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ANÁLISIS

3 de diciembre de 2016

¿Y sí probamos con una Monarquía Constitucional?

Posiblemente la sacralización, el haber totemizado lo democrático, haberlo trasladado a un ámbito puramente simbólico, etéreo e impracticable, tras las tragedias mediante de toda una generación que pensó, en su momento acertadamente, en forma agonal que era la dictadura, la opresión, el totalitarismo, contra la democracia, la libertad y las posibilidades de ser humanos, sea gran parte del grave y acuciante problema político, que estructuralmente nos socava en nuestra condición de hombres de bien. Ya es tiempo que nos convenzamos, que no sería descabellado pensar que todo el sistema mediante el cual hemos edificado nuestras promesas, expectativas, como aciertos y fracasos, no ha dejado de ser un castillo de arena, incapaz de sortear el desgaste natural, del ir y venir de un mar embravecido como de una ventisca, siempre amenazante, conculcante y socavante de aquello que vanamente prometió sin cumplir, siquiera parcialmente. La pobreza y la marginalidad que seguimos arrastrando, desde tiempos en donde la democracia prometía alimentar, curar y educar, no es más que una gangrena que amenaza con un día hacernos levantar en la peor de las anarquías, cuando el hombre desnudo en sus más bajos instintos, instale, ipso-facto, la ley del más fuerte, la última ratio, que es la violencia, como devolución o vomito ante tanta crueldad, indiferencia y promesa perversamente sostenida.

¿Por qué hablar de monarquía, si nuestros inicios como estado-nación la han desechado?. Posiblemente por ello, por reconocer de una vez por todas que hemos fracasado en trazarnos esos objetivos libertarios. ¿Acaso no tenemos dinastías políticas, que travestidas en la carcasa democrática, nos gobiernan, fabulesca y burlonamente, mediante marqueses y duques que nos imponen, su sesgo dinástico, por intermedio del nepotismo, la arrogancia, de sus creencias en  la sangre azul, que nos obligan a ratificarla cada 4 años?.

Por supuesto que se necesitarían, argumentos como los siguientes:

En su obra “Democracia, el dios que fallo” Hans Hermann Hoppe expresa con claridad académica y meridiana: Si el “estado” es el monopolista de la “jurisdicción” lo que hará es, más bien, “causar y provocar conflictos” precisamente para imponer su monopolio. La historia de los estados “no es otra cosa que la historia de los millones de víctimas inocentes del Estado, ciento setenta millones en el siglo XX”. El paso de la monarquía a la democracia implica que el «propietario» de un monopolio hereditario -príncipe o rey- es derrocado y cambiado, no por una democracia directa, sino por otro monopolio: el de los «custodios» o representantes democráticos temporales. El rey, por lo menos, tendrá baja preferencia temporal y no explotará exageradamente a sus “súbditos” ni su patrimonio, ya que tiene que conservar su “reino”. Los políticos habituales del modelo del Estado democrático actual compiten, no para producir un bien, sino para producir “males” como el aumento de: 1) los impuestos, 2) del dinero fiduciario, 3) del papel moneda inflacionario, 4) de la deuda pública, 5) de la inseguridad jurídica por el exceso de legislación, y 6) las guerras, que se han convertido en ideológicas y totales desde la intromisión de los EEUU en la Guerra Mundial I hasta la Guerra de Irak II. “Del mismo modo, la democracia determina la disminución del ahorro, y la confiscación de los ingresos personales y su redistribución”.  O como tantos, otros, pero no estamos en el ámbito académico.

Quizá, tal como lo creen, afinados lectores de Rousseau, o  seguidores de Vicente Blasco Ibáñez (quien fundó en Riachuelo “Nueva Valencia) la soberanía no se delega y por tanto se deba hacer tronar el escarmiento mediante una movilización popular (como las de la agrupación FOB, quiénes se asumen anti-sistema) para reclamar en este caso, el derecho a la autodeterminación, para que en una consulta popular, este extremo de la Argentina, vuelva a ser parte de la corona española y además de ser por consiguiente, parte de la comunidad económica europea (con todo lo que significaría) blanqueemos, nuestro sistema político, así nuestra clase gobernante, empoderada, no necesite traficar con la mentira, ni con la impostura, ni robar con inflar presupuestos de canapés o escriturar mansiones días que no existen en el calendario gregoriano.   

Se debería crear un padrón único de “jefes políticos” a quiénes se le podrán otorgar estas facultades especiales y por más que entre en coalición con los derechos más elementales, habrá que buscar la manera de poner en blanco sobre negro esta realidad, dado que sí no lo hacemos, corremos el riesgo de caer en el error de aquellos dictadores africanos que contrataban a notables de la Sorbona, para que redactasen las cartas magnas de sus países, a modelo de la francesa, mientras en las calles continuaba la antropofagia (recordar la matanza entre tribus Hutus y Tutsi en Ruanda hace menos de quince años).

En relación a los empleos públicos se concederán a todas las personas bajo el sistema del mérito...”. Se debería blanquear la situación y establecer que en los empleos públicos, la prioridad la poseen los familiares, hasta cuarto grado, de los diversos funcionarios.

Implementación de un Sanedrín o Concejo Vitalicio. Tal como existe en la vecina república de Chile, donde los ex presidentes y hombres notables (ex miembros de la corte suprema, por lo general) se adjudican un escaño vitalicio en el senado. En nuestra provincia nos evitaríamos muchos problemas políticos, sí se crea una institución similar, que no tenga las mismas atribuciones que la legislatura, y que funcione a título honorífico, compuesto por ex gobernadores de la provincia que vuelquen sus experiencias, conocimientos y capacidades en tal ámbito, en vez de que entorpezcan las gestiones que ya no poseen en mano.

Igual eviten este tipo de cuestiones, eviten pensar, asomar el pescuezo por encima de la autoridad familiar, religiosa, o escolar, eviten ser por más que les fluya y les salga, eviten que esa escoria maléfica contamine nuestras calles.

Eviten el suicidio, Camus tenía razón con aquello de “lo elemental de la filosofía es resolver sí la vida tiene sentido vivirla o no”, en este caso soy más escolástico, la mejor salida es abrirse al amor, no es muy simpático existir amargado como un Kierkeegard, un Nietszche o un Ciorán, tampoco enloquecerse como un Hölderlin o un Rimbaud.

 

Carece de absoluto sentido que hablemos de los muchos que no comen ni trabajan. Ni siquiera pueden leer el número de la boleta que tienen que meter en la urna, menos podrán comprender un texto, estos extranjeros dentro de la propia tierra, destinados a servir y satisfacer los deseos, de quienes tenemos la oportunidad de saber que existe la civilización.

Habrá que dirigirse a quienes se suicidan o se exilian, ya que si bien ambos se evaden, lo hacen en la medida de ser conscientes que habitan en la barbarie. Tamaña empresa la de convencer a los que piensan en quitarse la vida, más allá de sugerirle un psiquiatra, nada garantiza que la promesa cristiana del edén celestial o la cruda realidad de la nada que hay más allá de la muerte, prevalezca una sobre otra. Una apuesta límite, como las muchas que se hacen en los tantos casinos de nuestra tierra, rojo o negro, lo que quedo del sueldo. Claro que de las deudas se sale, o al menos uno se puede esconder de sus acreedores, el suicida sin embargo, se juega su última carta. Escapa de su infierno individual que también es un infierno social (Durkheim, está bien es verano, y leer no paga, un tipo francés, que no tenía nada mejor que hacer, en realidad en Francia desde hace mucho, leer paga y muy bien, llevo a cabo un estudio sociológico sobre el suicido, y concluyo que tal acto es social y no individual). Esta gente que se mata, más allá de las habas que se cuezan en sus hogares, debe cansarse también del infierno correntino, llamas ígneas como conseguir trabajo por obra y gracia de la palanca, soportar el inmodificable curso de los acontecimientos de una sociedad conservadora, en definitiva, se debe hartar que no exista la posibilidad de realizase como persona, sin transar con el sinfín de indignidades por todos conocidas.

Un mundo que miente, descaradamente, que pide lo que no es, que no se cansa de exhibir esa faceta hipócrita, pérfidamente engañosa, ese dogma inspirado en las mejores argumentaciones para el engaño.

 

Se trata de elegir un par de objetivos, independientemente de que sean altruistas, ideológicos o materialistas, ir por ellos con diferentes envases, con trajes disímiles, aplicar y agudizar la astucia, y en el trayecto, tratar de no angustiarse mucho y buscar la risa.

 

De eso se trata todo, diríamos que sí o al menos casi todo, para casi toda la gran mayoría, el resto o pierden las cosas buscando las razones o evadirse de esta realidad maldita.

Y la realidad es que, mal que le pese a Blasco Ibáñez, confesó republicano y anti-monárquico Español, anti-clerical y anti-jesuita, es usado hoy en nuestras tierras, de la cual pretendió crear una nueva Valencia, para legitimar aquello por lo que combatió. Sería al menos consecuente, con sus ideas que nosotros develemos lo que somos y reconozcamos nuestros límites. Imitando a Fidel, en lo mejor que dio de su revolución, que se nos prive de la supuesta posibilidad de elegir, o en verdad de legitimar a nuestros marqueses, posiblemente nos haga valorar nuestra libertad política conculcada, anestesiada, robada. Quizá se nos ocurra aquello de hacer uso de nuestra soberanía, y con ello, casi sin querer, repartamos y demos de nuevo las cartas, de lo contrario, este juego, con estas reglas, ya sabemos cómo termina y terminara; vos y yo, perdiendo siempre. 

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