ANÁLISIS

30 de julio de 2017

Valdés o la Plaza.

Entendiendo al poder como la suma de oficialistas y opositores, que en la tensión aparente en que funcionan para dejar por fuera a vastos sectores de la población (de lo contrario no tendríamos los números que tenemos, desde la primavera democrática, de pobres y marginales), denominan al juego establecido como lo político, y a su método, una democracia representativa, en cada una de las parroquias en donde se debate, o se pone arriba de la mesa (por obligación normativa o por pura y mera formalidad) lo que supuestamente se elige en un proceso electoral, debemos, quiénes, dejemos las cosas en claro, en relación a que es lo que realmente podría ocurrir con la cosa pública. En este sentido, no existe posibilidad política alguna que no sea la victoria, clara, concisa y contundente de Gustavo Valdés. El candidato opositor, validará lo procedimental, y tal vez, sin que conscientemente lo sepa, están usando su ego construido por una sacrificial como colosal carrera deportiva, para que le ponga el cuerpo a una carrera en donde no tiene otra chance que volver a repetir la medalla de plata. Paradójicamente los fanáticos del oficialismo gobernante, que se extasían al denunciar excesos demagógicos, del régimen venezolano por ejemplo, no dan cuenta que gobiernan desde la misma cantidad de años que los herederos de Chávez y que por intermedio de sus campañas en redes sociales proponiendo la baja del candidato opositor a la elección de octubre, están propiciando la única forma que tienen de perder el poder, real y efectivamente.

La plaza, todavía, sigue siendo el espacio público-político, por antonomasia. En cada ciudad, al menos una está dotada de un simbolismo especial  que por lo general tiene que ver con la proximidad en la que se encuentra del palacio del poder o del centro cívico. En Buenos Aires la Plaza de Mayo es la plaza política, en donde surgieron fenómenos políticos como las Madres o el inicio del diciembre de 2001. Corrientes tiene la suya, que supo ser la plaza del aguante, que terminó en la destitución de un gobernador elegido democráticamente y que desde la entronización del actual gobierno, no permitió que tal espacio se ocupara por mucho tiempo precisamente por la lectura correcta de cómo opera a nivel simbólico (el último sector que acampo en este lugar, frente a la casa de gobierno, fueron los policías retirados, por reclamos jubilatorios). Sí aquellos que pretenden el poder total, sin conformarse con ser parte del mismo formando parte del legislativo por ejemplo (esta es la razón por la que gran parte de los opositores formales, jamás irán por el poder real o total, porque ya son parte del sistema del poder, y desde tal espacio, opositor, se conforman con ello solamente) o dan cuenta que no tendrán chance alguna de llegar al gobierno provincial, por el cuál dicen competir, en vez de hacer el juego de sparring, o de legitimadores de un juego en donde les está reservado ser el pato de la boda o los convidados de piedra, entonces pensarán en la plaza, como salida, como escape, como única posibilidad, tal, por otra parte, como la lógica indica, como vía usada por todos y cada uno de los sectores que en el mundo se sintieron o sienten sin posibilidades de discutir nada, dado que todo está organizado como para que no sean  escuchados o tenidos en cuenta.

El caso actual es el venezolano, la oposición hace tiempo, que por intermedio de denuncias internacionales, no se presenta al juego, supuestamente democrático, que día por medio, le ofrece el oficialismo.

En los libros se multiplican las historias de estas plazas llenas, pero a sabiendas que no son tiempos de lectura, sino de imágenes, usted podrá constatar, un caso, de hace algunos años atrás, mediante un documental que lo podrá encontrar en internet o la plataforma de Netflix.

Es el caso de Ucrania y la Plaza Maidán. Un grupo de ciudadanos comunes, invitó a otros por redes sociales a que se manifestaran en la plaza pública para reclamarle al gobernante que no había cumplido sus promesas de insertarlos en la Comunidad Económica Europea, desde ese día transcurrieron noventa más, en donde independientemente de los sucesos acaecidos, el gobernante renunció y más allá de ciertas perdidas consiguieron lo pretendido, imprimieron su deseo político en el accionar público.

Nadie que tenga un mínimo de lucidez política podrá darle chance alguna al candidato opositor a llegar al poder, tal como están dadas las condiciones. Estas condiciones deben ser cambiadas para que el opositor tenga alguna chance, de lo contrario, la inercia y sobre todo, la gran capacidad de supuesto cambio que encarna el oficialista y sucesor, terminará por “comer crudo” a su competidor.

En esta carrera de la impostación, uno, el opositor deberá jugar al revolucionario (amenazar con que no se presentara porque no están dada las condiciones democráticas, financiar la ocupación de la plaza, etc) y el otro, el oficialista, mostrarse, calmo, sereno y atemperado, como atento a las reformas, cambios y arreglos como ajustes, a los que estará obligado a hacer, para que el juego revolucionario de su opositor no tenga campo abonado. Es decir mientras más caras nuevas, dedicadas a lo democrático y con discursos sólidos ponga en la arena, menos cambiará realmente, para que el mismo equipo siga gobernando.  El otro tendrá que matar su ego, y reconocer que no tiene chance alguna de ganar en estas condiciones, para fabricarse la única que le podría quedar para tener cierto futuro político.

     

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