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5 de agosto de 2017

¿Qué porcentaje de ausentes, impugnados y en blanco podrían deslegitimar las Paso?.

A simple viste el planteo podría resultar la expresión de un desencanto tardío de jacobinos, la bronca romántica de quién no está en la pomada y por ello pretende desvalidar el juego que no lo tiene dentro. Sin embargo, tanto el Gobernador Correntino (este en más de una oportunidad, desde hace tiempo y con orgullo por ello) como el Presidente (todas las listas de su partido o espacio político, deslegitiman las PASO no permitiendo internas en casi ningún distrito del país) se han expresado, en contra de una elección que será modificada en breve y a la que vaciaron de sentido al no posibilitar desde el oficialismo gobernante la democracia interna, que sí se exigen a otros países u otras fuerzas políticas. Estas fuerzas políticas, las que se dicen opositoras, que tendrían que haber renunciado a participar de este simulacro, de este tipo, reivindicando la democracia, la institucionalidad política, y que sin embargo, caen, livianos, atontados, abobados, cuando no cómplices en validar una elección en la que serán masacrados con las reglas de juego de quiénes las volverán a cambiar, dado que los que verdaderamente le disputan el cetro del poder, no irán a la elección o sí van votarán impugnado o en blanco.

Cómo toda actividad donde se define algo esencial e intangible como el poder, la política para aquellos que la ejercen y para todos los que somos atravesados por ella, no deja de ser un campo muy difícil de ser interpretado por la lógica del sentido común. Claves para desentrañar lo mítico de la política y para escudriñar sus sentencias que parecen categóricas pero no son tales.

 

Se pueden concebir mitos muy antiguos, pero no hay mitos eternos. Puesto que la historia humana es la que hace pasar lo real al estado de habla, sólo ella regula la vida y la muerte del lenguaje mítico. Lejana o no, la mitología sólo puede tener fundamento histórico, pues el mito es un habla elegida por la historia: no surge de la naturaleza de las cosas”. De tal forma nos alecciona Barthes, y en caso de que sus pedagógicos conceptos no resultaran lo suficientemente claros, intentaremos imprimirle mayor nitidez. Zeus, Minerva, Poseidón y demás personajes de la mitología Griega, jamás existieron, ni tuvieron entidad real. Sin embargo, tuvieron una presencia protagónica en la cultura que los creo. El sólo hecho de nombrarlos ya representaba todo un mensaje para el oportuno receptor. Es decir que la existencia de quienes en realidad no existían, significaba o brindaba, un mensaje solapado o encubierto, que era tomado o interpretado por el destinatario. A tal punto se necesitó de lo mitológico, que la conquista de los Romanos, también se dio en el orden mítico. Simplemente se latinizaron los nombres de los dioses  y semidioses, para que el nuevo pueblo o la nueva cultura, diera continuidad, bajo una renovación nominal, a los personajes mitológicos que atesoraban los Griegos.

Por intermedio de determinadas imágenes (inventadas, recreadas, exageradas) o historias fetiches (leyendas o cuentos ) surge, siempre desde la forma, lo mítico. El observador, destinatario o receptor, decodifica estas imágenes, las interpreta, las nutre de sentido. Claro que las mismas, en forma precedente ya contaban con una carga significativa previa y consensuada (para los Griegos, Zeus era el dios del olimpo), para de tal forma cerrar el círculo de la lógica del mito. Un habla que nos da a entender algo, una historia colectiva, que tácitamente los pertenecientes a una comunidad, sellamos solapadamente, para que de tanto en tanto se manifieste y la volvamos a entender del mismo modo, o la modifiquemos o la transformemos (siempre y cuando nos transformemos culturalmente). Tal cosa es lo mitológico.              

 

En el mito nos encontramos con un esquema intrínseco de términos que son puramente formales y se les puede adjudicar contenidos diferentes. El significante (imagen acústica de orden psíquico), el significado (concepto) y el signo (relación de concepto e imagen) o entidad concreta. Esta tríada constituye el esqueleto formal de cómo está constituido el mito. Un ejemplo que nos pueda clarificar los conceptos, sería más que atinado. Un escritorio, con notables diferencias de las sillas enfrentadas. La que reposa contra la pared, tiene un respaldo inmenso y desproporcionado, está diseñado con un fino y lustrado cuero. En tal sección hay poca iluminación, pese a un elegante velador. En el otro sector, la silla es baja, de un material ordinario, y la luz es exagerada.   

 

El significante en nuestro ejemplo, es la diferencia obvia entre la altura de las sillas, y los contrastes con la iluminación, el significado es que en un lugar se sienta una persona que está por encima de la otra, y que además mantiene un halo de misterio o de poca claridad. El signo es sencillamente que las personas que por intermedio del poder (sea material o intelectual), acceden a una posición, siempre la tratan de señalar por todos los medios. Más si reciben al otro, al que en ese momento y en esa circunstancia, no tiene el poder que detentan ellos. 

 

 

 

La mitología política, desanda un derrotero, un camino, que se hubo de iniciar en el glorioso regreso de la democracia. Tanta sangre ridículamente echada a perder, en los años de plomo, transformaron en tótem a los actores políticos, quiénes recubiertos de este barniz celestial, fueron construyendo mitos que perduran hasta nuestro días y funcionan cómo emblemas de nuestra avasallada e indigna condición cultural.

 

 

Con  dos ejemplos, consideramos que será suficiente, el primero de ellos, por intermedio de la siguiente frase del Doctor Juan Cafferata, en su paso por el Congreso de la Nación. “El elemento fundamental de la riqueza de una nación es su capital humano; los demás bienes valen por él y no subsisten sino para él”.

 

El segundo caso, nos convoca ante la siguiente anécdota del médico y Diputado José Arce “Siempre ayudó y estímulo a sus discípulos, siendo él un hombre político, jamás ejerció presiones ideológicas o partidistas sobre los médicos o el personal de su instituto. Cuando sufrió en agosto de 1930 un cuadro de apendicitis, decidió hacerse operar en el hospital y los practicantes se tunaron para cuidarlo en el postoperatorio. Días después los invitó a cenar y allí les dijo: “Llevo aquí el nombre de todos ustedes, y cualquiera que sea la posición que ocupe, si alguno tiene necesidad de ayuda, las puertas de mi casa, estarán siempre abiertas”.

Imagínese en el mundo político, muy pocos, o casi nadie, de los que participan y de los que hablamos de la misma, lo hacemos por una diversión dominical (claro que hay diferencias entre los que van tras el metal que se agota, y entre los que vamos por el bronce de la inmortalidad).

La mitología política, de cómo llegar al poder (dando un golpe o traicionando) y que hacer una vez en él (repartir dádivas) absorbe actos institucionales y republicanos (votar) y también los transforma en mitos. Mucha gente aún sigue creyendo que en las elecciones se eligen a los representantes. Muchos niños no salen a divertirse a la siesta por temor al pombero o al hombre de la bolsa. Son mitos, invenciones supuestamente reales que la incorporamos como dogmas, y que poseen una finalidad. En un caso que los infantes no salgan de la vista y el control de sus padres, en otro que la gente no salga del yugo y la subordinación del patriarca o patrón.

Alguna vez creyeron que la sociedad toda le daba importancia, a que le dijeran que era libre porque la obligaban a votar, candidatos que surgían de partidos políticos que nada o muy poco tenían que ver con la sociedad a la que decían representar. Los favorecidos por estas reglas de juego, en el afán de sacarse una pisada más de ventaja, con las otras facciones con las que decían debatirse el poder, pero que en verdad en tal juego se extasiaban en el bálsamo dionisiaco de la legitimidad, tanto agitaron, movieron, cambiaron, tales reglas, que se filtró la luz en el corset, en la cerrazón, en la tranquera.

Esa vez, la supuesta mayoría, gente, o representados, entre los que no fueron a votar y los que lo hicieron impugnando o votando en blanco, sumaban más del 50%. Tal acto circense, que algunos prendían consagrar cómo válido, fue declarado ilegítimo, más luego ilegal; Ese día empezó la democracia.

 

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