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ANÁLISIS

21 de septiembre de 2017

Los múltiples candidatos a diputados y los escasos a gobernador.

Decía Savater hace poco en su visita a Panamá, que en tiempos de crisis los demócratas no se preguntan “¿qué va a pasar?”. Los demócratas se preguntan “¿qué vamos a hacer?” (Salvador Sánchez “Sobre el momento de la política actual”). Sí bien la política no puede ser entendida en términos matemáticos, no se puede dejar de soslayar que para el cargo a gobernador, los aspirantes son tres y para las quince bancas en la cámara baja, los candidatos se multiplican por once, pasando los ciento cincuenta aspirantes para menos del 10% por ciento de lugares, que en verdad, dos de los frentes, con sus respectivas listas oficiales a legisladores, serán las que llevarán más votos y por tanto cargos; pudiendo concluir que más de ciento cincuenta candidatos están peleando por un lugar. Trataremos de analizar este fenómeno.

“Hemos perdido –como animales políticos- la razón de ser. Nunca antes he sentido, tan amenazante, la incertidumbre política; ni siquiera en las postrimerías de la década del 60, cuando los militares se colaron por la grieta social que abrieron los políticos de entonces. Y todos sabemos que, igual que para los militares de aquella época, hoy existe la tentación en la inmadurez democrática y la ambición personal. Puede decirse que nuestra sociedad está angustiada; tiene miedo… se debate cotidianamente entre las amenazas de las calles inseguras y la incertidumbre de un futuro de lejanas riquezas” (Erasmo Pinilla, Magistrado del Tribunal Electoral, Noviembre 2013). Probablemente los magistrados a cargo de tribunales a cargo, sea ocasional o específicamente, en temáticas electorales en nuestro país, como en nuestra provincia, piensen lo mismo que lo expresado por el Panameño, sin embargo, jamás lo harán público, en pos de un concepto de vida, que cree y entiende que lo que no se reconoce, no existe o sólo es alimento para el plano de lo, precisamente indecible, lo inconcebible, lo tabú, lo destinado a ser ocultado y silenciado. Esta es la razón por las que los diarios de Irigoyen de una sociedad, funestamente fracturada, se privan de dar a la luz consideraciones como las presentes, dando espacio a cualquier  otra combinación de palabras que pueda destacar las proverbiales muestras de orquídeas o las investigaciones acerca de las lombrices californianas.

Ha encontrado, la sociedad, atávica, sin embargo, una forma, propicia, correspondiente, elegante, formalmente correcta, democrática, para adornar las páginas de sus medios, las ondas etéreas de sus espacios de comunicación, los muros de redes sociales, el saco roto en donde depositan una y otra vez, las expectativas que generan, automáticamente, en los bolsones más pobres de esa  parte de la sociedad, a la que someten con la bolsa y con la expectativa, de la bolsa.

Abrir las puertas del castillo medieval, o entreabrirlo, disponer el puente levadizo para suprimir la fosa, por un instante, es lo que le ofrecen desde la nobleza, a los plebeyos que están en el afuera que antes era la selva y el bosque y que hoy es estar afuera de la libada, de la prendida con la ubre, con el conchabo estatal.

Cómo en verdad tal apertura, opera más en lo simbólico que en lo real, a lo sumo de mil plebeyos, en cada elección, como mucho, uno pasará a ser noble, estos, deben hacer alarde de que la apertura es grandilocuente y colosal, no para mostrarse como integradores, inclusivos o buenos (eso no les importa, usan también la religión y la moral con fines políticos) sino más que nada para controlar el bosque, la selva, la marginalidad.

Los nobles saben, son perversamente conscientes (les da placer el reconocerse como privilegiados, fabricándose la ilusión que sus privilegios están bien ganados, sea por una inteligencia de la que carecen o por una fruición al esfuerzo y trabajo, la que no debería  generar especial reconocimiento) que los otros, que los de afuera, que los que no están en el castillo, son más, muchísimos más y que en el simple caso de que tomen una decisión colectiva, como por ejemplo la de ocupar el castillo o ingresar al mismo, sin pedir permiso ni hacer mención a los nobles, será no sólo una acción válida, sino también sumamente justa.

Cómo esto lo saben, necesitan controlar ese afuera. La mejor manera, o más redituable, es la que con los años cincelaron, bajo el acartonamiento de lo democrático. Cada dos años, les dicen a los mismos pobres de siempre, que esta vez, sus vidas cambiarán, pero para ello, deben votar al responsable, a los elegidos, que operen esos cambios por dentro del castillo. Como la mayoría de los candidatos, que son elegidos, son los nobles que viven dentro del castillo, algo tuvieron que hacer, para que el timo no sea tan obvio ni mentecato. Dividen la selva, el afuera, el reino de los otros (que lo único que quiere hacer es ingresar, al no tener recursos, posibilidad, instrucción, ni dignidad, sólo está a la buena de dios, en acto imitativo, quieren entrar al castillo, para ser nobles y salvar sus vidas) creando para ello, la clase, la casta de la o de los “políticos”. 

Político es el segmento que no es noble, pero tampoco, pobre, croto, marginal. El político, tal como lo llama el pobre, no importa sí tiene cargo real, o aspira al mismo, el político es tal, porque anda en la política, que en estos términos, sólo es tratar de entrar al castillo medieval en donde los nobles viven bien. El político es el que arma toda la gimnasia electoral, las famosas caminatas por barriadas pobres y depauperadas (como otrora los hijos de los nobles salían a cazar por el bosque, guiados por sus sirvientes, para divertirse sin ser atacados por alimañas), el que contagia con su expectativa de entrar al castillo, a los otros que están peor que él, que está vez, dado que se trata de su ego, de su yo, todo será diferente, cómo si una persona, por determinación pudiese contra todo un sistema. El político es el ariete, clave, fundamental de lo electoral entendido en términos modernos. El `político, como en otras latitudes es conocido como el puntero, el dirigente, ya pasó a ser un fenómeno tanto televiso como académico, se hacen películas, series como tesis y libros acerca de su rol fundamental.

Esta es la verdadera razón, por las que en esta elección, como en las anteriores, existen más de ciento cincuenta personas que quieren ser diputado, en verdad, ni siquiera quieren ser (mucho de ellos saben que no tienen chance alguna) legisladores, solo quieren tener el ropaje de políticos, subir esos postureos, a las redes sociales (que son el ágora o la plaza moderna) con sus banderas, con sus remeras, con sus casas en medio de la selva, con las pancartas, con los afiches, de los candidatos a gobernador, que son dos (el tercero es la excepción que confirma la regla) y que como si fuese poco, son los representantes de los que están en el castillo, de los nobles que son los que tienen el poder, no sólo adentro, sino también afuera.

 

 Por @frantomas30

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