ANÁLISIS  8 de diciembre de 2015

El costo cultural del Cambio.

Sí tan sólo fuese el lugar escenográfico. A minutos de un 10 de diciembre inaudito, por horas no tendremos una autoridad formalmente constituida, y las calles podrán entrar en tal confusión, propiciada y propalada por su clase dirigente. Es natural en el ser humano, retraerse ante las modificaciones, rechazar a priori que una circunstancia puede ser distinta y aferrarse a lo dado, por más que esto mismo no sea demasiado conveniente o propicio.

Los cambios no son producto de forzosas ideas alocadas de trasnochados, son procesos continuos e inevitables, ciclos impostergables que llegan irrevocablemente, como la muerte apaña, apaciblemente, la carroña de un cuerpo agotado que dice basta, ciertas cosas llegan a su fin, para dar comienzo a otros modos, otras formas, tan necesarios como el agua que se renueva en su eterno devenir, de forma tan constante que hasta parece que siempre es la misma.

Este falso espejismo, esta ilusión que fabrica nuestra mente, nace también desde un temor lógico y comprensible, que es ni más ni menos que el desafío de adaptarnos ante una situación no conocida o diferente, ante un temblor en nuestras estructuras que sacude el piso donde estábamos establecidos y que nos impone un nuevo escenario, algo diferente que podrá ser similar pero nunca igual a lo que se nos venía dando como lo habitual.

Que en la democracia con mayor tradición del mundo, un candidato, devenido en Presidente, se convierta en tal, por claves como su impronta novedosa en material de campaña (internet y videos en la web), y los votos de los jóvenes votantes, señalan a las claras, lo que a nivel Nación se viene dando con el protagonismo de cuadros dirigenciales nuevos, convertidos en Gobernadores, Intendentes, Ministros y altos funcionarios de estado.

 

El cambio cuesta, para definirlo en pocas palabras, existe hasta una resistencia forzosa para aceptarlo, un tiempo para procesarlo, madurarlo, se da el fenómeno de la rebelión individual, los típicos pasos que indica la psicología, negación, ofuscación, cuando no, ira.

Pero claro, la psiquis, su estructura y hasta los temores, eclosionan cuando la realidad, el presente, o lo conocido, no hacen más que mortificarnos la vida, en el día a día.

 

Quienes tengan la posibilidad de leer, analizar y pensar, muy pocos en la provincia, tal como sucede en las tierras sometidas por patrones culturales feudales, no podrán no coincidir, por más que hagan negocios con el estado provincial (¿pregunta qué negocio es para un tipo rico, cobrar una jugosa coima, si los barrios son desatendidos, al punto que se convierten en escuelas de la delincuencia, prestas a sacar soldados dispuestos a violar y matar a los hijos de los ricos?) que, mejor será bueno por conocer ante el desastre que a diario padecemos, desde hace tanto tiempo.

Una vez aclarado el fin, los medios no sólo se justifican, dejan de tener real importancia, real importancia ya que pierden o menguan su valor al verse subyugados por ideas conducentes, imperecederas, que en definitiva fundan, sostienen, crean y forjan grandes elucubraciones. Son éstas las que en forma secundaria o aleatoria diseñan sus perspectivas referentes al medio de alcanzar el álgido punto, al cual todos por necesidad abocan sus determinados rumbos sin que muchos, paradójicamente, logren develar, dilucidar o por lo menos ser capaces de teorizar con relación a un tema tan lacerante como engalanado.

Eh aquí, el lugar reservado para el factor social. Al que alguna vez osaron llamar Estado público, Sistemas financieros, y demás indecencias lingüísticas, estrictamente relacionas con superfluas exterioridades que con verdadera violencia quebrantaron las definiciones, por sólo nombrar un aspecto fundamental de la devastadora debacle, al punto tal en que hoy no existen medidas como para comparar nuestro arriesgado emprendimiento, arriesgado sólo por el hecho de la perfección estructural y de la aceptación global, y  el advenimiento de lo que antes se denominaba utopía.

Ocurre lo siguiente, un determinado grupo de existentes, aglomera una determinada cantidad de particularidades que los hacen o que los obligan a comportarse, a futuro, de una forma bastante especial, si bien es cierto que nuestro deber, como usted con mucha razón señala, es el de prever este tipo de contingencias, presento con fervoroso orgullo de representante legítimo, mis debidas excusas, eso sí no sin antes refrescarle lo iniciático de nuestra misión, lo que hace explícito nuestro bregar y, nuestro accionar, por una constante revisión y supervisión con respecto a las ínfimas anomalías que se puedan llegar a presentar, que, me permitirá usted, de acuerdo a lo que hube de comunicarle anteriormente con respecto a las conclusiones, tiene relación, puesto que, concluiría aseverando que el nimio ocultamiento, al cual nos vimos, por un espacio reducido de tiempo sometidos, se encuentra totalmente salvado.

El concepto de interés ocupa el espacio de los vetustos y anacrónicos conceptos de familia y amistad. No dentro de una visión materialista, si en frecuencia con un entendimiento espiritual. Concordancia plena, convergencia real no realizada, unión imperecedera, ya que ésta no considera el ilusorio concepto de trascendencia. Las rebuscadas estipulaciones acerca de las ficticias sociedades, que sobre la base de la falsa unión de la sangre siquiera por ósmosis puede llegar a generar algún tipo de contacto certero o espiritual, sólo pavorosas uniones de tipo jerárquico o formal, que detentan contra el valor fundamental de las expresiones de corazón (en sentido real y figurado) de cada individuo.

Es de imaginar que la asimilación del cambio, así sea que ganemos o perdamos con el mismo, cueste desde la encumbrada dirigencia, hacia el más común de sus ciudadanos. No se trata de una cuestión simbólica, aunque puede verse a través de estas disputas que concitaron la atención en las últimas horas por el lugar en donde se realizará el traspaso de un mando presidencial. 

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