ANÁLISIS

3 de julio de 2017

¿Por qué cobras lo que cobras?

Discutir el poder, ponerlo en cuestión, acecharlo con preguntas, rodearlo con inquietudes, azotarlo con disquisiciones permanentes, debería ser un ejercicio natural, o en su defecto una de las labores más remuneradas que pueda pagar el actual sistema económico. Precisamente de esto mismo, nos encargaremos en esta oportunidad, ¿Por qué cobra lo que cobra, quién cobra?, ¿Quién determina esa valor? Preguntas que necesariamente escapan a la lógica del mercado (¿lógica?) que perfora el precio determinado por el libre juego de la oferta y la demanda.

En tiempos de ausencia paritarias, de índices de inflación que no cesan y de cotización de la menos extranjeras de las monedas foráneas (de acuerdo a la política cultural inserta en nuestra clase media), no obtuvimos noticias aún, de políticos en campaña, que piensen modificar de cabo a rabo la realidad, o cambiarla un poquito, como indicarían los libros de ciencia política.

 

Y ningún órgano tan sencillo para el ser humano, como el bolsillo, de acuerdo a como lo definió algún ex presidente de la nación, con plena vigencia, en las actuaciones políticas de la cotidianeidad.

 

Marx introdujo la variante de análisis, en tiempos en donde el mundo cambiaba su matriz productiva, del feudalismo tardío que precisaba de agricultores, artesanos y sacerdotes, a un mundo que requería de masas proletarias que edificaran el sistema de producción en ciernes.

 

Nacían los conceptos de plusvalía, el materialismo histórico y a nivel político la dictadura del proletariado como propuesta superadora.

 

Con la revolución tecnológica en la que estamos insertos, ¿No será tiempo que nos replanteemos acaso los valores (de uso y de cambio en el discurso Marxista) que determinan salarios y precios, dentro de un mercado, en donde la oferta y la demanda, están sujetas a disposiciones de estados cada vez más influyentes?

 

Para nuestro día a día, y que el resto lo expliquen, tantos consultores económicos que cobran fortunas, por confundir sumas y restas con nombres y apreciaciones difíciles, como eruditos y mercachifles de turno, arriesgamos la siguiente hipótesis.

 

El sistema económico de Corrientes se construye desde una lógica en donde, cuando más cerca sé este emotiva e informalmente del poder, más aumentan los márgenes de ganancia, y la brecha se reduce cuando más lejos se encuentre del mismo.

 

Es decir, uno podrá ser mecánico, bancario, chamán, médico o lustrabotas, y más allá de la oficialidad, de ciertos requerimientos mínimos (que hemos redactado una constitución para nosotros y que se cumplen formalidades indispensables para seguir siendo considerados parte de una nación) la verdad es que el valor, ni siquiera de nuestro trabajo o labor, sí no de nuestro estar en el mundo, lo determinara lo definido previamente, es decir, cuán amigo somos del o los poderosos de turno.

 

Si no te gusta el sistema, tampoco existen muchas opciones, más que la salida, la huída, el tratar de modificar algo tan indispensable en el ser humano, como lo es, cuanto vale uno por lo que hace o deja de hacer, en una tierra en manos de quiénes valoran, sólo cuanto y como los adulas, solo te llevara a la salida, a aquella ruta, que paradójicamente, es intransitable, (en una de nuestras salidas) tras la finalización de la autovía 14, como si te impidieran a que ingreses, sólo los de tierra adentro franqueables y aptos para escuchar un chamamé de nueve lunas, un gaucho rebelde y un carnaval, números que parecen maravillas, y que no se saben en qué bolsillo están. Eso sí, patrimonio de la humanidad y los carnavales danzantes en lo de Tinelli que tiene a sus hombres cercanos, cercados por correntinas.

Tampoco quiénes pretenden sacar al actual sistema de poder va por otro periodo mas, se preguntan estas cosas, ni te invitan a soñar una realidad donde está se cuestione, quizá sea porque tengan a su lado, a los mismos que dicen criticar.

 Como diría Martín Hopenhayn en Después del Nihilismo: La modernidad, con sus vientos de democracia y pluralismo, disocia el valor de la singularidad de su sesgo aristocratizante (y esto pese al propio Nietzsche). No se trata de reservarle a una elite el derecho o el poder de la diferenciación, sino de plantear la diferencia como minoritaria y plural por naturaleza, pues para afirmarse tiene necesariamente que desandar cualquier precepto canonizado de liberación y admitir la multiplicidad de perspectivas. Que sea minoritaria no le da rango de excluyente sino todo lo contrario: pone el acento de la tolerancia ante aquello que no participa de las valoraciones dominantes. Una de las conquistas mas reivindicadas por el proyecto de secularización ha sido precisamente la apertura a la disidencia y la excentricidad. En ese marco adquiere sentido la figura  del señor en Nietzsche, como una voluntad que tiene la libertad interior para afirmarse pese a ser distinta, o para convertir ese pese (o pathos) en motivo de afirmación.Transgredir el cerco del rebaño desgarra, y es un modo de morir. Pese a su costo, Nietzsche resuelve llevar esta “pulsión” liberadora que el mismo reconoce en el movimiento de secularización moderna, al enclave irreductible de la singularidad. Para ello emprende una contorsión paradójica. De una parte recupera la historia, por cuanto alii se aloja el impulso secularizador moderno que motiva la crítica exhausta de los valores. Pero en tanto movimiento de individuación se sacude la historia. No es casual que Nietzsche quiera encarnar la figura del inactual o intempestivo. “¿Cuál es, pregunta, la primera y última exigencia de un filosofo ante sí mismo? Vencer su tiempo dentro de sí, devenir ´inactual´. ¿Contra qué debe emprender su combate más duro? Contra aquello que lo convierte precisamente en hijo de su tiempo.”  (Martín Hopenhayn en Después del Nihilismo)   

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