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ANÁLISIS

4 de octubre de 2015

La psicopolítica, los juegos del horror.

La pobreza no es un mal ni una condición, sino un fracaso estructural del Estado como medio de realización de lo político. El Sistema de la Eticidad, G.W.F. Hegel.

Las consecuencias de ir navegando en hábito por las coyunturas, ignorando la raíz de fondo de las situaciones paupérrimas de los seres nos traen a un nuevo estado de la cotidianeidad gobernada por lo que dimos en llamar la psicopolítica.

Las últimas elecciones provinciales de Tucumán fueron declaradas nulas por el poder judicial (que volteara el Superior Tribunal) en un controvertido fallo dependiendo quien lo lea, la situación se trasformo ahora públicamente en un escándalo que lleva sobre suelo argentino demasiado tiempo. La imperiosa necesidad humana en referenciarse en hombres y mujeres como únicos portadores del mapa que guía a las masas a la tierra de la felicidad trasforma territorios en verdaderas monarquías berretas, legitimadas por un sobre viciado del sustrato del pensar que vuelve a las personas en mineros dentro del tesoro que es el país, en términos de Hegel una religión positiva, Hyppolite lo toma y dice: implica sentimientos, que son impresos en las almas mediante coerción, y comportamientos, que son el resultado de una relación de mando y obediencia y que son cumplidos sin un interés directo.

Oikonomía es un término que al correr los tiempos se fue perfeccionando para significar, en particular, la encarnación del Hijo, la economía de la redención y la salvación, en tal sentido, en algunas sectas gnósticas, Cristo terminó llamándose "el hombre de la economía", ho ánthropos tês oikonomías. Los estudiosos con el correr del tiempo lograron de a poco diferenciar entre un discurso - o logos - de la teología y un logos de la economía, así la oikonomía se convirtió en el dispositivo mediante el cual fue introducido el dogma trinitario en la fe cristiana. La fractura no se hizo esperar, de este modo, los teólogos trataron de evitar y de remover de Dios  el plano del ser, reapareció con la forma de una cesura que separa, en Dios, ser y acción, ontología y praxis. La acción, la economía, pero también la política no tiene ningún fundamento en el ser. Ésta es la esquizofrenia que la doctrina teológica de la oikonomía dejó en herencia a la cultura occidental.

Es Michel Foucault quien incuba la idea de los dispositivos que están conectados, de alguna forma, con esta herencia teológica. Se los puede vincular con la ruptura que divide y, al mismo tiempo, articula, en Dios, el ser y la praxis, la naturaleza o esencia y el modo en que él administra y gobierna el mundo de las criaturas. A la luz de esta genealogía teológica, los dispositivos foucaultianos adquieren una importancia todavía más decisiva, en un contexto en el que ellos no sólo se cruzan con la positividad de Hegel, sino también con Heidegger y la Gestell, cuya etimología es afín a la de dis-positio, dis-ponere que en alemán stellen corresponde al latino ponere. Es común a todos este conglomerado de términos  la referencia a una oikonomía, en el sentido de un conjunto de praxis, de saberes, de medidas, de instituciones, cuyo objetivo es administrar, gobernar, controlar y orientar, en un sentido que se supone útil, los comportamientos, los gestos y los pensamientos de los hombres. Habida cuentas toda esa manifestación humana en cuanto tal, no podemos verificar en las jornadas electorales, esos días parece que el patrón de estancia saca a pasear su ganado.

Por medio de los dispositivos el hombre intenta hacer circular en el vacío los comportamientos animales que se han separado de él y de gozar así de lo abierto como tal, del ente en cuanto ente, en la raíz de cada uno de estos dispositivos descansa un deseo de felicidad. Y la captura y la subjetivación de este deseo en una esfera separada constituyen la potencia específica del dispositivo.

Emile Benveniste ha mostrado que el juego no sólo proviene de la esfera de lo sagrado, sino que representa de algún modo su inversión. La mayor parte de los juegos que conocemos deriva de antiguas ceremonias sagradas, de rituales y de prácticas adivinatorias que pertenecían tiempo atrás a la esfera estrictamente religiosa. La ronda fue en su origen un rito matrimonial; jugar con la pelota reproduce la lucha de los dioses por la posesión del sol; los juegos de azar derivan de prácticas oraculares; el trompo y el tablero de ajedrez eran instrumentos de adivinación. En esta relación entre juego y rito escribe Benveniste: la potencia del acto sagrado reside en la conjunción del mito que cuenta la historia y del rito que la reproduce y la pone en escena. El juego rompe esta unidad: como ludus, o juego de acción, deja caer el mito y conserva el ritual; como jocus, o juego de palabras, elimina el rito y deja sobrevivir el mito. Si lo sagrado se puede definir a través de la unidad consustancial del mito y el rito, podremos decir que se tiene juego cuando solamente una mitad de la operación sagrada es consumada, traduciendo solamente el mito en palabras y el rito en acciones.

Así se presentan las facciones parasitarias que son los que depositan sus nalgas en los asientos de la mesa chica, construyen discursivamente una historia sagrada que la vinculan desde el inconsciente a su pueblo, a la felicidad si se convierten en seguidores sordos, ciegos y mudos, se auto felicitan, se auto adulan para ser adulados, se levantan  como oráculos adivinadores que si no son ellos, lo que viene será tragedia bíblica, de esta ingeniería surge un aparato que hace viral en las mas apestosas practicas que se sintetiza como ejemplo y no como único y exclusivo, en un domingo vergonzoso en Tucumán. Por Carlos Coria García.

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