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ANÁLISIS

6 de mayo de 2015

La principal virtud política; la adulación…

“Los hombres vanidosos que se consideran capaces como resultado de la adulación que han recibido de otros, o por la fortuna que han tenido en alguna acción precedente, sin fundar su confianza en un auténtico conocimiento de sí mismos, son proclives a tomar decisiones precipitadas; y cuando se encuentran cerca del peligro o de la dificultad, huyen si pueden. Pues como no ven el modo de ponerse a salvo, prefieren arriesgar su propio honor y tratar de restaurarlo después con alguna excusa, antes que arriesgar sus vidas, las cuales, una vez que se pierden, nada es bastante para recuperarlas”. (Thomas Hobbes, Leviatán).

En tránsito a un nuevo capítulo electoral, las hojas más orgiásticas para quiénes se consideran protagonistas de la novela del siglo arribará en breve, estamparán nuevamente sus nombres en esas boletas en blanco y negro, símiles al rollo más barato de papel higiénico y con ello creerán estar cincelando en bronce lo que tampoco han elegido, sus nombres y apellidos.

Pero en esta tropelía semántica que define como democracia representativa, a este ejercicio plebiscitario del mandamás de turno y de su dedo “ungidor”, que precisa de una o algunas contrapartes opositoras con sus respectivos dedos ungidores, como para sostener este armado que tenga validez institucional, lo radicalmente importante es que atributo o condición se debe tener para estampar el nombre en el papel higiénico, o en la circunstancia electoral, plagada de hojas de diario pletóricas de gacetillas mal redactadas, que es lo mismo.  

Ser un adulador, o serlo con quién se debe ser, con el dueño de la lapicera y con su extensividad (secretarios o familiares de este). También se le podría agregar a esto, ser positivo, no criticar, ser agradecido y todo aquello que no contribuye a padecer stress o dolencias modernas que la tecnología en su último grito no puede detectar. Resignarse a la obediencia, aspirar e inscribirse en la piel y en las venas, las reglas del juego, el nombre del patrón, en el almanaque, en el afiche enfrente de la casa, en la calcomanía en el vehículo, en el recibo de sueldo, en la  mirada de los niños, extraviada y atrofiada por tanto pc y consolas que se compran con ese erario público que también domina, a diestra y siniestra ese semidiós, llamado presidente, gobernador o intendente.

De última, es razonable, lógico, o súper lógico como diría la canción, son servidores públicos, o en verdad servidores, lo de público queda acotado, como coto de caza, solamente para el que ejerce el verdadero poder, es decir quiénes los ponen, el que paga el sueldo, avisa del cronograma de pagos y sale en todos los afiches, las radios y diarios, estos servidores, cumplen mejor que nadie la acción de servir, en definitiva siervos de los señores feudales que no cambiaron de sistema social y político, sino sus castillos medievales por mansiones modernas.

 

 

 

 

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