La filosofía es Ñandutí o del arte de tejer, hilados como palabras.
Somos todos de la élite o no somos nada.

  ACTUALIDAD  1 de mayo de 2018
¿El trabajo es dignidad?
En algún momento de la historia, el hombre convino, o mejor dicho a ciertos hombres les convino, determinar que la razón espiritual, fundante, trascendente o basal de la vida, consistía en nutrir un aspecto abstracto, intangible, lo dieron en llamar “dignidad” (una especie de valentía, edulcorada, disminuida) e inmediatamente lo vincularon, como condición necesaria y suficiente para adquirirla, al trabajo; fin de la historia antigua y comienzo de la moderna; el capitalismo solo necesitaba a un tipo como Marx y sobre todo a los marxistas para dominar, conceptualmente al globo. Sí los primeros hombres determinaron que el negocio, es decir el trabajo, la empresa, etimológicamente implicaba, negar el ocio, el ocio contemplativo, el de la razón, del pensamiento, ¿en qué momento el mundo se volvió tan autómata, para invertir los conceptos y fijar que trabajar es sagrado, necesario e indispensable y no hacerlo es un crimen a la naturaleza humana?.

A nadie le puede escapar que el eje por el que se sostiene el andamiaje del presente sistema, es la polea de transmisión que da razón al engranaje, llamado sistema, ese que ha consagrado, mediante siglos de imposición, violenta y cultural, la relación causal (y el sucedáneo de causa-efecto) entre el trabajo, la contraprestación y finalmente la dignidad.

Para ello se ha necesitado de religiones monoteístas que así lo pregonen (como dogma claro está) y en función de tal imperialismo espiritual, devino el imperialismo de los hechos, el de la contraprestación, el del sistema de acumulación y de especulación material. Acaso nunca se ha preguntado acerca de las construcciones colosales del mundo anterior al de la dominación religiosa actual (pirámides de Egipto, las siete antiguas maravillas), solo dos razones podrían explicar las mismas, la presencia de vida alienígena, o la disciplinada forma de los gobernantes antiguos de darles algo que hacer a la población en general.

Claro que necesitaríamos de al menos decenas de páginas para argumentar, lo que pretendemos esbozar como artículo, lo haremos claro está, en el ámbito propicio que no es el presente, solo dejar por sentado, que hasta lo que consideramos certezas plenas, absolutos inmodificables, en verdad son ilusiones de nuestra mente que nos hacen sentir un poco más seguros ante la incertidumbre que nos propone la vida.

Es que en verdad, esto que parece tan complejo, es de una obviedad inusitada, solo es cuestión de cambiar la perspectiva, de descontaminarse de tanto imperialismo autómata que nos propone la compleja red de interacción en la que se ha transformado el presidio de nuestras vidas (medios de comunicación, charlas con seres que son hablados por, sentimiento de culpa, etc) y de empezar a preguntarnos porque por ejemplo, siempre en chiste, un chiste aceptado socialmente se dice que los correntinos por ejemplo, no somos afectos al trabajo, que los pobres tampoco lo son y que esa vagancia natural que se posee, debe ser cambiada, corregida, sea por la religión (alguien tendría que escribir, como hizo Weber con la ética protestante y el espíritu del capitalismo, algo  así como la moral cristiana como piedra basal del sistema) por el sistema económico, o la cultura como imperativo categórico, como policía conceptual.

Uno de los mitos políticos correntinos, es que nunca han ganado las elecciones los gobernadores que proponían como slogan principal (aún en los tiempos de alta desocupación) generar trabajo, como todo mito, tiene de cierto que ha sido así con los últimos 4 candidatos a gobernadores perdidosos. Más allá del anecdotario popular, que no por no tener rigor academicista deja de ser importante, es raro que por un “deber ser” social, cultural, religioso, del sistema, tengamos que ir contra esa naturaleza, sustancial valga la redundancia, de negarnos el ocio, al que se ve que culturalmente estas dispuestos, cuasi inercialmente por la madre naturaleza.

Es que sí repasamos la historia de nuestros hermanos originarios, nos daremos cuenta que el sentido del “trabajo” proviene del sincretismo cultural, o de la conquista, por decirlo en otros términos, nos fue implantada una modalidad ajena a nuestra corporalidad, a nuestra esencia más profunda, y sí bien no quedamos los antecesores puros, ni tampoco sería bueno plantear las cosas en esos purismos, lo cierto es que aquello de que no somos afectos al trabajo, tal como lo entienden los autómatas de hoy (los cancerberos de este sistema desigual, injusto y deshumanizante, los mandaderos, sus benefactores, claro), debe tener que ver necesariamente con esos humanos que fuimos y que no casualmente se corresponde con lo que pensaban los anteriores al reinado de los monoteístas (los griegos, de allí la etimología de negar el ocio, o negocio que referenciamos paginas arriba) que fundaron entre tantas o al menos le dieron nombre a la razón de las primeras y las últimas causas.

Párrafo aparte, y apasionado para la discusión académica, en donde Marx y adláteres, quedarían bajo esta perspectiva, como los fundamentalistas del capitalismo, pues darle entidad a la relación del hombre con el trabajo, es precisamente eso, validando además aquello de la izquierda útil o indispensable para la existencia de lo que, supuestamente, pretende cambiar o modificar (Lampedusa con aquello de que todo cambie para que nadie cambie).

Si usted, es un mercenario de este sistema, apúntele a la cabeza, destruya la relación o el circuito causa efecto del trabajo-contraprestación-dignidad, a partir de allí, tendrá un sistema de cosas diferentes, o innovador.

Claro que es un objetivo titánico y quizá imposible, pero no por ello, al menos no debe plantearse como ejercicio del pensamiento, como hipótesis de trabajo, en el sentido nuevo, en la perspectiva que trabajar debería ser alcanzar la felicidad, perjudicando lo menos posible a otros y tratando de beneficiar o de integrar en esa felicidad a los que más podamos.

Tampoco es casualidad que las nuevas “tendencias” intelectualosas del mundo, planteen un mundo más armónico con el medio ambiente, menos especulativo desde lo material, más “sustentable”. Al parecer, el mundo se está dando cuenta que no se necesita más trabajo, se necesita que cada vez más la gente piense, un poco más, y para ello se debe trabajar menos, trabajar en el sentido maquinal y explotador (acaso no le asombra el número de trabajadores informales en las esferas del estado). Avísenle a los próximos candidatos a gobernadores de corrientes, si no quieren perder que no ofrezcan trabajo, eso es no entender al correntino, y nosotros como tales (así como lo hicimos con nuestra lengua, el guaraní) deberíamos dejar de avergonzarnos porque no somos “maquinas alemanas o yanquis” creadas o concebidas para el trabajo, ni capitalista ni marxista, empecemos a defender lo nuestro, pero de enserio, no para ganar una elección y para ponerlo como slogan de gobierno.

Menos aún para hablar de integración o de nuevos paradigmas. En la vieja Europa, esa la que legitima lo que nosotros podemos estar planteando con esto mismo, pero sólo será escuchado sí es que viene de allá, plantea desde hace tiempo (incluso lo ofertaron en plebiscito en países como Suiza) el ingreso universal, o un otorgamiento de dinero por el hecho de ser ciudadano, para paliar el cambio que implica la profundización de los sistemas de inteligencia artificial.

Trabajo, a diferencia de empleo y por lo más de empleo registrado, lo tenemos desde que venimos al mundo, tratando de succionar la mama, el resto, son meros convencionalismos desde los que absurdamente nos queremos convencer de que estamos tan atados, cuando en verdad son mas sensaciones y sugestiones que otra cosa.

 



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