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ANÁLISIS

30 de diciembre de 2016

¿Libertad para 2017?

El precio de la libertad, no tiene que ver con ser autónomo o independiente. Ganarse el pan, por intermedio de un sueldo, es sumamente digno, deja de serlo, cuando el que paga, requiere sexo a cambio (si es que el otro no lo quiere hacer como forma de ganar recursos), que le ceben un mate (sí es que uno no fue contratado para eso) o que se entreguen a algo, de lo que uno no está convencido. Uno también puede ser autónomo, pero agachar la cabeza ante el primordial inversor, tampoco es señal de haber adquirido libertad.

En definitiva, es una cuestión de elección, allí radica la verdadera libertad. Muchos optan por lustrar zapatos, y son designados ministros, subsecretarios o legisladores. Las vacilaciones que detentan, ante cada paso que deben dar, los develan, pero bueno sí son felices así, bienvenido sea.
Los que buscamos otra cosa, más allá de no saber sí llegamos a fin de mes y descubrir a grandes personas, como es mí caso, que entienden la situación, al menos podemos escribir con total sinceridad, lo que nos ocurre, sin tener que consagrarnos a lo que nos dicten.
Carece de absoluto sentido que hablemos de los muchos que no comen ni trabajan. Ni siquiera pueden leer el número de la boleta que tienen que meter en la urna, menos podrán comprender un texto, estos extranjeros dentro de la propia tierra, destinados a servir y satisfacer los deseos, de quienes tenemos la oportunidad de saber que existe la civilización.
Habrá que dirigirse a quienes se suicidan o se exilian, ya que si bien ambos se evaden, lo hacen en la medida de ser concientes que habitan en la barbarie. Tamaña empresa la de convencer a los que piensan en quitarse la vida, más allá de sugerirle un psiquiatra, nada garantiza que la promesa cristiana del edén celestial o la cruda realidad de la nada que hay más allá de la muerte, prevalezca una sobre otra. Una apuesta límite, como las muchas que se hacen en los tantos casinos de nuestra tierra, rojo o negro, lo que quedo del sueldo. Claro que de las deudas se sale, o al menos uno se puede esconder de sus acreedores, el suicida sin embargo, se juega su última carta. Escapa de su infierno individual que también es un infierno social (Durkheim, está bien es verano, y leer no paga, un tipo francés, que no tenía nada mejor que hacer, en realidad en Francia desde hace mucho, leer paga y muy bien, llevo a cabo un estudio sociológico sobre el suicido, y concluyo que tal acto es social y no individual). Esta gente que se mata, más allá de las habas que se cuezan en sus hogares, debe cansarse también del infierno correntino, llamas ígneas como conseguir trabajo por obra y gracia de la palanca, soportar el inmodificable curso de los acontecimientos de una sociedad conservadora, en definitiva, se debe hartar que no exista la posibilidad de realizase como persona, sin transar con el sinfín de indignidades por todos conocidas.
Un mundo que miente, descaradamente, que pide lo que no es, que no se cansa de exhibir esa faceta hipócrita, pérfidamente engañosa, ese dogma inspirado en las mejores argumentaciones para el engaño.
Y todo para que, para escuchar esa voz interna, que sabe que me esta mintiendo, que me provoca, con su supuesta dulzura, de que no hay que pensar en estas cosas, sólo en mañana, en lo mejor, en el bien, en todos esos conceptos, que esa misma voz ha fabricado, que no existen.
Un bálsamo para el ardor del alma, sería directamente, no sentirlo, no tenerlo, no padecerlo, esa misma sensación que otros describieron como náusea, que la filmaron con el color de una pastilla, un error en el sistema, una burla del prestidigitador, una continúa invitación a dejarlo todo, a pensar que nada será tan duro, tan cruel, tan desamorado.
Y no se trata ni de escupir mierda, ni vomitar negativismo, ni mirar medios vasos, vendría a ser como una enfermedad, uno no elige esto, sucede, no sé si antes de que uno nazca, en el algún momento, y mucho menos pueden existir culpables, retaceos, no probar con tratamientos, no haberse enamorado o no haber tenido los padres adecuados, quizá solo sean partes que no son la suma del todo.
Algo similar le ocurre al que se va de la tierra que lo vio nacer. Por lo general, huye con destino a una gran ciudad. No tanto por las luces de la metrópoli, ni siquiera en tren de alcanzar oportunidades laborales. El que se exilia, busca un lugar, donde el zapatero, el florero, el laburante, el día de mañana, por cierto talento y una dosis de suerte, pueda alcanzar la añorada realización. En Buenos Aires, abundan estos casos, y no necesariamente, porque sean más los habitantes. Ayer uno pudo haber estado vendiendo churros o chipa en una estación de tren del conurbano, y mañana, quién sabe, por ahí consigue un préstamo y se pone una pyme, o quizá pegue en una convocatoria de las tantas que realizan fundaciones y asociaciones, que no están para lavar los subsidios de los políticos.
Las soluciones o respuestas, sólo provienen de las sociedades que desean y anhelan cambios, pero para ello, primero hay que saber que existen otros modos, otras formas de vida, que los infiernos cotidianos, claro que se precisa, para sortear este segundo eslabón, el conocimiento o las ganas de ello, y como se dijo, esta es un simple muestra, que demostrará el poco interés que existe, en una sociedad determinada, de replantearse al menos, aspectos críticos que manifiestan, en conjunto sus ciudadanos.
“Pareciera que aquellos que optan por el frío de las cadenas, pretenden vivir en un estado ilusorio, en paisajes de fábulas, decoradas por siniestras metáforas. Ese laberinto plagado de mentiras, minado de falacias y forjado por el engaño, amenaza con ser el hábitat por naturaleza del hombre de los tiempos que corren. El Hombre libre no pretende alzarse con una verdad, no se cree en ellas, no es patrimonio o intención utilizar la crítica como finalidad, se anhela la concreción de efectivas respuestas a oportunos problemas. No es deseo de liberto de alma, el abanderarse en perspectivas políticas, económicas o religiosas, se apoyamo la frase definir es limitar. No se busca las banas luces de las cámaras, ni la gloria de la eternidad, la lucha de un ser libre no posee objetivos determinados o alcanzables. La Libertad ronda, como cuál aparición fantasmagórica por sobre una cruel realidad, para cuando el fantasma tome entidad, será demasiado tarde, tal como acostumbra a llegar quien tiene la posibilidad y la desecha, por miedo, temor o falta de arrojo.

No es nuevo pensar que el ser humano, es una fuente inagotable de sorpresas, que va en busca infructuosa de certezas, ante el sinnúmero de caminos misteriosos, que se le abren, producto de su misma condición.
Por ejemplo por más que no lo piensen así, en caso de observar a Jesús no como la imagen de una deidad, sino como un hombre, es bastante llamativo, dado que nunca salió de esa condición divina, sobrenatural, lo que le sucedió a Jesús no fue un suceso que le pudiera ocurrir a un hombre, sino solamente al hijo de dios, como tal  cumplió un mandato paterno, pero no se pudo realizar como hombre. Es decir no se le conoció mujer, no tuvo una familia. Resignó su posibilidad de hombría, por ser el hijo de, por cumplir un mandato paterno.
En esta lucha irrenunciable, quienes tuvimos la oportunidad de alimentarnos estomacal y mentalmente, ya no nos planteamos ni métodos ni formas ni caminos, atacamos incansable e irrefrenablemente con la dignidad zaherida, y con la convicción de los que ya nada tienen por perder, a este monstruo, autoritario devorador y demencial que se presenta como una estructura social invencible e inmodificable en el tiempo.

Podrán seguir pasando años sin que nada cambie, sin embargo la tinta derramada, la saliva desperdigada y las gotas de sudor que nuestra tierra asimila, como el humus avarienta, vienen sembrando especies vegetales que por mas que no sean observadas por la antediluviana ingeniería comunicacional, se constituirán en frondosos bosques, en amazónicas selvas, que nutrirán los pulmones de nuestros nietos proveyéndoles del verdadero aire libertario
 “Debes ser y parecer”, es una antiquísima definición que reina en los anales de las enciclopedias, atribuida a los esquemas de pensamiento de diferentes prohombres de la cultura, sucintamente, refiere a la importancia de sostener en actos y en metodologías (incluso en el formalismo del vestir) toda una posición ante la vida, vendría ser el paso previo de “mostrarse unidos y organizados”, sutilmente coordinados. 

Existe con claridad meridiana una serie de “tips” o un catálogo de acciones que no se deben llevar a cabo públicamente, para cosechar réditos políticos entre la “opinión pública” (que es ni más ni menos que la clase media-alta, es decir la que no mediatiza el voto por una necesidad puntual, la que escucha cada tanto algún programa de radio, o uno de tele, o lee una nota de algún portal) o la masa de personas que no tienen una vinculación con estructuras partidarias, las que pueden votar a un cura de izquierda o a la mujer de tato, los que se fijan más en como salió en la foto el candidato, en que se puso, donde mira, de que auto se baja, como hizo su peculio, su trayectoria.

En ese compendio, o principios básicos de lo que podría definirse cómo lo que aleja al votante de los sectores independientes, es tener un discurso belicoso, confrontativo, pendenciero, digno de mal llevados o de patoteros de baja estofa. Sucede, que estos sectores califican a quiénes así se expresan, más si lo acompañan de una vestimenta roída, desalinea, o hasta incluso de una panza que denota u ostentación adquisitiva o dejadez para no llevar a cabo un tratamiento (la obesidad es una enfermedad) de personas resentidas con la vida, sin posibilidad de brindarse, ni por ello, brindar, algo positivo a la comunidad.

Es como un principio de autoyuda o de filosofía oriental, que con muy buen sentido común aplican estos sectores decisivos de la comunidad para el espacio de la política. Son decisivos no tanto en número (podrán representar entre un 20 o 25 % de un electorado)  sino porque además forman opinión entre ellos mismos y por lo general son los que en diferentes elecciones “le hacen ganar” a un tapado, a quién no estaba en los planes, no poseía estructura, o la diferencia entre porcentuales que hacen a una elección ganada o perdida. 

Ceder a la libertad y no decir lo que se siente o piensa, está muy bien visto y hasta se paga por ello, sin embargo y sobre todo en tiempos en donde se renueva el calendario y con ello  las promesas, ¿vale tal acto y ejercicio continuo de lo hipócrita por supuestas seguridades materiales que nos piden como piedra de cambio, lo único, fidedigno y real que nos pertenecer, como la posibilidad de ser libres?

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