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ANÁLISIS

15 de octubre de 2015

El que calla otorga.

El distrito de la palabra, es tal vez el que conlleve una mayor disputa desde las huestes políticas, sin que tal lid, se evidencie o sea una confrontación declarada. Muchos comunicadores, por diferentes medios, se transforman en el escenario natural en donde, las voces de los políticos con aspiraciones a cargos, reproducen, actoralmente, frases, conceptos, que ni siquiera han tamizado por sus cabezas o pensamiento. Para ponerlo en un ejemplo, ninguno de ellos, mucho menos en campaña, duda, hesita, reflexiona, piensa o puede volver tras sus pasos, como si fuese una tragedia Griega, el paradigma de lo dialógico, se reduce, al campo monocorde, sepulcral, de las palabras en afirmativa, del señoreo de las frases construidas por publicistas o por cerebros, que están siempre arteramente escondidos, agazapados, prestos para embaucar, a quiénes embauca el candidato de aquellos. Sí las elecciones, la democracia, la política y la institucionalidad, son análogos al concepto de la libertad, o al menos condición necesaria para que se desarrolle la misma, es al menos paradojal, que la duda, que la pregunta, y que la palabra misma, se vea reducida, escamoteada, dejándole paso, al imperio absurdo y soberbio del positivismo más furioso de la afirmación, del hacer sin pensar, y del ir para adelante por temor a analizar y estudiar que está pasando, para una vez concluido ello tomar una decisión, atemperada y macerada por el tiempo y las circunstancias.

Del “silencio es salud” de la dictadura al actual “no te conviene” se escudriñan dos preceptos con un trasfondo similar. Sí no ténes poder de fuego, económico, político o social, mejor no hables, no pienses, no te metas, seguí la manada y obedece.

Me había quedado muy claro, nada se lograría sin la aquiescencia de quién tuviera el poder, independientemente de cómo lo haya obtenido, o lo que es peor, de cómo lo conservara.

Nada, me volvió a agarrar ese ataque, esa picazón en las zonas pudendas, como una especie de ladilla metafísica que se sitúa en los órganos velados por la ropa, porque demonios no tranquilizarme acaso, no desear ser eso, no querer hacer nada más que respirar felicidad rodeado de los míos, comer, dormir, nada más o mejor dicho, que más, para que cambiar, la ideología y esas cosas enfermizas, aceptar el legado, el destino, el karma, la voluntad de dios, recostado en un lapacho, abotargado de vino o agua mineral, el principio budista de no desear, o el cristiano de aceptar, todo sea, por algo que no implique esas ganas de algo, de ese algo soberbio, petulante, estúpido, de cambiar, de poder, de transformar, con palabras, ideas, filosofía, política, porque la desgracia de no ser feliz tan solo con patear una pelota, mirar televisión, darle de comer a las palomas o simplemente caminar, porque ese vértigo, ese fuego fatuo que me impulsa a decir estas cosas, a la burda maniobra de pretender zaherir al poderoso, o los que el poderoso lego su poder en la tierra, que lástima, que mala fe, que desperdicio, cuál será el punto final para este sometimiento de ser esclavo de lo que uno pretende cambiar, y sí en definitiva la eternidad es precisamente lo mismo, es decir la repetición de, entonces ya ni siquiera la muerte es salida, y queda el resquicio de ese rincón del costado, ese milagro no esperado, de que de una buena vez uno amanezca curado, por arte de magia, porque el prestidigitador se aburrió de nuestro padecimiento, porque la ciencia invento esa pastilla tan necesaria de conformarnos con lo que tenemos, erradicar el maldito espíritu crítico, esa mosca en la oreja, esa picazón, la náusea, el momento en que todo se nubla, el minuto después del partido de fútbol, o del sexo, tan sólo un instante, esa temporalidad que también es demoníaca, sentirse como en los tiempos de estudiante universitario, teniendo una mujer demandante, una casa a mantener, un hijo creciendo y padres grandes, es como que nada se detiene, que no hay fondo, que todo es caída libre, que uno no aprendió nada, que el cuerpo, más flácido, más envejecido, ya no te aguanta los excesos, te hace temer, y nada uno ahí estoico, grandioso, inmejorable, aferrándose a esa puerilidad de la esperanza, a esa vacío sin tiempo, o para que un buen pedazo de vacío sea todo el tiempo la única preocupación, ocupación, negar todo, olvidarlo, las luchas, los porqués, los deseos, hacer un back up, del espíritu, que todos los santos te nutran día a día, ser albañil y nunca haber pensado, tan sólo, ser esclavo sin conciencia de, vomitar y defecar, al unísono de tantos conceptos, libros, teorías, estupideces de locos, trúhanes y enfermos como uno, que legaron tanta pavada junta, para que otros nos contagiemos de ese cuestionamiento permanente, esa insatisfacción que el psicólogo o la psicología no pueden explicar, esa basura enlatada que debería ser expulsada de este mundo para que vivamos felices, sin preguntarnos más nada.

Claro que todo sería tan sencillo, sino fuese que en nuestra naturaleza y tal vez en nuestra propia razón de ser en el mundo, lo único que tenga sentido o supuesta finalidad, sea el preguntarnos, el interrogarnos, el desgarrarnos incluso, y hacernos cargos de las incertidumbres existenciales mediante las tórridas preguntas, a las que no le encontraremos nunca respuestas, pero que, mal que nos pese, es lo único que nos pone justo en el medio, entre los animales y las máquinas. Esa duda, ese cuestionamiento, hasta ese temor, porque no, de saber que nos enfrentamos a lo que no tendrá respuesta, pero que igualmente, lo indómito de lo que somos nos impulsa a ese vacío, es lo que nos dota de humanidad, el único anclaje del que podemos estar seguros, habitándolo con la comodidad y el placer de la sensación que nos brinda el sentir de que nada doloroso, nos sucederá siendo humanos, respetándonos en nuestra mayor intimidad, cuidando nuestro tesoro más preciado, dejando fluir las palabras, para que se amonten y se cierren tras el interrogante, el mismo que jamás será contestado, pero que en el temor crepitante del mientras tanto, nos hace avanzar.

La institucionalidad les debe otorgar mayores espacios, a los soldados, a los obreros, a los orfebres de la palabra, a quiénes a diario, en sus diferentes ámbitos, se la juegan ante lo sabido, lo digerido, lo asimilado, los que se arriesgan con cuerpo y mente, para demostrarnos que existen insondables lugares en donde podríamos transitar, como individuos o como comunidad. Nada lograrían sin en cambio buscan, castigar o sancionar a los cercenadores del pensamiento o de la pregunta, a los despostas de la afirmación y de la no duda, esos carceleros deben seguir la senda de sus propios encierros, sin por ello ser acusados o cargados con mayor penalidad que esa, la de transitar por esta vida a medias, adoradores de lo material o de las falsas congratulaciones, a expensas de perseguir el pensar, puede que algún día penitentemente se rediman en el mar de sus envidiosos llantos.

El valor que pone quién cuestiona, quién indaga, quién duda, quién se hace cargo de su humanidad, asestando lo pregunta, con calidad y respeto, debe ser mayormente considerado, debe ser rodeado de mayor prestancia ciudadana, para servir de ejemplo, de referencia, para aprender a partir de esas dudas y preguntas, para crecer como comunidad, cuando sepamos permanecer en el silencio sabio del que piensa y duda, por más que este frente a una pantalla que le exija una respuesta, ese día, simbólicamente, habrá empezado algo distinto, y para bien.

 


 

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