es ni la sagacidad vacía ni el juego de ingenio que a nada compromete,  ni el ejercicio sin fin del análisis intelectual, ni una razón universal, sino que espíritu es el de decidirse originariamente templado y consciente por la esencia del ser “(Jacques Derrida).

El espíritu es lo que trasciende a la muerte, la democracia es un juego más de cómo puede resolverse la tensión del poder y de la política. La libertad anida en que seamos libres de elegir las formas, no los supuestos candidatos, predeterminados por el dueño de un juego, que cada vez tiene menos sentido para los que no son ungidos por su dedo arbitrario. 

 



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