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17 de marzo de 2017

La Cuestión Narco.

Hubiera sido más propicio el titular, palabras “narcóticas” o desde la tierra del narco, pero para provocaciones, y echar más leña al fuego, tenemos lamentablemente a la corporación política, que en una actitud suicida para su propio colectivo (son ellos los más beneficiados por este sistema, sea desde el oficialismo o la oposición) se tiran los muertos, o las cargas, como sí, sea en el orden municipal, provincial o nacional, no estuviesen las manos de todos y cada uno de ellos, como responsables, no penales, pero si culturales, sociales o políticos, de no haber realizado lo suficiente para batallar con este flagelo, que nos está ganando por lejos, y que ahora lo comprobamos, Itatí mediante. Cómo si se necesitase algo más, el silencio sepulcral, que sólo es irrumpido para las acusaciones meras, hueras y varias que tienen como finalidad la disputa de la adicción electoral, podría tener que ver con no depositar la mirada en el poder del estado que merece el mayor de los cuestionamientos en esta temática, al menos formal. Hablamos del poder judicial, en todos sus fueros, a quién le corresponde y cabe, desde lo metodológico hasta lo conceptual como para combatir la cuestión narco. Extraña o complicemente, la política viene callando y con ello cayendo en una extraña curva en descenso, que así como tal descenso a los infiernos se llevó puesta la política en Itatí, podría también llevarse puesta la política en varias provincias. Finalmente la cuestión narco, no radica en fijar la mirada en la adicción, en las sustancias o en las problemáticas de un adicto, como lo hacen los tristes técnicos, que se llenan, adictivamente los bolsillos enajenando los recursos públicos, con charlitas y talleres. La cuestión narco es más profunda y aquí trataremos de encontrarle un marco.

Tras la conquista europea, nuestro continente debió amoldarse a un sistema económico, político y social, que hasta ese momento le era ajeno y extraño. Lo que luego tomaría el nombre de Virreinato de la Plata y posteriormente Argentina, se conformaba en base a la ilícita actividad del contrabando. Resultaba que el puerto escogido por los conquistadores no era precisamente el de Buenos Aires, por tanto el porvenir económico se mostraba exiguo.   

Los primeros pobladores de la actual gran metrópoli, se aferraron a una norma que decía que en caso de que las embarcaciones corrieran riesgo de ser asaltadas, hundidas o averiadas en alta mar, debían dejar su carga en el puerto más cercano. Surgieron entonces las permanentes arremetidas contra los navíos, surgieron las continuas ventas de las mercaderías en el puerto, que se convertía en un gran mercado negro, surgieron los criollos que ya venían con un pan bajo el brazo. Surgía nuestra República, de la ilícita actividad del contrabando. 

Tampoco uno puede aguardar los sempiternos tiempos de una justicia siempre sospechada, para concluir lógica y razonablemente, que existe una relación entre el poder político y el narcotráfico. Uno proviene desde lo institucional, desde lo republicano y se ejerce por intermedio de hombres representativos que asumen funciones públicas, el otro poder proviene de hecho, no del derecho, de la realidad más cruel y contundente del ser humano, de su capacidad autodestructiva y de su ambición desmedida, de la debilidad de algunos por evadirse de la realidad y de la voracidad de otros, que en el afán de desarrollarse no dudan en enriquecerse a costa de la autodestrucción de sus congéneres. La droga, entre tantas cosas, es un gran negocio. No se debe inscribir una empresa para trabajar con ella, no se pagan impuestos y siempre hay demanda de producto. Como si fuera poco, se generan actividades tanto o más redituables a partir de los narcóticos. Dada la enorme cantidad de dinero que se produce, se debe hacer ingresar al circuito financiero los billetes de la droga, de forma tal que parezca que provienen de una actividad lícita. Esta operación es la que se conoce con el nombre de lavado. 

El aumento de consumo, de tráfico y de dinero proveniente de las drogas, según los organismos internacionales especializados y según quién desee caminar por alguna plaza en horas de la siesta o bailar por la noche en alguna discoteca, es una realidad que va en aumento en todas las regiones de nuestro país. Las diferentes variantes de narcóticos conocidas en los últimos tiempos, tales cómo; anestésico para caballos, spray para golpes musculares, pasta base y demás, constituyen otra irrefutable muestra de la compenetración  de los estupefacientes en nuestra sociedad. 

Debemos ser conscientes que habitamos una comunidad narcotizada, donde la institucionalidad, mediante sus dirigentes o representantes, precisa para su subsistencia, de dinero fresco, constante y sonante, independientemente de donde provenga, para que los índices de votantes sean medianamente aceptables, para que las diferencias políticas puedan ser subsanadas mediante una caja económica que no tenga existencia en los papeles de estado, en definitiva para torcer voluntades de toda clase y precio, a los excelsos fines, claro está, de que ningún conflicto se desmadre y por ello se pierda la gobernabilidad y posteriormente la institucionalidad. A tal punto llega la relación entre el poder político y el poder del narcotráfico, que ya comparten términos y clasificaciones semánticas. Al otrora dirigente afincado en un barrio populoso, con cierta capacidad de liderazgo, se lo denominaba puntero. La misma denominación se utiliza para quién en ese mismo barrio populoso o en otro, es el distribuidor de la droga.

Dada la imposibilidad de acceder a una función de estado sin tener los medios, dinero y en abundancia, para pagar fiscales el día del comicio, afiches, panfletos, espacios en radio y en televisión, durante la campaña, y para aceitar al grupo de acompañantes que organiza los actos con comida y bebida, para que los votantes escuchen al candidato y todo lo que implica la parafernalia electoral, entonces surge, en forma espontánea la connivencia con el poder del narcotráfico o del dinero de la droga. El empresario capaz de solventar tamaño gasto, debe tener ciertas certezas, las más exigidas por los capitalistas; o continuar con los negocios que le generan riqueza o ingresar en calidad de monopolio en el mercado. Sí por esas casualidades, el candidato, ya en funciones de estado, cree en el sexo de los ángeles, entonces aparecerá el financista, ya con rostro circunspecto, recordando el dinero que puso para que no le escupan el asado. Sí el negocio está vinculado con la droga es más una cuestión de casualidad que de rama empresarial. Tampoco tendrá fuerza el gobernante, sí de buenas a primeras intenta desconocer el turbio acuerdo. Sus propios funcionarios de segunda línea y los mismos ciudadanos bailarán al ritmo del dinero narcotizante. El cabo de la policía, que sabe que la camioneta importada del comisario es producto de la droga, no arriesgará la vida enfrentándose con alguien que inflija la ley de drogas. Lo más probable es que en su escala y medida, participe del negocio. 

¿Qué mundo le puede ofrecer a un consumidor un estado que esté  ausente que no garantice ni salud, ni educación ni trabajo?. Le ofrece lo que tiene o lo que puede. Una elección de tanto en tanto, donde además de elegir figuritas, se reparte comida, materiales de construcción y obviamente drogas.

Claro que el vacío al que condenaría el estado ausente, es aprovechado por cantantes, músicos o estrellitas mediáticas, quiénes observan un fabuloso mercado de jóvenes, sin rumbo ni destino, que se evaden de tanto dolor, utilizando drogas y por tanto ofrecen, estas bandas o grupos musicales letras que rinden loas a las drogas, o en el peor de los casos, directamente incitan al consumo. En nombre de la libertad, esos mismos carilindos que se creen inocentes por no participar en política o que se creen corajudos por decir lo que piensan sin pruritos, terminan siendo los propagadores oficiales de una sustancia que en la mayoría de los casos, termina con sus propias vidas y con las del público.     

Según reza el principio de todo adicto en recuperación, el primer paso para salir es reconocer el problema, por tanto independientemente de que, como y cuanto se legisle, este primer paso institucional de debate en el parlamento ya es un gran paso para romper con un prurito, con una fachada, con ese viejo adagio de guardar la basura debajo de la alfombra. Nada mejor que ofrecer luz, en el reino de la oscuridad y las tentaciones, donde no se encuentran ni imágenes divinas que protejan las desventuras y temores de grandes y chicos, prestos, en caso de continuar esta oscuridad a aferrarse lo efímero y dañino de una sustancia alucinógena.

El problema es que ninguno de nuestros líderes políticos latinoamericanos aún logró entender y trabajar a partir de la acepción Derridiana de que “Sin democracia no hay literatura y sin literatura no hay democracia” y abordar los conceptos de mentira y verdad en la política, a partir de lo expectante, lo que está por venir, que es en definitiva lo democrático.

Lo que queremos consignar es que la primera plana política latinoamericana, debería plantear en los organismos internacionales en los que participa por mandato popular, son los abordajes cruciales de la política actual, su problemática, su relación de ser consustanciado con lo que acontece. Sí tuviésemos líderes que en vez de elevar viejas banderas de planteos eurocéntricos, que nunca han tenido que ver con lo que le ocurre al pueblo, sino con la imaginación y la fantasía de una clase ilustrada de la misma, para disputarle poder al otro sector denominado más conservador, desde hace un tiempo, esos posibles líderes que aún no han aparecido, en vez de plantear la persecución al narco-menudeo o su cadena más endeble o el tratamiento de los adictos, deberían haber propuesto que sea legal, incluso como política de estado, el exportar la producción de sustancias que luego puedan ser usadas como narcóticos.

¿Es que acaso, toda la parafernalia del libre albedrío, los organismos internacionales mediante tratados que lo defienden, se aplican cuando uno toma una gaseosa de una determinada marca, pletórica en azucares dañinos o cuando se fuma un cigarrillo de tabacaleras que matan a millones, comprobado por cientos de juicios en distintos fueros, y no cuando un producto que se produce en nuestras tierras, es utilizado luego, por un señor adinerado que quiere divertirse, o narcotizarse con ello?

¿No sería al menos, de ilusos creer, que todas las estadísticas, especulativamente publicadas, acerca de lo perjudicial que sería para el tejido social que quiénes se quieran drogar  se droguen, sería aún más perjudicial que todas las muertes y daños que se producen en nombre de la supuesta y actual lucha contra el narcotráfico?.

¿Cuántos productores de coca o de cannabis podrían tener un mejor nivel de vida, mediante lo que les permite producir su tierra, es que acaso, desde la fenomenal pobreza en que están sumergidos estos campesinos, nietos de colonizados, deben hacerse cargo, de la decisión de un parisino, con un estándar de vida y por ende de condiciones de libertad, para que sea responsable de como el consumo de un derivado de un producto de la tierra, le afecta al ciudadano del primer mundo, que en uso de todas sus facultades decidió drogarse?.

Lamentablemente para Latinoamérica y para el mundo, aún la clase dirigente que se dice libertaria y revolucionaria, prefiere seguir en penumbras, negociando por lo bajo con los que dicen perseguir en público, en vez de decirle a su público que no consuma, pero que produzca, y que pelee a nivel internacional, por este derecho a comerciar, amparados en esos principios libertarios, que se nos aplican siempre, para vendernos bebidas, cigarros y comidas cancerígenas, cuando no, guerras preventivas para fomentar los valores democráticos.

El no comprender esta subversión de la que somos víctimas desde hace tiempo, es el estado más narcotizante y perjudicial del que de una vez por todas deberíamos despabilarnos, por el bien de una humanidad cada vez más sesgada en una adicción totalitaria que nos hace, ver, creer y sentir que somos libres en un mundo al que cada vez le ponemos más rejas, restricciones y barreras en nombre de lo que dicen que alguna vez tendremos pero en cada paso dado se va consolidando como más lejano y utópico.

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