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ANÁLISIS

3 de agosto de 2017

El poderómetro.

Tratase de un artefacto, el último grito de la ciencia, que en breve estará al alcance del público consumidor, que mide el poder político que el medido posee. Es decir, usted que tal vez, crea, considere, o sienta, que mediante su firma, puede dejar sin empleo a quién no le rindió debida pleitesía, u otorgárselo a quién le ha brindado todo lo que usted le requirió, que mediante su sola humanidad, las masas, se aglutinan para escucharlo, para pedirle, para esperanzarse con su calidad, candidez y don de gente o que simplemente, por esos azares del destino, que abnegada y educadamente, gracias al esfuerzo y la moral que impregnaron sus padres y con ellos la comunidad toda, en su solemne andar cívico, comprende desde esa proverbial humildad que considera que tiene y que a tal ejemplaridad le deba que los planetas se le alineen para que pese al paso de los años el poder no se le termine de escurrir por las manos; le tenemos una lamentable noticia, en breve podrá medir lo insondable, como una suerte de talismán que para el común de la gente sería el amperímetro de la felicidad, por una sencilla fórmula, se podrá determinar cuánto poder le cabe en el manojo de sus decisiones.

De una buena vez podremos saber, sí es que sus decisiones, realmente le pertenecen, se las impone su partido, su mesa chica, aquel desliz innombrable, tal vez su estructura psíquica que no ha resuelto paradojas histéricas, tendremos con exactitud meridiana, como los me gusta de las publicaciones que hacen de sus actividades, como las distintas reproducciones en las diversas plataformas cibernéticas, que cada vez más creemos (dado que habitamos dentro de ellas, sin sacar la cabeza dentro del móvil o del celular, para ver en tiempo real sí ramón del paraje el pollo comentó la foto) que se traducen en lo real, el quantum, es decir la cantidad exacta, como lo dice su cuenta bancaria, la oficial, como la de sus testaferros, la que tiene atesorada en esas cuevas financieras que son tan reales como la frase o pregunta que esgrime sí es más ladrón el que roba o el que funda un banco, dado lo irreal del dinero (con ese apotegma que si todos los que tenemos algo en esos lugares pedidos lo que tenemos en el mismo momento, no habrá papel que certifique lo que sólo es un acto de fe)  cuanto es su poder real, efectivo, concreto, determinado.

De lo contrario, seguiremos habitando la creencia, el creer que se cree (no de Váttimo precisamente) que nos pueden gobernar los que no tienen poder, dado que un día y a una hora un concierto de papelitos así lo establecieron.

Mediante el aparato que mide el poder, podremos saber sí los que nos gobiernan tienen el poder, ese que le hemos cedido en esa supuesta elección, sí lo saben ejercer, sino lo pierden, lo prestan o lo regalan.

Este artefacto será determinante para observar y hacer observar situaciones paradójicas como las siguientes;

“El rey don Alfonso XIII revalidó su mote de 'Rey caballero' una vez que, paseando de incógnito por el parque de María Luisa, fue multado por un guarda tras arrancar una flor para la dama que lo acompañaba. «¿Nombre?», preguntó el agente. «Alfonso XIII». «¿Profesión?», insistió impertérrito el gran cumplidor de la Ley. «Rey de España», contestó el monarca. Tras lo cual el guarda, que hizo constar estrictamente los datos del multado, le entregó la papela antes ser felicitado calurosamente por el monarca. ¿Conocería el guarda la sentencia del emperador Fernando I de Hungría, «Fiat Iustitia pereat mundus» (hágase Justicia aunque perezca el mundo) que Hegel retrucó con su «Fiat Iustitia ne pereat mundus», es decir, hágase Justicia «para que no perezca el mundo» (Gómez Marín, José. http://www.elmundo.es/andalucia/2014/02/11/52f9d50022601db0018b4569.html)

Claro que por razones obvias, o mejor dicho, razones de poder, no estará al alcance de todos, el talismán que medirá el poder. Será como el fenómeno democrático, exigirá, como en el cuento infantil del rey desnudo, el acto volitivo de que creamos, como lo hacemos, religión mediante, en un mundo ultraterreno.

El poderómetro, no sólo está facultado para medir el poder de los políticos, sino el poder político, que puede residir en quiénes escribimos sobre el mismo. Tal vez los que se sientan o crean sumamente poderosos, porque están detrás de un matutino que se considera decano de la información, el libertador moderno, el norte, o la época, tanto de aquí como de Sudamérica con el número dos, siete o cual fuere se lleven una gran sorpresa. Como cualquier portal, o quiénes escriban en ellos, extasiándose por la cantidad de visitas que pueda tener una nota de su autoría.

Como sí significase algo, y en tal caso, como sí pudiesen determinar, cómo, cuándo y en qué impactará, sí es que lo hace, en esa realidad que es puro devenir, al que obstinadamente se la quiera o pretenda encorsetar, o numerar, que es exactamente lo mismo.

Sí usted quiere ser medido por el poderómetro, tendrá que comunicarse que con gusto lo mediremos, dándole de inmediato el resultado. En caso de que crea que no haciéndolo logrará evadirse del mismo, difícilmente, pues el aparato, puede medir en contra de la voluntad del medido y bajo el principio del bien jurídico mayor, siempre en el caso  de quién ejerza una función pública, podremos y lo haremos, publicar el resultado de cuanto poder contiene en sus manos. Tal como la democracia obliga a sus miembros a renovar el pacto social en las elecciones, ciertos compromisos comunitarios, son ineludibles e irrenunciables.

El análisis posee un valor, que es un concepto, vinculado al costo y precio, pero que varía de acuerdo al analizado. La atención es personalizada y de absoluta reserva, como las entrevistas que dan, con criterio absolutamente discrecional, los hombres que se creen con un poder supuesto que hasta este momento no había sido medido.

 “Pero la ciencia, la posesión de la verdad, es, como la posesión de Dios, un acontecimiento que no ha acontecido ni puede acontecer en esta vida. La ciencia es sólo un ideal. La de hoy corrige a la de ayer, y la de mañana a la de hoy. No es un hecho que se cumple en el tiempo; como Kant y toda su época pensaban, la ciencia plenaria o la verdadera justicia sólo se consiguen en el progreso infinito de la historia infinita” (Ortega y Gasset, J. Sobre el tema de nuestro Tiempo. Taurus. 2014. Buenos Aires. Pág. 47) 

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