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ANÁLISIS

2 de julio de 2017

¿Quiénes representan a los que no votan?

En el concierto de las preguntas de todos los días, que por otra parte, consolidan, esclerotizan la banalidad de la política, que lleva a que suprimamos perversamente la finalidad de los partidos políticos, y nos conducen a que lo cotidiano sea la agenda del dueño de la lapicera, oficialista u opositor, que dibuja y desdibuja, desde los nombres de las fórmulas gubernamentales, las listas legislativas, los casilleros de los gabinetes, y las planillas de los planta permanente como contratados que seguirán o dejarán de libar del estado, no estará este interrogante de título, ni otros tantos, que casi sin querer se constituyen en los aspectos basales de nuestras instituciones democráticas modernas. Es decir, sí todos los que estamos obligados a votar, transgredimos tal norma en un porcentaje mayor al usual (que siempre es del 20 o en su defecto 30%) alcanzando un 50%, entonces y de hecho, tal elección, carecería de legitimidad y de allí se podría ganar seriamente la legalidad de tal comicio y de tal resultado. De más está decir, que sí se alcanza esa mayoría, la transgresión dejaría de ser tal y se convertiría en norma triunfante y el ordenamiento político se vería impelido a replantarse algunos de sus aspectos basales, que no son abordados, porque quiénes se les oponen o no piensan o sólo quieren ser como los que critican.

El aspecto es mucho más sencillo de lo que parece. Tal vez oculta en muchas palabras intrincadas, lo cierto es que la legitimidad política siempre, de un tiempo a esta parte, se pone en cuestión, pero nunca llega a la instancia de perforar, de percudir la legalidad. Semanas previas al acabose del diciembre del 2001, la elección nacional legislativa acusó un índice de ausentismo, cómo de voto nulo o castigo que presagiaba, precisamente lo desopilante de los cinco presidentes en una semana  y la veintena de muertos. Desde aquel entonces, tal desgarramiento, entre el tejido que sostiene a representantes con representados, no ha sido reconstituido del todo.

Esta falta, se debe, a muchas causas, pero podemos señalar una tal vez, no tan trillada. La cobardía del pensamiento, o de los pensadores, enfocados en lo político, para trabajar esta grave causa. Desde aquel entonces, fue mucho más sencillo, que de un lado de la avenida estuvieran los que vitoreaban a los sentados a la izquierda o la derecha de la asamblea nacional francesa que tradujo, como universalidad, la fantochada de que los humanos debemos propender a ser libres, iguales y fraternos.

Palabras más o palabra menos, semántica populista, progresista; centrista o cómo se la quiera llamar en esos debates que siempre nos conducen a los mismos libros y las mismas experiencias de los siglos XIX y XX en el continente Europeo, nos han devuelto, a que nosotros, desde donde escribimos y próximos a 40 años de plena democracia a sedimentar, cuando no aumentar, nuestros índices de pobreza, de marginalidad y de pérdida de calidad de vida, indistintamente de quiénes nos gobiernen o bajo que banderas, expresiones o partidos.  

Ante la pregunta que exhorta el artículo, la respuesta más acomodaticia, o que consagraría el supuesto sentido común, es que aquellos que no votan, transgrediendo la obligatoriedad, son automáticamente representados por quiénes sí cumplen la normativa y por ende, ceden su representatividad a esa mayoría que sí emitió el sufragio. Este principio democrático, de que los números mayoritarios consagran la representación (como lo señalamos en otros artículos, este sistema se centra en el triunfo por sobre el otro, no en la representación, sí no, los vice, presidentes, gobernadores o intendentes, serían o deberían ser los segundos más votados detrás del ganador) tendría entonces que respetar, el hipotético caso que se logre una mayoría ciudadana, que haga política, instando a la ciudadanía que el día del comicio, en un número mayor al 50% de los habilitados a votar, no concurra a hacerlo.

En lo que podría constituirse en la maduración de la clase política, en vez de tener a cientos de personajes que se postulan para lo que fuere, con el único fin, de luego de la elección, ir a la oficina de los triunfantes, para negociar el voto de su abuelita, del que engrampo en Facebook, de los muchachos del futbol y a todos los que consciente o inconscientemente timó para lograr un conchabo, tendríamos a quiénes planteen esto mismo, la auténtica validación del sistema político, que quedará como tal o en caso de ser derrotado, con sus propias armas se convertiría en régimen.

Esto, a contrario sensu, de lo que siempre pueden pensar y mal, los amigos que la están pasando bien con la política, sería más que beneficioso, pues en caso de que prevalezca la continuidad, la no modificación, es decir que pese a que muchos hagan campaña por no ir a votar, la gente asista en un número mayor al 50% (como si fuese difícil además esto mismo, teniendo los recursos de un estado con casi 40% de pobres..,) los liberaría de sus culpas, de sus ocultamientos y de sus gobernanzas con excesos incluidos.

Es decir en caso de darse tal elección en tales términos (sí el 50% de los habilitados a votar no asiste a hacerlo, el sistema político-institucional debe ser replanteado, o al menos tal elección declarada ilegítima y por ende ilegal) los ciudadanos, no tendrían razón de continuar cuestionando a sus políticos, es más tendrían los políticos, por ejemplo, derecho a cobrar más impuestos y gastarlos en más nombramientos en seguidores y amigos, para ponerlo en términos categóricos.

Finalmente, y en caso de que no pueda establecerse este escenario, igualmente respondimos este interrogante, tal vez, algunos de los que no asiste a votar, lo hace razonando de la siguiente manera: “Es necesario que haya un sector que gobierne, una aristocracia natural, que se fundamenta en la propiedad y en el talento” (Burke)… La distribución equitativa del poder, para Burke, simplemente no existe. Si ningún hombre puede ser juez de su propia causa, si ha renunciado a fallar en su propio interés, tampoco puede ser gobernante por sí mismo. Si para obtener justicia hay que renunciar al derecho de tomarla por cuenta propia, ¿por qué no asumir, como signo de libertad, que otro hombre tome decisiones pertinentes por nosotros? http://www.fundacionfaes.org/file_upload/publication/pdf/20130423222146edmund-burke-y-la-ciencia-de-la-politica.pdf

La política se hace con lo que está en el fondo del corazón. Por eso, los que ven sólo contratos no son aptos para ser hombres de Estado. Los contratos tienen siempre un sentido ocasional y por lo tanto pueden siempre disolverse voluntariamente. Los contratos no se pueden aplicar a la vida de un Estado, que no es una asociación para el comercio de la pimienta y el café, el algodón o el tabaco. Un Estado no es un negocio, no puede ser disuelto al antojo de las partes contratantes, ni mediante escritura pública elevada ante notario. Para llegar a ser un Estado no basta tener intereses en común. “Como los fines de una asociación así no pueden obtenerse ni siquiera a lo largo de muchas generaciones, la asociación llega a ser, no sólo entre los vivos, sino también entre los vivos y los muertos y los que están por nacer” (Burke, Edmund (2003): Reflexiones sobre la Revolución en Francia Alianza, Madrid, p. 155).

En tren de esta argumentación, podríamos agregar el escenario, que ideamos a los únicos fines de reestablecer la vinculación entre representantes y representados, que elijamos a nuestros políticos, a quiénes nos representan, por plazos más extensos, mas continuados, diez o quince años, con esa cláusula, sí, de que sí no vamos el 50% más uno de los habilitados a hacerlo, se reparte y se da de nuevo…

 Por Francisco Tomás González Cabañas

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