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ANÁLISIS

27 de octubre de 2015

¿Se viene la reforma de la Constitución provincial?

Supongamos que de acuerdo a los resultados de una determinada elección o determinadas elecciones, se pretenda luego, una reforma constitucional para garantizar la continuidad de aquello que ha sido legitimado por los votos, por más que una disposición normativa le impida esa continuidad, no faltarán quiénes bregarán por forzar la letra de lo normativo, en función del aluvión de votos o del respaldo popular. Será tarde, muy tarde sí lo plantean después de la elección, lo deberían hacer antes, y jamás reconociendo el verdadero motivo, continuista, tendrían que aplicar aquello de meter un elefante blanco en un bazar, abogar por la insustancialidad de lo democrático, alegando que los políticos (por más que sean ellos mismos) se han transformado en una casta esclerotizada que no permite el ingreso de nuevos ciudadanos al conjunto de decisiones y que la reforma de lo electoral tendría que ser desde la reforma constitucional. Por ejemplo que se permitan hasta tres reelecciones, pero sin saltos, es decir, no poder pasar de concejal a diputado o lo que fuere en el ámbito provincial, otorgándoles al jefe la posibilidad y dándole a la comunidad mayor calidad democrática.

Al menos no estaría de más cambiar la letra de lo que dispone lo que no se cumple, no sólo para que se eternice, sino para que los conceptos cambien y sean más precisos, alcanzarían la gloria términos como “gestión, articulación y no agresión” y por supuesto que el manejo gubernamental tendría que ser más concentrado, dado que no tendrá los números necesarios por más que las elecciones sean el mejor de sus sueños. También y de paso, podría dejar consagrados los nuevos horizontes que se avecinan como los grandes desafíos de la humanidad, vale decir, la cuestión ecológica (reciclado de residuos y terminalidad de los mismos), y el trazo de la provincia en cuanto a su perfil productivista o de servicios, con todo lo que implicaría. Pero nada de esto estará en cuestión, o sólo lo hará desde el maquillaje, es decir, aquellas frases hechas, giros costumbristas, jingles, sloganes, afiches, pintadas y no mucho más, pero la tentación es grande, y estamos los que vamos por algo que sea al menos, algo, ese volver a las fuentes para cambiarlas, o en verdad consolidarlas en su sentido democrático.

Grecia como cuna de la democracia, por intermedio de uno de sus hombres más lúcidos, Platón, dispuso en otros estados griegos lo que consideraba el estado ideal dirigido por Gobernantes o filósofos, aquellos que eran inteligentes, racionales, apropiados para tomar decisiones para la comunidad estos formaban la “razón” del alma, y más allá de esta experiencia, debemos dejar en claro que no abonamos en ningún sentido una pretensión tan determinista, pero no por ello, dejar de mencionarla como una búsqueda sostenida en razones y argumentos por una celebridad del pensamiento como lo fue Platón en el campo de la filosofía y de la humanidad en general.

Podemos dar el salto a Hegel, en “La Enciclopedia de las Ciencias Filosóficas” cuando afirma “La esencia del estado es lo universal en y para sí, lo racional de la voluntad, pero que en tanto está sabiéndose y actuándose es subjetividad simplemente y en tanto realidad efectiva es un único individuo. Con referencia al extremo de la singularidad como multitud de individuos, su obra consiste en general en algo doble: por una parte, en sostener a estos individuos como personas y por tanto en hacer del derecho una realidad efectivamente necesaria, promover luego el bienestar de aquellos individuos (bienestar que cada uno procura para sí en primer término, pero que tiene simplemente un lado universal) proteger a la familia y dirigir a la sociedad civil…Con respecto a la libertad política, o sea la libertad en sentido de la participación formal en los asuntos del estado por parte de la voluntad y actividad de los individuos que, por lo demás, tienen como tarea principal los fines particulares y los negocios de la sociedad civil, se debe advertir que por una parte, se ha hecho corriente llamar constitución solamente a aquel aspecto del estado que se refiere a una tal participación de esos individuos en los asuntos generales, y se ha hecho también corriente considerar como estado sin constitución a aquel que no da lugar formalmente a esa participación”.

Un estado sin constitución, en ese sentido Hegeliano que excluye la participación, o una que sólo sea de cumplimiento formal, “alangaú” o tendiente a ser violada constamente, al menos amerita ser analizada para ver en que partes puede ser cambiada, no solamente para beneficio del próximo gobernante, sino de todos.

A más complejidad de ciertos conflictos, las respuestas esclarecedoras, podrán llegar desde los lugares más sencillos, ante el fragor electoralista, se debe ahondar en los aspectos más fundantes de nuestra sistema político y su razón de ser, el que, porque y para que, del estado y lo democrático, el sentido de los cosas, sólo pueden estar en las primeras o últimas causas y en caso de que no existan, deben ser inventadas, como las abstracciones de la igualdad y la libertad, general y política, aquella que surgió como la bonita idea, que supuestamente sostenemos como un gobierno de mayorías. Sí la democracia queda reducida a votación y obtener la mayoría de votos un domingo, por lo menos debemos volver a las fuentes para repasar ciertos conceptos o tener los fundamentos para modificar, por ejemplo una carta magna. 

 

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