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26 de diciembre de 2015

A la espera de que no llueva más…

Siempre duele el sentirse frágil y desamparado, de hecho la razón de un estado, es garantizarles, al menos ilusoriamente, a los ciudadanos que la componen, que tendrán un “paraguas protector” ante los peligros o las acechanzas de la naturaleza o de los otros que puedan tener un espíritu dañino (esta sería la razón de la existencia de las fuerzas del orden), claro que es muy difícil determinar, cuál es el grado de responsabilidades, vale decir, sí los cambios climáticos (a los que dedicó su última encíclica el Papa) a nivel internacional y a los que la ciencia, supuestamente tan en avanzada, no puede prever o prevenir en su poder de daño, son la única variante de análisis, o sí les compete a los gobernantes, de hecho uno de los ex mandatarios, en su house organ, así lo hizo público en relación a las defensas de la Ciudad de Goya (que de acuerdo a él, fueron desmembradas por los gobernantes actuales) y en tal caso, que orden de responsabilidades les cabría a estos, a nivel nacional, provincial o municipal. Aportamos desde nuestro lugar en el que comunicamos, que siempre es más sencillo, sobre todo en tiempos de urgencia, el no dar importancia a lo fundante, a la ingeniería que una vez realizada, podría otorgar una estructura que posibilite defensas, en todo sentido, a sus ciudadanos. Creemos que culturalmente, los ciudadanos de Corrientes, hemos sido entronizados, entre tantas conceptos con el de la “Espera” que se confunde con esperanza, y de allí, que siempre, deleguemos nuestras responsabilidades (sea hasta incluso de protestas o de reclamo a nuestros políticos) para que todo pase mágicamente o que directamente no ocurra, como lo que estamos pidiendo para paliar una situación que ninguno del millón de correntinos merece, que tengamos que estar encomendados a dios, para que no siga lloviendo…

Una de las armas más eficaces y contundentes que utiliza el régimen, para aniquilar las expectativas y los deseos republicanos, y de tal forma, seguir reinando en los amplios campos del vasallaje, consiste en postergar, aletargar y adormecer a la plebe y sus ambiciones.

 

Los sectores menos pudientes y más empobrecidos, incorporaron a tal punto este mensaje, que ellos mismos, cuando son visitados por diferentes políticos en busca de votos (obviamente en turnos electorales) lo que reclaman, en muchos casos, imploran, es un futuro para su descendencia, para sus hijos. Han asimilado, cruelmente, que ellos mismos ya no tienen posibilidad alguna de salir de la condición de pobreza extrema, donde nacieron y morirán (en tiempos de redes sociales es asombroso ver, como eximios políticos suben las fotos en casas-rancho, dando en el nombre y apellido del titular de la misma, destacando que hace décadas pertenece al partido, de hecho en las fotos el rancho está adornado con las fotos del candidato, y ni siquiera se preguntan con culpa, cual es el sentido que ese pobre don nadie siga perteneciendo por largos años a un mismo partido que no le permite salir de la pobreza, pero si le permite al político seguir en cargos representativos).

                                                       

Los sectores medios que participan en política, aquellos que engordan los números de la plantilla del empleo público y que se constituyen en los multitudinarios ejércitos de los partidos políticos, aprendieron, tras años y años de espera, que la única manera de progresar, ascender social y políticamente, consiste en rendir pleitesía eterna a sus respectivos jefes, aguardando la llamada divina, que lápiz mediante, premie tanta adulación, lisonja y claudicación, para seguir obedeciendo, desde algún cargo, obcecadamente a sus hacedores.

 

Los sectores medios que no participan directamente en política, profesionales, comerciantes, productores, medios periodísticos, saben que el mejor negocio se encuentra en arreglar con el régimen, aguardando las mejores condiciones (la candidatura de algún conocido o amigo), para finalmente, llegar a la espera final, de una dádiva o prebenda, para engordar, astronómicamente, las ganancias .    

 

La sociedad en general, confunde la espera perniciosa, que culturalmente alimenta él régimen, con la esperanza. El hombre que aguarda de la virgen o del gauchito el ansiado trabajo, en vez de ir a buscarlo. La mujer que aguarda mediante el gualicho que su marido deje de serle infiel, en vez de plantear directamente el tema. El joven que aguarda la muerte de sus padres, cómo para tener una casa propia, en vez de trabajar vigorosamente para lograr su fin. El adulto mayor, que aguarda, resignadamente que se apiaden de él, en vez de agotar las fuerzas y las energías, como para hacer oír sus reclamos.

 

El chamamé, Pedro Canoero, grafica con perfección taxativa, lo letal y poderosa que resulta el arma de la espera, inoculada en los ciudadanos comunes, recordemos la letra: “Pedro Canoero, todo tu tiempo se ha ido...Sobre la canoa se te fue la vida...Pedro Canoero la esperanza se te iba sobre el agua amanecida. Tu esperanza Pedro al fin no tuvo orillas.”

 

La grandilocuente fuerza del arma de la postergación o de la espera, se encuentra en que se la intenta confundir, ávidamente, con la esperanza.

 

Tener esperanzas no significa esperar nada de nadie, ni siquiera de una divinidad. Porque el creer en algo o en alguien, es un acto de fe o un acto de voluntad, movilizada por una convicción. Pero para creer en ese otro, por más que sea divino, primero hay que creer en uno mismo.

 

La única forma de contrarrestar el poder, que inocula el régimen, mediante la postergación y la espera, es tener esperanzas en nosotros mismos, en lo que hacemos y en lo que dejamos de hacer.

 

Si seguimos en la espera esperanzada, nos sucederá lo de Pedro en la canoa. Esperaremos que nos digan que temas hablar, esperaremos que formen las listas electorales, los menos pudientes esperarán un futuro para sus hijos, los claudicantes esperarán ser designados, otros esperarán hacer su agosto, y todos seguiríamos esperando.     

Ahora, sí depositamos nuestras esperanzas en nuestras fuerzas y convicciones, podríamos llegar a la orilla, esa a la que nunca pudo llegar el canoero. De tal manera no se nos irá la vida, y el régimen esperará que al menos se lo recuerde.

 

 

 

 

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