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12 de marzo de 2017

“La Nación Narco, la Virgen Negra y el Pablo Escobar Correntino”.

“El argentino, a diferencia de los americanos del Norte y de casi todos los europeos, no se identifica con el Estado. Ello puede atribuirse a la circunstancia de que, en este país, los gobiernos suelen ser pésimos o al hecho general de que el Estado es una inconcebible abstracción; lo cierto es que el argentino es un individuo, no un ciudadano…El Estado es impersonal: el argentino sólo concibe una relación personal. Por eso, para él, robar dineros públicos no es un crimen. Compruebo un hecho; no lo justifico o excuso. (Borges, J.L “Nuestro pobre individualismo”, Otras Inquisiciones. Pág. 59-60. Emecé. Buenos Aires. 1996).

El Texto de Borges se constituyó, como otros que denotan su condición magistral, en un lugar referencial para ciertos estudios académicos y sociales. Marcela Visconti, en un ensayo que hace eje en este, y que lleva como título “Imaginarios ficcionales del dinero y de la ley en la Argentina contemporánea”, infiere: “En nuestro país existiría un tipo de conducta fuertemente arraigada que naturaliza la transgresión de las normas bajo las formas de la costumbre. Esto significa que la vulneración de la ley, al constituirse como un hábito, hace que en muchos casos deje de ser percibida como tal. Este bajo nivel de sensibilidad de la sociedad argentina frente al fenómeno transgresor se traduce dentro de su imaginario a través de una asidua confusión del delito con conductas asociadas a los valores de la viveza y la picardía”  (http://www.asaeca.org/aactas/visconti__marcela_-_ponencia.pdf ).

No es lo mismo, por más que desde las tintas ideológicas de un medio de comunicación así se lo pretenda hacer leer, dado que posee sus intereses, al menos económicos-financieros (tal vez clasistas), la sucesión de acontecimientos en el micro-mundo de un country con lago artificial, dentro del ejido territorial de una de las pocas ciudades sudaméricanas con índices europeos, que tales acontecimientos a la vera de la frontera del Paraguay, en donde las plantaciones de cannabis disputan los primeros lugares del mundo, en una comuna perteneciente a una de las provincias más precarias, del empobrecido norte argentino.

El diario es el mismo, en ambos sitios, como lo es la misma tinta de la ley que determina que está prohibido y que está permitido. La misma tinta, a su vez, suscribe que pese a las diferencias, ambos lugares están contemplados por un único estado-nación.

El problema se suscita, cuando de esa lejana, calurosa y endemoniada (por más que sea el bastión de la Virgen de Itatí, no casualmente la virgen morena, por no decir negra) frontera, ese cannabis, viaja e ingresa al country, en donde se transforma en producto de consumo, del hijo del lector del diario, posiblemente con el mismo linaje que los fundadores (insistimos, independientemente de que sea o no una cuestión clasista, sí es que uno cree en las mismas) o con negocios actuales y en tal momento, el producto de la naturaleza, corporiza su condición de prohibido. En ese instante se transforma en ilegal, y las alarmas del estado se encienden, para vigilar y castigar, dado que ha llegado a la Nación (en su doble condición de medio de comunicación como metáfora de la abstracción de la supuesta argentinidad, aquella en la que acertadamente, descree o desnuda en su fracaso, Borges).

Todas las investigaciones, usando los medios y las palabras más atractivas, serán parte de una crónica novelada, en donde la doble necesidad, de justificar el consumo en los countrys (como barriada que se contrasta con las villas miserias desde donde llega el producto) la irresponsabilidad en todo caso de los padres y educadores (podría cuestionarse por ejemplo todo el sistema económico mismo, a partir de que en su principio elemental determina que para que una persona sea exitosa debe comprar barato y vender caro en el menor tiempo posible, ¿no es acaso este el atractivo insorteable que propone lo ilícito del tráfico de ciertas sustancias? ¿No sería más sano, o más coherente, proponer otros modelos de éxito social que no sean la acumulación sistemática, autómata y estupidizante de dinero a costa de todo? ) y las ausencias flagrantes de un estado, que por tal carencia demuestra que no es Nación, se diluyen, adelgazan, y se estiran (provocación terminológica, dado que es una palabra con significación potente en el argot narco) cuando el corte del Diario, señala en sesudas y profusas crónicas y trabajos de investigación, la aberración de los soldaditos (en el mundo lumpen, como en el de la política, no estamos diciendo que sean lo mismo, se usa el escalafón militar, los menores de edad que cumplen tareas de vigilancia, y son el lado más endeble de la cadena, son los militantes más rasos del lucrativo negocio) los chajá (es un pájaro de la zona que se caracteriza por un estridente grito, fue utilizado como figura metáforica para darle más color a las narraciones del mundo narco, que obviamente van teniendo más configuraciones propias de la fantasía o exageración del narrador, que en la adicción de ver que su nota pegó, necesita más y más, a riesgo de poner como víctima a la verdad o realidad) y cuanto desafío signifique y represente cualquier dato de color que justifique el consumo alocado y alineado que se da en los barrios cerrados, para el ingreso de sistemas de control, o para el estado mismo, porque allí radican los dueños de la Nación.

Nada diremos acerca de los procedimientos que lleva a cabo la justicia, y que son el ariete, político, más vizcoso, para hacer evidenciable, en el cuál se sostienen estas notas que descubren realidades lejanas, de una Nación que merece seguir siendo gobernada por los mismos, pero con un ceño aún más fruncido y un puño más presto a vigilar y castigar. Las obviedades no se verbalizan, o en el caso de que lleguemos a ello, al menos debemos saber que lo que hacemos es tautología. Por la  polémica que el tema despierta, lo haremos, muy a pesar nuestro (esto es para todos aquellos que creen, errónea o hasta agresivamente, que escribir es una actividad en donde uno pone las palabras que cree conveniente sin importarle nada).

Sí la justicia, la real, o al menos la que tenemos instituida como poder del estado (esto mismo debería ser legislado en algún momento, aquellas víctimas o partes de un proceso judicializado que en aras de apresurar un resultado o demostrar su inconformidad apelan o contribuyen al acrecentamiento de una justicia paralela, mediática, con tintes fascistas bajo la mecánica nazi del escrache, ¿deberían al menos prescindir entonces de la justicia ordinaria?) determina, como lo ha determinado que la hija y el hermano de los hombres de gobierno de la comuna, tenían además de la vinculación familiar, un nexo comercial, entonces seguramente, el intendente como el vice, estarán justamente presos. Ahora sí tal cuestión aún no sucedió, tampoco significa que sean paladines de la probidad o de la lucha antinarcóticos. Hasta incluso podría sospecharse, que están condicionados, por la debilidad de sus funciones (el narcotráfico es una cuestión federal que excede lejanamente el cobro de tributos, el alumbrado, el barrido y la recolección de residuos que se pueden administrar desde una comuna) a hacer la vista gorda, a aceptar, entre la opción mafiosa que desde la ficción televisiva se propala como “plata o plomo” para quién se interpone entre el accionar narco, la plata. Claro que esto no puede ser más que una especulación, salvo que la justicia demuestre lo contrario. En la faz política, o incluso humana, sí uno nació en tal lugar y desea ser el intendente, sin tener la facultad y mucho menos recursos, ¿haría la heroica de decir ni plata ni plomo? Desde la comodidad de la distancia la respuesta es obvia.

Sin embargo, todo esto, también es campo abonado para la Nación. La escenografía se completa con la Virgen Morena, que reina desde su impetuosa basílica, y en donde a sus espaldas se cometerían estas tropelías que desangran a nuestras juventudes. La figura simbólica que aglutina un vasto terreno es decisoria, inclusiva, en cuanto que es responso espiritual, en el que puede se puede soslayar el rico, el pobre, el que tiene, el que no, el del country, el de la villa.

La Nación, lógicamente, se preocupa y trabaja para sus jóvenes, que se drogan al desamparo de esos latifundios en donde la ley es su propia imaginación. Necesitan de sustancias para sostener todo el poder que tienen asegurado, sin haber hecho, tal vez, ni un mínimo esfuerzo, tan sólo con el legado. Necesita de estas historias, para que los padres preocupados, encuentren en el prefecto que no vigiló como debía, en el intendente que hizo la vista gorda, en el soldadito que no tiene opción, la cadena de responsabilidades que atentan contra su felicidad. No está acostumbrado a hacerse cargo de otra cosa que no sea de contar, lo que es suyo y adquirir con ello todo lo que le haga bien, así sea la irrealidad de creer que nada le podrá afectar. Necesita de estas justificaciones bien narradas, para juntar fuerzas y combatir con sus propias adicciones, entre las que seguro se encuentra la de acumular y acopiar, descarada como inhumanamente.

Ni el poder político, llámese como se llame y del partido que sea, ni los familiares de estos, tienen por interés real, o preocupación cabal, el encargarse de los niños que deja de lado la Nación.

Esta es la verdadera calamidad que desnuda esta situación. Siquiera la virgen, con su gran basílica, siendo negra, con la posibilidad con ello de generar empatía en sectores postergados, hará o podrá hacer, algo de lo que hace el narco, que se hace presente en donde no está la Nación, gobierna o maneja el poder político, se desperdiga en todos los sectores, envenenando también a los hijos de quiénes la estigmatizan considerándolo un fenómeno propio del hampa marginal.

En los inicios de nuestra historia política, Manuel Belgrano, con el apoyo de San Martín y Guemes entre otros, proponía como forma de gobierno “La monarquía temperada”, entreviendo la posibilidad para ello, de proponer a un descendiente de Incas para iniciar la dinastía, los diputados porteños se opusieron y lograron su cometido de refutar la posibilidad, iniciando lo que tal vez fue el primer operativo de prensa, desperdigando libelos acerca de la monarquía “chocolatosa” o “borracha”, como ejemplos de adjetivaciones negativas que lograron torcer el destino de nuestra historia.

La Nación sigue siendo Buenos Aires y sus alrededores, mal que nos pese, y esa tal vez es la razón por la que Borges describió la impersonalidad del argentino para con su estado. Borges lo sabía muy bien porque era Porteño, porque leía La Nación, y tenía la agudeza y la genialidad de percibir esto mismo y la inteligencia como para no revelarlo, o tal como era de su preferencia, de codificarlo de manera tal, que resultara imposible, o casi, develarlo.

 

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