ACTUALIDAD  26 de noviembre de 2018

La agresión la perpetra la Conmebol.

Así como durante décadas fungió como aliciente moral, como narcótico eficaz para una sociedad acobardada y entumecida en odio y temor, la teoría de “los dos demonios” para justificar el terrorismo de estado pre-democrático, desde la postergada, como publicitada “final del mundo” entre los clubes Boca Juniors y River Plate, corre como reguero de pólvora, el caer una y otra vez por sobre el grupo de inadaptados, que también se constituyen en mafias, organizadas y enquistadas, sindicadas como barras bravas, llegando a la sociedad toda, enferma de violencia y estupidización, que permite, que interactúa y que se fagocita en una suerte de sociedad plagada, o conformada, básicamente por estas bravas barras que supuestamente lo explicarían todo. De aquí, sale, se desprende, se expulsa cuál materia fecal, la necesidad del castigo, el llevarlo todo a una instancia tribunalicia que dictamine, más que nada una sanción, la penalidad, que todos están buscando, para expiar sus temores y por sobre todo la falta de un análisis más profundo, que nos haga salir de nuestras zonas más cómodas y por ende más acomodaticias, que nos despabilen de la borrachera monumental de incorporar tantas palabras de ex futbolistas, de analistas de la redonda y de todo tipo que en tren de seguir bajo las mismas reglas de un show armado, para que los ganadores siempre sean unos pocos, por más que los espectadores y los protagonistas, tengan pocas veces, como esta de darse cuenta que son convidados de piedra, que son las marionetas de cartón pintado de unos titiriteros que desde las sombras, desde los escritorios, lo manejan todo, a como de lugar y casi a la perfección, sin perder las formas y sin que nos demos cuenta, o que precisamente nos cueste, mucho, demasiado, percibir precisamente la falla, el fallido, la fuga que debiera brindarnos la oportunidad de comprender mejor de como funcionan las cosas.

Hartos, aburridos, ultrajados en las repeticiones de todos los ángulos de la salvaje agresión a la que sometieron al ómnibus en donde viajaban los jugadores de un equipo de fútbol para disputar una final, tan anunciada como sobre-vendida, sobre-agitada y sobre-extasiada, sumada a los análisis de todo tipo, que confluyen en la sociedad enferma de la que somos parte (es decir conmueve más este síntoma social, qué el convivir como lo hacemos hace décadas con un tercio de la población sumida en la pobreza), estas palabras, estos ruidos a significantes con los que nos bombardean (toman como metáfora la agresión al bus, el público somos los jugadores que vamos al estadio mientras somos salvajemente apedreados de “información” sin entender nada, logrando que nos aturdamos y la comprensión resulte imposible) tal como lo hicieron promocionando el partido como sí fuese la final de algo más que precisamente un campeonato de fútbol, tienen como objetivo, único, central cómo inconsciente que olvidemos, que perdamos de vista, la principal agresión, la más cobarde, la contumaz, que en nombre del negocio, del show, se llevó a cabo a medias desde el sábado y se continuará hasta que la pelota vuelva a rodar.

El principal responsable de la confederación organizadora, un señor del que más temprano que tarde olvidaremos su nombre, su apellido, como su rostro y sus características, por tanto no vale la pena, siquiera sindicarlo en su individualidad, pues actúa en función de ser un cancerbero de un sistema eficazmente opresivo como opresor, desde el momento mismo que tenía a varios de los protagonistas heridos, lastimados, contusos, dañados y humanamente afectados para seguir prestándose a ser parte del show, no hizo más que presionar, desde su cargo institucional para que la pelota siguiera rodando, otorgándole a todos y cada uno de los espectadores, una nueva partida, una más real, descarnada, oprobiosa como patética.

Como el show que nos vendieron, que nos prometieron, que desde hace tiempo lo promocionan, no se pudo terminar, inmediatamente nos ofrecen este otro, el de esta organización, que entre marchas y contra marchas, se ríe, se burla, perversamente de los protagonistas, de los hinchas, de los espectadores, de la sociedad toda.

En comparación con la acción barbárica, primitiva, simiesca, de los barras bravas (que deben ser tratados como delincuentes, que se han enfermados de tales) los perversos de la Conmebol, transforman los campos de juego, en campos de concentración simbólicos, en donde no tienen ningún prurito, en que los protagonistas peleen contra leones (como en la Roma antigua que así distinguía a sus ciudadanos de sus esclavos o libertos) y que el público, se narcotice de tal manera que tragando odio y violencia crea que esta exaltando su pasión o acercándose a una idea de dios, porque canta enfervorizada junto a tantos otros que son birlados en su condición de humanos, que están siendo ultrajados para darle calor y color al espectáculo.

No es casual, que de un lado, de esos de los que pretende dividir esta lógica del show, haya sido el jugador que, mediante su profesión, salió de una pobreza material que ponía en riesgo su vida, tal como aún sigue sucediendo en Fuerte Apache como en otros guetos o “archipiélagos de excepción” llamados villas miserias, barrios bajos o asentamientos, el que nos alertara, que mientras todos o la gran mayoría (el arbitro estaba en la cancha listo para arrancar el juego, obviamente la televisión y los hinchas) se aprestaban a que sucediera el show, al menos dos de los protagonistas, no estaban en condiciones para trabajar de animadores del show, prácticamente tomaron el mando de una mini ambulancia se subieron a la misma para ir a una clínica a determinar con precisión en que estado de salud se encontraban.

El otro, fue el técnico rival del jugador, que no casualmente, se encontraba sancionado, por una falta al reglamento en partidos previos, que al ser invitado a declarar, hizo la observación al mundo periodístico o de opinión, que no se trataba de la final del mundo y que tal promoción, pudo haber ayudado a exacerbar los ánimos sociales.

 

El señor de la conmebol, que no tiene nombre ni apellido, que tantas veces postergó, pospuso, se desdijo y dio cientos de cabriolas en el aire, aún no sabe cuando se jugará el partido, porque lo único que quiere es que este juego se termine para que otro con las mismas reglas y condiciones, vuelva a comenzar,  dado que de tal manera siempre terminan ganando sus mandaderos, que tienen ejércitos de tipos de traje con más dudas que certezas, y con más caras de tontos inimputables que sin conciencia, asumen el triste rol de ser carceleros de las pasiones, de los juegos y de los desafíos que los humanos podemos tener, sin que operen tantos intereses que terminen desnaturalizando lo esencial.

 

Cuando hablemos de esta agresión, cuando nos demos cuenta que está es la que más nos afecta, podremos dar cuenta que estamos ante el partido de nuestras vidas, ahora sí seguimos, obcecados, creyendo que el eje está en la piedra, en los barras, en el fallo y en todo lo que venimos escuchando y leyendo, entonces ellos volverán a ganar el juego, reconociendo que tienen todo para seguir haciéndolo, pero de tanto en tanto se nos presentan estos tipos de oportunidades, estas fallas en el sistema, estos puntos de fuga, que sí no terminan correspondiéndose con una posibilidad real de libertad, al menos nos habrán ilusionado como para hacernos creer que tal cosa puede ser posible y que no todo esta perdido o determinado de antemano.

 Por Francisco Tomás González Cabañas.

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