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ANÁLISIS

20 de octubre de 2017

La Antidemocrática disposición electoral de ingresar “Sin compañía al cuarto oscuro”.

Mi hijo tiene diez años, desde hace ocho que me acompaña a votar. Desde hace dos que me expresa, por motus propio que me quiere acompañar a hacerlo. Debo tener más de 10 discusiones con distintos fiscales y presidentes de mesa de turno, para intentar explicarles que el espíritu de tal disposición (es decir que no te dejen ingresar con tu hijo, para que ejercite y aprenda “cultura democrática” es antológicamente antidemocrático y por ende anticonstitucional) es ridículo, inaplicable como inentendible. Es un desaguisado más de los tantos, en donde por no pensar, por no razonar, por no usar el logos (que es la sustancia de lo democrático, razón, palabra, entendimiento) los ciudadanos, en el acto simbólico por antonomasia de la democracia, es decir el día de la votación, quedamos presos, de la discrecionalidad de turno que pueda tener el presidente de mesa, que pretenda no pensar, no razonar y aplicar una disposición absurda. De más está decir, que el sólo hecho de que esta cuestión que debería se obvia (generar cultura democrática, dejando, alentando, promocionando que los menores, al menos uno, acompañe al adulto a emitir el sufragio) este prohibida expresamente, desalienta precisamente la generación o la consolidación del ejercicio democrático para las próximas generaciones. El próximo turno elegiremos diputados nacionales, les tengo preparados, a los que resulten electos, el proyecto de ley que cambia esta torpe, irracional y antidemocrática disposición para entregárselos. Espero por parte de los apoderados partidarios (que son instituciones de la democracia), de los defensores, del pueblo, de los vecinos, de la ciudad, de los consumidores, que a mí como a los que sienten y crean igual que nos eviten acudir a la justicia (a los efectos de no sobrecargarla) para que fallen ante un recurso de amparo. Espero de los medios que publiquen este ruego democrático, en una de esas tengo suerte y el presidente de mesa que me toque el domingo no me mire con cara de que estoy ingresando con un arma al cuarto oscuro, cuando lo hago con un niño que quiere, ejercitar su futuro derecho democrático.

Se entiende y lo venimos analizando casi hasta el hartazgo, que la celebración litúrgica de lo democrático (El Voto Compensatorio, Editorial Académicas Españolas, 2014. La democracia incierta, Editorial SB, 2015. El acabose democrático, Ápeiron Ediciones, 2017)  sea el acto solemne de votar. De hecho tal logro (el volver a votar) al haber costado tanto, lo hemos transformado en una conquista simbólica que redujo la experiencia democrática al simple y sencillo acto de votar (nada más común, como trillado y vano, el recitado de las generaciones anteriores que privadas de votar, creen que con esta conquista alcanza y sobra, hasta el punto de no tener derecho de expresar ni reclamar que se extienda o amplíe el significante democracia) como sí lo electoral fuese condición necesaria como suficiente de la democracia, cuando sólo, a penas y a duras penas, es condición de posibilidad, para que pueda generarse una situación, o una comunidad en donde se lleven a cabo, prácticas democráticas, destinadas a tener una comunión de intereses de y para la democracia aplicada a todos y cada uno de los integrantes de tal sociedad.

Lo expresamos en este período de “veda” (término monstruoso o referido a la caza; al espacio de tiempo en que no se permite hacerlo, asociando la veda electoral como el momento donde los políticos no pueden cazar o pescar ciudadanos, para después, hacerlo bajo el manto de la legalidad) , de reflexión, como de duelo ( a nivel psicológico el momento de adaptación emocional ante una pérdida) político, dado que los ciudadanos antes de votar, estamos perdiendo nuestra libertad política pura ,pues la entregaremos en la votación (así no la hagamos por nadie) a esa famosa figura de la representación, que se constituye más luego en una colegiación legislativa, como también en figuras de neto corte ejecutivo que administraran nuestros destinos, dado que les delegamos tal facultad mediante el voto.

En este duelo político entonces, que grotescamente llaman veda (no pueden cazarnos, porque están preparando el coto de caza, como las ceremonias practicadas por las realezas europeas siglos atrás) hasta los propios políticos o protagonistas, la ansían y desean, dado que reconocen que en lo electoral, cuando debieron haber esgrimido propuestas, proyectos y razones, elementos para seducirnos, en el mejor de los casos, apenas sí expresaron que estudiaron o que hacen en sus profesiones, de lo contrario nos encontramos con esos enlatados, aburrido y chatos de los publicitas que no dicen nada en boca de casi todos los candidatos. En esta instancia es, donde especialmente apelamos, que más allá de la consideración que usted tenga del suscribiente (no pocos sabemos que para tener una comunidad democrática, se debe tener en cuenta lo que se dice, no quién lo dice, ni mucho menos sus características, personales, ideológicas o filosóficas) pueda permitirse, desde su función democrática, de ser un propalador de pensamientos, de reflexiones, que atañen a la cosa pública y sus sistemas de validación, que pueda replicar este mensaje.

La solemnidad del acto de votación no puede ser el bien jurídico mayor a resguardar para que un niño no pueda acompañar a un adulto a tener su ejercicio de cultura democrática en el cuarto oscuro. Los actos solemnes consagran liturgias serias y responsables. De lo contrario, sí se sostiene la solemnidad por la solemnidad misma, banalizamos tal sacralidad y la constituimos en una cascara vacía. No tenemos precisamente una democracia de calidad o de competencia, transparente o participativa a la Suiza o atávica como la Norteamericana. Apenas sí nos sostenemos en la formalidad de elegir, y por ello precisamente que además de trabajar por mejorarla en su calidad, debemos y en paralelo, preparar y formar, con dinámica y prácticas democráticas a las próximas generaciones.  

Se insiste, poco importa sí le cae gorda la pluma, sí lo rechaza por una cuestión de piel, por no poder disociar que no se elige donde, cuando y bajo quiénes se nace, o por haber tenido la posibilidad de expresar muchas otras cosas con las que usted seguramente no habrá estado de acuerdo en más de una oportunidad.

Puede usted que odie, pues el odio es al fin y al cabo un sentimiento, pero no por ello deje de rescatar, que bajo estas palabras, lo único que subyace es el derecho de un niño, que puede reflejar el derecho de tantos más, de tener la posibilidad de ejercitar una práctica democrática, que lo construya como ciudadano de una comunidad, que con este tipo de cultura democrática, seguramente será, más amplia, inclusiva, representando más cabalmente, un verdadero, sentir, vivir y experimentar de lo que no nos han brindado a esta generación que nacimos en la democracia formal, pero de las que muy pocos se encargan de cultivarla, de agrandarla, de jerarquizarla de dotarla de contenido, de sentido, de calidad.

Papá de Máximo Tomás González Cabañas.

 

 

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