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ANÁLISIS

12 de mayo de 2017

Alea iacta est.

La suerte está echada. La frase es adjudicada a Julio César, al cruzar el Rubicón, rebelándose contra el Senado, e iniciando la guerra civil contra Pompeyo. Algo que miles de años después y salvando las distancias, podría repetirse en la codificación vernácula por desestabilizaciones emocionales de quiénes sin estar preparados mental como culturalmente, al perder poder (Caso Scioli) o tratar de mantenerlo, implosionan mentalmente, generando o tratando de generar daño, por el lugar al que accedieron, y del que se deben ir, casi por casualidad o por el regalo de quiénes brindaron tal obsequio a quiénes veían sumisos, maleables e irredentos en pretensiones políticas reales, pero supuestamente conscientes de sus límites o limitaciones.

En el tramo final de los equipos electorales, que terminaran de salir a la cancha para la contienda de Junio, no son pocos, los que creen que el grueso de las decisiones, ya han sido tomadas en algún sitio de ese lugar llamado destino, sin embargo, otros, hasta el último minuto del comicio creerán poder la historia a su favor.

Probablemente pocos se lo planteen como tal, pero seguramente la mayoría lo siente, o mejor dicho se siente, surcado por esa ansiedad, que no la puedan controlar ni con barbitúricos, ni con ejercicios, esa pretensión contradictoria que ante determinadas situaciones se nos presenta a los seres humanos, de querer tenerlo todo bajo control, obstinadamente, cuando sabemos que tal cosa es un imposible.

Nos pasa a todos con la muerte, millones de años de humanidad, y aún no la hemos comprendido, tercamente, nos negamos a asimilar que la misma, es una parte tan natural de la vida, como la sentencia de Heidegger que nos recordaba que “Somos un ser para la muerte”, pero de allí es que uno a veces se ve a tentado en no creer la teoría de la evolución, pues como podría ser que el cerebro humano, o que la cultura de la humanidad, con millones de años en sus espaldas, no pueda asimilar con mayor naturalidad la finitud de la vida. Quizá desde la teoría algunos nos pretendamos un poco más allá de no pensar la muerte y simulemos dimensionarla filosóficamente, pero todo se nos va al diablo cuando nos toca de cerca, la enfermedad, accidente o padecimiento de un familiar o de uno mismo. Nos surge la mentira de decirnos que no queremos sufrir pero que entendemos que morirnos nos va a suceder igual, pero es una gran mentira, ni el suicida quiere morir, esto es así y aún no sabemos porque.

Algo de esto, le suceda en una dimensión al político que se le termina su mandato, y por más que no lo diga, lo quiere renovar a como dé lugar, quiere quedarse en esa silla, sillón, en ese conchabo, por más que lo diga una y mil veces ante el espejo, sabe que en un hipotético pacto satánico, vendería su alma y la de los suyos por tal cosa. Lamentablemente se ve presa, víctima, rehén de ese mismo círculo áulico, de ese mesa chica, de ese grupo de confianza, quién ensalzaba las virtudes del prohombre, cumpliéndole caprichos y fantasías, y que ahora, a horas, de poder perder tales prerrogativas se transforman en salvavidas de plomo, pasan a ser de hermético círculo de élite, al circulo vicioso intolerable para quién está obligado a saltar de la liana de la seguridad y la confianza de la ubre del estado, al desasosiego, a la incertidumbre de ver que podrá ocurrir tanto con él, como con los suyos.

Y es aquí en donde la cuestión electoral, por intermedio de las debilidades de sus actores, empieza a percudir la calidad democrática, la ulterioridad de la política, que tendría que ser el mejorarle la vida a la mayor cantidad de personas posibles, tratando de con ello joderle la vida a la menor cantidad.

Como no nos cansamos de consignar, los proyectos, propuestas y programas de cómo lograrlo (se hablo hasta ahora mucho de planes hídricos como si fuésemos ingenieros, pero no proyectos ingresados al deliberante, o compromiso para trabajarlo como elección de los delegados municipales por voto directo, distribución de pauta publicitaria por normativa, registro de artistas y actores culturales) pasan a un tercer plano, la ética y la responsabilidad también, más luego muere la coherencia y finalmente la dignidad. Y como la política es un colectivo, todos lo que estamos adentro (Platón en la República daba el ejemplo del Barco) tengamos mucho o menos que ver, terminamos estrolados por la locura, la alienación de conductores suicidas (Existe una canción de Sabina con este título muy recomendable) de hecho uno de ellos, ha sufrido un accidente que más allá de la condición accidental, también ameritaría una lectura vial o psicológica del mismo.

Esto, lo expresamos no con la crueldad, o la condición de ser descarnados, sino porque sabemos que esta, la de la capital será la primera de una serie de elecciones que se nos avecinan.

La novedad del año, podrá ser, lo tomamos con humor, como para no llorar, el desquicio, que podría desequilibrar a la institucionalidad, de que alguien envestido en el poder, a dedo, pretenda, a nivel provincial y al borde de su ida, internas abiertas, rompiendo todo los códigos, para simplemente negociar pingues beneficios que desea perpetrar en el tiempo, a los únicos efectos de verse una y otra vez escoltando la carroza para pretender ser lo que no está convencido de serlo.

Sin proyectos, sin propuestas, con ganas de quedarse y de seguir hasta la finitud y de ingresar el de afuera, comienza el círculo vicioso, de supuesta demostración de fuerzas, que no es ni más ni menos, que manejar ciertos recursos del estado para ponerlos al servicio de un acto, del acarreo de gente, para contarla, como si fuera ganado, sacarle un par de fotos y publicarla en medios.

Es como si los que tenemos la condición de padres, fuéramos mejores padres por cómo le organizamos los cumpleaños a nuestros hijos, paradójicamente nunca escuche esta escala en el mundo filial, pero abunda en el mundo de la política y los casos son asombrosamente iguales. No seremos mejores padres, si le llenamos de amiguitos el cumple del nene, si le contratamos los mejores animadores, los mejores peloteros, el catering más cate, la barra de bebidas para niños, la foto, la filmación digital y el carnaval carioca. Llamativamente algunos de nuestros político, aún piensan que pesan, que tienen predicamento, poder o son alabados por las masas, si llevan a un almuerzo pago, a tipos que le consiguen becas, salarios, conchabitos y además le dan a otros dinero en efectivo para que asistan a tal comida. Todo es fruto de la desesperación que señalábamos, pero no indica que nos tengamos que resignar ante ella.

No se pueden consignar acuerdos con quién sea, sobre todo si vienen de Buenos Aires, porque supuestamente desde la metrópoli, tendremos una vinculación directa y preexistente en caso de que estén en el poder, o peor aún en el caso de que busquen estar dentro de dos años. Es decir, podemos ser de cualquier partido, incluso de distrito nacional, pero no tendría que existir recurso más importante, programa que adhiramos, o foto que nos defina mejor, que la proyectar desde nosotros mismos, desde nuestro lugar, con nuestra gente y no creyendo, o proyectando, que fulanito de Buenos Aires, por haberse tomado un avión, le puede levantar la mano a alguien y decir que es lo mejor para Corrientes, o que una mujer, por más poder que ostente, diga lo mismo desde una teleconferencia.

JFK en una de sus consignas más recordadas exclamaba “Pregúntense que pueden hacer ustedes por su país y no que puede hacer el país por ustedes” y uno cuando recuerda estas cosas, entiende porque mataron a un tipo así, porque la política nuestra de todos los días, esta tan deteriora, tiene un nivel tan cercano a los últimos niveles del infierno del Dante, el artículo no nació con la pretensión de terminar como va a terminar, pero uno se ve tentado a creer que nuestra suerte está echada y que aquello de que tenemos a los políticos y los gobiernos que nos merecemos es de una contundente e inobjetable verdad.

 

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