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ANÁLISIS

21 de septiembre de 2015

El elegido es “Juan el Bobo”.

Cierto interés, especial, concita el proceso de elección de defensor del pueblo provincial. Ocurre que no solamente es el único estamento institucional (apartando a todo poder judicial que es todo un tema en sí mismo) en donde aparece el trillado e invocado “concurso público”, como requerimiento para acceder al mismo. La soledad en esta exaltación de lo idóneo, es lo que genera a su vez, dudas, suspicacias y por lo tanto, hace que aumente no ya el interés, sino la curiosidad, por no decir el chismoseo. Es decir, en una provincia, habría que extendernos al país, en donde ni en el legislativo, ni en el ejecutivo, se menciona si quiera en una gacetilla de prensa, que un candidato o el titular de una cartera o secretaria, provincial o de algún municipio, accede a tal lugar por sus condiciones, es decir por haberlas demostrado previamente, sea a través de un examen o por intermedio de su trayectoria pública (que no tenga que ver con la cultura noventista del éxito, de deportistas y cantantes) es toda una novedad, que una figura institucional, al menos en lo formal y en el planteo, se llame a dirimir bajo esta vía, casi inutilizada por el corpus político. La analogía con la obra del cuentista infantil Andersen.

El cuento trata de un anciano y tres hermanos que vivían en una vieja mansión. Dos de los hermanos eran muy listos, mientras que el otro era bobo. Estos decidieron pedirle mano de la hija del Rey. La princesa había informado a todo el pueblo, que esta se casaría con aquel que pudiera “entretenerla con mayor gracia e ingenio”. Los hijos inteligentes se prepararon por días y su padre les facilitó dos caballos para que probaran su suerte y ver cuál de los dos complacía a la princesa. Juan el bobo quería intentar también, pero sus hermanos y padre se burlaban ante la esperanza de Juan de conquistar a la hija del Rey.  Los dos hermanos listos, se sentían en ventaja, ya que uno se sabía de memoria el periódico y la enciclopedia; y el otro era diestro en la confección de tirantes e ilustrado en cuestiones gremiales. Cuando los tres llegan al palacio se dieron cuenta que habían muchas hombres en fila. Según iban entrando, se les hacía un nudo en la garganta, seguido de un enfurecido ¡Fuera!. Llegó el turno del hermano que se sabía la enciclopedia, este se sintió presionado. Al entrar se percató que había tres escribanos que publicarían lo sucedido en el periódico. Percibe el calor que hacía en la habitación, se lo dice a la princesa y esta le contesta que su padre está asando pollos. El hermano no supo que decir, así que, la princesa lo sacó. Entonces le tocó al hermano que era diestro en la confección de tirantes. Le dice a la princesa que hace mucho calor, esta le contesta que el Rey está asando pollos, el hermano tartamudea y lo sacan de la habitación. Siendo el turno a Juan el bobo, este entra “como un macho cabrío”. Juan le dice que hace mucho calor, la princesa le explica que están asando pollos, a lo que él contesta “-¡Al pelo! -dijo el bobo-. Así, no le importará que ase también una corneja, ¿verdad?”. La hija del Rey está de acuerdo y le pregunta si tiene en donde asarla. Juan el bobo le dice que tiene un puchero para cocinarla y saca el viejo zueco. La princesa le pregunta por la salsa y Juan saco de su bolsillo el lodo que había recogido en el camino. Ella está muy complacida ya que consiguió a alguien que habla y responde, por lo que decide que éste sea su marido. Pero para atemorizarlo, la princesa le dice a Juan, que los tres escribanos y el corregidor publicaran todo lo hablado en el periódico. Estos se ríen a carcajada y Juan el bobo saca más barro de su bolsillo y lo tira a cada una de las personas presentes en la habitación. A la hija del Rey le agradó la puntería de Juan, se caso con él y lo hizo Rey. Y toda esta historia fue sacada del diario del corregidor lo que sugiere que no debemos creer que las cosas pasaron de esa forma.

En la analogía que pretendemos trazar, la hija del rey, vendría a ser el estado, o mejor dicho el poder político, que representa a aquel, que esta vez, de aquí la novedad como mencionábamos, plantea  lo que debería ser norma como lo excepcional, es decir el concurso público, por ende pasa  a ser el capricho de la clase política, que en esta oportunidad y no en todas las otras, sea de esta manera, como en el cuento lo es el desafío de la hija del rey de elegir como esposo y futuro rey, al que cumpliera su capricho de entretenerla con mayor gracia e ingenio. La analogía continúa pues en el proceso de selección de defensor del pueblo provincial no se establece sí el concurso público, que fija un examen escrito, un test psicológico y una exposición oral, son de selectividad correlativa (es decir los que por ejemplo no pasan el primer paso, están imposibilitados o no de dar los subsiguientes) si son condición necesaria solamente o necesaria y suficiente, para luego ser ungidos por esa misma comisión, para finalmente ser votado por los dos tercios de ambas cámaras. Podríamos decir requisitos de una subjetivad tan cercana a lo imponderable de como divertir con ingenio a la hija de un hombre poderoso.

Finalmente, el cuento acaba con la elección de Juan, hasta tal momento considerado el bobo, para luego a partir de allí, dejar de serlo. Lo interesante en el cuento, es que el protagonista era considerado bobo, porque no encajaba en las categorías que la mayoría consideraba que pudieran ser las pretendidas, es decir como todo cuento infantil (sobre todos los de este autor, contemporáneo de otro gran Danés, como S. Kierkegaard) termina con final feliz, a partir de la exploración de algo que no estaba contemplado, no se determinó previamente, demostrando un mundo arbitrario y monótono, en donde sólo ocurre lo previsto por los poderosos. El capricho de la hija del rey, es decir la poderosa que no usa tal poder, o que lo eclipsa la posibilidad libertaria de que sean otros “patrones” los que se escojan para una elección (nada más amoroso que la diviertan), es lo que abre un mundo, lleno de posibilidades, en donde no siempre prevalece, aquello que se arregla en lo taciturno de los acuerdos espurios del poder, que sólo usan las formalidades como excusa. Sería todo un avance institucional que el poder político provincial, continué la senda que viene trazando con el cuento de Andersen. Ningún defensor le vendría mejor al millón de Correntinos, que quién se semeje a Juan el Bobo, que nutra con su diferencia y perspectiva a los habitantes de la comarca, que sean un venido de afuera, que no haya participado previamente (es decir los candidatos con más chances, como arbitrariamente lo señala por ejemplo un medio que se dice decano del periodismo provincial, por un puñado de los 65) en las fiestas del poder y que finalmente, mediante su elección, la gente o la ciudadanía asimile, que no sólo mediante, amistad o lealtad mal entendida, como sumisión, se llega a espacios políticos o institucionales.

   

 

 

   

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