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16 de marzo de 2017

Un muerto en tu placard.

“La muerte de las pasiones políticas – y su reverso, el auge del apasionamiento ciego-lejos de hacernos más conscientes de nuestro propio destino pueden convertirnos en sujetos pasivos, sometidos a las decisiones de los profesionales de la política, siervos a su vez de las elites del poder, que se han constituido en los santones de una nueva dirección especializada de las conciencias en la medida que controlan la fabricación y la distribución de la información” (Alvárez-Uría, F. Filosofía y Sexualidad. Pág 94. Anagrama. Barcelona. 1988).

Hannah Arendt (una de las filósofas más destacadas de la historia) muy citada por Carrió (¿tendrá algo que decir la Doctora que es fiscal moral de la Nación, en su calidad de docente de la UNNE, como lo recuerda siempre?) por cierto sin que ello signifique políticamente nada, acuño el concepto de la “Banalidad del mal” para reflejar que los actos, no pueden ser caracterizados desde lo absoluto, vendría a ser, si uno en un accidente de tránsito mata a alguien no es un asesino (nuestro código penal hablaría de homicidio culposo o doloso) y esa caracterización no puede ser extensiva o popularizada dado que le quita significancia al asesinato mismo, es decir se dice vulgarmente lo de tus muertos en el placard, pero a algunos la justicia les allana por ello.

Uno de nuestros mayores enemigos conceptuales, lo que dimos en llamar el “cualquiercosismo” ofrece como derrape el precisamente desembocar en el arroyo fétido y hediondo de la falta de límites y de principios que es ni más ni menos que encontrarse a la vuelta de la esquina, con algún expediente, tramitado en algún arrinconado juzgado que nos indague acerca de aquellas cosas que hemos hecho y que no tienen nombre ni tampoco imprescriptibilidad.

El poder cuando se encarna en el sujeto o mejor dicho cuando este lo ejerce por cierto tiempo, es estudiado desde la óptica de la psicología para destacar aquellos aspectos que podrían ser nocivos para el individuo en cuestión y para la generalidad individuo. Es decir, existen una serie de comportamientos, que se dan, muy usualmente, cómo los llamados mareos que brinda el poder como la antesala a una sensación de impunidad, en donde los afectados pueden creerse esto mismo y actuar en consecuencia, desde la psicología se entendería como “del pasaje al acto” pero desde el sentido común la percepción es que el cargo, lugar o conchabo se le subió a la cabeza, que todos son los mismos y que cuando llegan a ese arriba pueden hacer lo que quieran.

Esa fantasía esta tan extendida en el vulgo, en la peluquería, en la cola del banco, en el mate de la costanera, en la mesa familiar, a la salida de la misa, o en la misa misma, en la escuela, adentro y afuera, que de tomar cuenta de esto mismo, los líderes políticos en vez de alentar tantos “gestionadores” sea con jerarquía o con supuesto predicamento territorial, que en verdad son repartidores de cosas que les consiguen sus líderes (agregándole prensa a la repartija), deberían tener más tipos que piensen y que le encuentran la vuelta a estos desafíos, que horadan, no sólo candidatos de ciertos partidos, sino la vinculación de legitimidad entre los representantes y sus representados.

Es decir, nuestra gente, o la gente, el pueblo, el populacho o la correntinidad, no puede seguir pensando lo que piensa de sus políticos, pese a que cumpla su deber cívico de votar en las elecciones, porque lo siente como un deber o como una oportunidad de hacerse unos pesos y no como un derecho. Para modificar esto, es sumamente indispensable, acudir a la Arendt, que como dijimos no sólo es (sobre todo para el mundo de la política) el nombre del instituto de la Carrió y por ello, los que no comulguen con Lilita, obturan la posibilidad de conocer el pensamiento de esta gran mujer, a los efectos de al menos no banalizar el mal, para ir separando la paja del trigo.

No todo es lo mismo en política, si bien se podría hacer un extensivo anecdotario de tantas trastadas, en la que ninguno se salvaría, el lodazal no se compone de elementos homogéneos, y a esto vamos. Un pase por conveniencia económica, porque ha primado un interés sectorial o particular, es una gran cagada que han cometido tantos de nuestros políticos, o quizá con honestidad, haberle errado el vizcachazo y haber propuesto acompañar a cierto impresentable de otras latitudes, una desprolijidad administrativa, un acto de nepotismo, el aprovechamiento de un viaje oficial para vacaciones, y tantas agachadas que tan bien conoce nuestro pueblo, es casi una moneda, lamentablemente común en nuestra clase dirigente, y el haber normalizado estas cuestiones, nos llevaron a banalizar el mal en su real dimensión.

Existen quiénes tienen muertos, y no en el sentido literal, en sus placares o en sus dominios, y eso debe ser un límite con la humanidad misma, quiénes hayan tenido vinculo o lo mantengan deberían hacer su aporte para que la verdad aflore, y además de tantas cosas, logremos escindir los actos y no sea todo lo mismo, el cambalache anárquico de la igualdad en la hediondez, y quizá así lleguemos a lugares insospechados de felicidad individual y social, porque la verdad es la costa que nunca llega a medida que nos acercamos a ella, pero en la que sentimos la más plena felicidad en esa instantaneidad de la búsqueda.

De lo contrario, quedaremos por siempre, engrampados en el tipo de racionalidad, medieval que suscribimos a diario, donde todo los discursos provienen de las mismas, usinas, así sean operativos de prensa, es decir burdas mentiras, pues las hemos constituidos en las únicas palabras autorizadas para que nos hablen; Autoritario sistemático. Lo racional es lo admitido por una minoría consagrada. Una proposición es racional si se acomoda de manera aceptable a un sistema aceptado de proposiciones canonizadas por una autoridad  centralizada y con frecuencia delegada a su vez de una autoridad superior. Es el tipo de racionalidad predominante, por ejemplo, durante la edad media, cuando la elite escolástica monopolizaba el saber legítimo así como los ceremoniales que permitían su acceso a él. Ideal cerrado y acabado de racionalidad basado en la autoridad y en una lógica utens oficial y autoritariamente proclamada. (Ibíd. 96) 

 

O dejamos a los símbolos que vivan nuestras resignadas vidas. A las espaldas de la virgen, de una de las basílicas más importantes del mundo, faraónicamente elevada en un pueblo perdido, creímos que nada podría ocurrir por tal presencia. Tampoco fuimos capaces de reaccionar, drogados por esa resignación espiritual de creer que todo se solucionara en ese paraíso terrenal, con ese dios bueno, al que le dejamos, hasta la responsabilidad de vivir. Como al gobernante, a quién lo visualizamos como ese dios, incapaz de dañarnos, por más que no esté ultrajando cotidianamente. Como vino ocurriendo en Itatí (¿Sólo en Itatí) hace tiempo.

  

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