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ANÁLISIS

30 de diciembre de 2015

Que la ciudadanía exprese la necesidad o el interés de contar con una reforma constitucional.

Tal podría ser el deseo, primordial de los hombres más poderosos de la clase política para el año entrante. Introducir un tema en abstracto, que jamás podría estar en el día a día de los ciudadanos comunes, o más alejados de la cosa pública (que en verdad esta alambrada, transformada en gueto o en coto de caza por la clase política, que de tal manera acrecienta su poder y privilegios por sobre el resto de la ciudadanía) no será un trabajo que sólo pueda deslindarse a los operadores mediáticos y a los alfiles comunicacionales del gobierno. Entender y comprender esto mismo, les exigirá que puedan ir un poco más allá de sus planteles, aburguesados, tras décadas de estar cobijados bajo el manto protector de los conchabos del poder, y buscar la amplitud, imprescindible, para que la necesidad de la reforma, no sólo sea cuestión de un grupúsculo de privilegiados que va por amalgamar esas prerrogativas que lo hacen tales, sino que pueda generar, un interés (hasta incluso engañoso) para un campo más amplio y que además, como si fuese poco, coincida con el estilo y la estética de un gobierno nacional en estreno, que se presenta bajo el sugestivo (para los que se definan o sean conservadores) significante de “Cambiemos”.

Sí alguno cree que alcanza con el pasquín gratuito, con la consultora que carece de rigor científico y con las espadas mediáticas que tienen más batallas electorales y desgaste que minutos en el aire en medios de comunicación, como para de buenas a primeras y una vez que desciendan las aguas y el Chamamé resuene en las lunas de enero, introducir la necesidad de la reforma constitucional (con los consabidos actos de pillaje legislativo, de engatusar a ciertos representantes líberos o que no están ni en el oficialismo ni en la oposición) puede que cometa un craso error. En el escenario más complejo que tiene por delante el gobernador (paradojalmente con un supuesto gobierno nacional en sintonía y con la oposición balcanizada in extremis) y pese a continuar, tras décadas en el poder, caracterizado como el primer elector, no tiene mayor margen que resolver en 2016 como será o al menos lo desea o proyecta, su sucesión en 2017. Son muy pocos los que no hablan de que la presentación para declarar la necesidad de la reforma constitucional es un hecho consumado, incluso, los más, ya le ponen fechas concretas. Las dudas asoman, cuando para algunos la misma contiene la cláusula reeleccionista o postergacionista (esa suerte de lucubración extraña y fuera de todo quicio normativo que hicieron circular de que se podría postergar un mandato popular por una ley o convención) y para otros la fórmula, que sería las Primarias Provinciales, electoral, encubierta de reforma política, metodología por la que se estaría definiendo el gobernador, como para ordenar, tanto en el radicalismo como en el pan-radicalismo o en su Encuentro por Corrientes, la problemática sucesión. No debería tener problemas presupuestarios, ni tampoco a estas alturas, prerrogativas ideológicas o de posiciones gregarias, como para que la apertura de la cuestión de la reforma, impliquen la convocatoria a hombres y mujeres que pueden dotar de un mayor sentido, a lo que solamente, es la necesidad de unos pocos. El generar esta perspectiva, desde el auspicio de consultas de opinión de foros de participación ciudadana para plantear temáticas a reformar, la convocatoria de actores nuevos o renovados, bien valdría todo un espectro o una política que vaya por ello y que seguramente tendrá mejores resultados que apostar por la metodología vieja, que huele y suena a los viejos y occisos aparatos de un régimen que sólo quiere sostenerse a toda costa. Evitar esto mismo, es decir que la finalidad de la reforma sea entendida solamente como la conveniencia para unos pocos, es lo que puede lograr, el cambio de lo táctico o lo metodológico, pero que precisa, de una decisión política, propiamente del gobernador, para ejecutarse y llevarse a cabo, un plan, que a todas las luces, tendría como principal finalidad el beneficiarlo políticamente. “Impresionado al ver a aquel pobre hombre abrumado, por decirlo así, de prosperidades y de gloria, declamar amargamente contra las miserias de aquella vida y encontrar siempre que todo estaba mal, formé el insensato proyecto de hacerle entrar en sí mismo y de probarle que todo estaba bien…lo absurdo de esa doctrina, que salta a los ojos, es sobre todo inexplicable en un hombre colmado de bienes de toda especie, quien, desde el seno de su felicidad, trata de desesperar a sus semejantes con la imagen horrible y cruel de todas las calamidades de que él está exento. Autorizado más que él para contar y pesar los males de la vida humana, hice examen equitativo y le probé que de todos aquellos males no había uno sólo que la providencia no estuviese disculpada y no tuviese su origen en el abuso que el hombre ha hecho de sus facultades”( Rousseau, 4, 284).

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