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ANÁLISIS

21 de abril de 2016

La cacería inaugura el final.

Cuando los partidos políticos se extingan el futuro será brillante como un sol fenomenal. Por Carlos Coria Garcia.

Así como la traslación de la tierra alrededor del sol, materia de estudio de la astronomía, no hay vuelta atrás, por más fuerza y voluntad que se tenga. Argentina ingreso sin retorno posible en una espiral descendiente hacia el caos sociopolítico. Se podría decir que el alter ego de la política es el poder y el alter ego de la democracia es la disputa libre y dialógica sobre el poder “que”.

La inmensa ola del libertinaje judicial a la caza de corruptos es un tsunami que está llevando puesto al sistema mismo, que sostiene, aglutina y cobija al país lo más cohesionado posible. El camino hacia la definitiva disolución de los partidos políticos es patente, la buena fe que funciona como dispositivo disparador del engranaje social y político se esfumo a causa de la megalomanía que nos “manda” hace años sin discriminar niveles. El político corrupto no es un ente aislado de la rueda que hace andar, conforma sustancialmente el sistema que se ve infectado profusamente. La cuestión ya no engloba solamente a los ex funcionarios sino que, y dando un paso más al abismo, encierra también, a los recién llegados. La sociedad, la opinión pública, se encuentra en un callejón sin salida por lo que ya no quería con lo que eligió en “cambio”, pero la resultante es la misma o peor. La cacería judicial dejara diezmada las instituciones políticas, -donde sus integrantes no son otra cosa que “políticos” surgidos de la “institución”-, en un estado acéfalo y anárquico, una mega orfandad institucional.

El sistema clásico de partidos avizora su final irremediable, no responde, no reacciona a las demandas básicas de los ciudadanos, ciñe a toda la estructura, la manda directo al desgraciado final y con ello también, a la ficticia democracia, que al menos aportaba una dulce poesía libertaria con efecto  placebo.

La incertidumbre es peligrosa, genera sensación de riesgo, vivimos en una época en que lo bueno solo puede permanecer dentro de la certidumbre, todo funciona con encuestas, estadísticas, es un presente numeral y no real. Pero el mundo de lo incierto no puede ser tan malo cuando se pretende una búsqueda de resultados diferentes, salir de la zona de confort. La democracia es incierta e inacabada por naturaleza, cercarla en un sistema de partidos nos deposita en su muerte, es suicida delinear dogmáticamente qué es, qué puede ser y qué no es, en manos de un sistema de partidos, que no es representativo hacia fuera, -su propia delimitación ideológica no lo permite-, solo lo es hacia adentro, de su propio núcleo, el “partido” es el espermatozoide que fecunda el ovulo de la megalomanía patológica.

La ingobernabilidad puede ser acabadamente posible, cuando el sistema político en su capacidad autoritaria de asignar valores, medios y fines a la sociedad no responde, es un circulo permanente que refleja lo que la sociedad combate o no tolera mas (corrupción) se disuelve en la conciencia colectiva abriendo paso al caos. La sociedad funciona en una esfera que amalgama hombres y mujeres en cosas comunes, cuando estas cosas (comunes) se ven afectadas o en peligro, por un sistema que debería de proteger e impulsar, se disuelve el punto en común, iniciando un camino bélico imposible de ser detenido. Este proceso es lo que llamo la fisura fundamental que propicia la búsqueda en el horizonte de lo incierto una democracia consensual.

El sistema político intenta por todos los medios abarcar absolutamente todo, incluso, intenta deglutir a la democracia a su seno, pero resulta que provoca

un cólico gastrointestinal, que termina por disolver el sistema y a los partidos políticos que son la contracara alérgica de la democracia. Es en base a la democracia que se debe estructurar el sistema y los partidos, y no en base al sistema político y de partidos estructurar la democracia. La buena noticia es que la política en sí misma, no es la política que dicen que es los políticos.

 

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