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ANÁLISIS

27 de abril de 2015

Las connotaciones sexuales en los resultados electorales

No son pocas, al contrario, casi que exceden, las manifestaciones de todo tipo y tipos, que connotan aspectos sexuales con resultados electoralistas, o vinculados al quehacer de la política, casi como una sinonimia, que el grado de institucionalidad democrática, no pasa por el raciocinio sino por la lascividad de los instintos más bajos. Perdedores que “la tienen adentro”, ganadores portadores de “la más larga”, apartados que no “pueden mojar”, en el reino de los “porongas” casi que los usos y las costumbres de la democracia, están de más, esperemos que sólo sean exabruptos discursivos y no síntomas de una grave enfermedad.

No existe ninguna razón científica o suscripta por ninguna rama de las ciencias que demuestre en forma categórica que  la sexualidad del hombre (entendido como género) tenga que estar circunscrita a patrones aceptables o inaceptables, normales o anormales, sólo porque la unión de células masculinas con femeninas (a través de una relación sexual) genere en ciertas condiciones un nuevo ser humano, no significa que el universo de la sexualidad solo tenga aplicación en el campo de la reproducción.

No podemos dejar de soslayar que la sexualidad ha trascendido las alcobas o las sábanas, es decir los comportamientos sexuales son catalogadas y anatematizados por aspectos puramente culturales.  La antropología ha determinado como principio que la prohibición del incesto es un patrón universal en todas las culturas humanas, sólo tal definición hasta ahora demostrable por notables antropólogos y por años de investigación pudieron hacer mella en lo sexual para de allí desprender cientificidad.

Es decir todo lo que pudo haber acontecido en la Isla de Lesbos, en Sodoma, Gomorra en cualquier paraje Correntino o donde usted imagine en relación a lo sexual es meramente una cuestión cultural (salvaguardando que las personas en cuestión elijan es decir no estén sometidas por la fuerza o por la falta de maduración en cuanto a la edad que determinan los códigos) y las calificaciones que se desprenden de tales comportamientos quizá signifiquen mucho para las habladurías de barrio o para el psicoanálisis y no mucho más.

Sí se hubo de modificar la edad de votación en Argentina, como en otros países, por tanto, ahora con 16 años (antes con 2) la ley considera que el sujeto está en condiciones de elegir quién los gobierne, entonces no sería descabellado presumir, que en algún momento, se discutirá cuál es la edad actual (o sea de estos tiempos que corren) en donde el humano elige con el uso pleno de sus facultades con quién practicar o ejercer sexo.

Y aquí radica una de las claves, sino la única, no sólo en su vinculación con la política, sino en su definición más cabal, la sexualidad es un ejercicio, no es una cartulina que uno debe llevar de acuerdo a como la practique o con quién, el poder no se pregunta o cuestiona si el que lo está ejerciendo lo amerita hacer, tiene condiciones intelectuales o es idóneo en algo. El poder y el sexo, ocurren, no precisan de explicaciones, por más que a uno no se las pidan y al otro sí, por más que a un ejercicio se lo persiga casi inquisitoriamente y al otro se le permita todo.

Por lo general la práctica sexual que no es tan común, o que supuestamente no la realizan las mayorías, son analizadas desde tamices culturales, religiosos, psicológicos y de todas las ramas imaginables, pero con solo variar la òptica daremos cuenta que en verdad, aquellos practicantes (sobre todo en nuestra cultura) de lo que consideran normal, permitido o heterosexual-aceptable, pueden estar perdiéndose la posibilidad de explorar sus facetas denominadas de formas varias, o ejercicios sexuales más allá de sus límites que se ponen o que la cultura les  ha puesto. A lo que vamos es a lo siguiente, no se puede refutar que tanto el órgano sexual masculino o femenino, al ser estimulado, frotado o contactado de cierta manera y con cierta frecuencia en un período determinado de tiempo, devolverá como respuesta fluidos, interacciones neuronales y un estado generalizado de felicidad, independientemente de que esa frotación la produzca un hombre, una mujer, un aparato, o una flor.

Podríamos continuar hasta el hartazgo esta suerte de demostraciones, pero la cuestión no es tal, sólo planteamos que tanto los homosexuales como los heterosexuales podrían estar perdiéndose experiencias, sea por decisiones personales o por tabúes culturales, pero no por ello deben estar catalogados sus comportamientos como antinaturales. Simplemente decimos que sí una mujer, considera que el beso de otra mujer, es parte de su sexualidad, o lo mismo con hombres, es lo más obvio que puede suceder con el hombre como género y como sujeto, y que una cultura que se precie de libertaria o que vaya hacia ello debería garantizarlo.

Aquí nuevamente la política, casi con seguridad, no se pudo aceptar la obviedad natural de la bisexualidad del hombre, por el temor cierto que la organización familiar no se haya podido consolidar de la forma en que está consolidada. A ello debemos agregarle factores de poder como la religión y la ética cultural sustentada en la temeridad de lo inexplorado (tanto el homo como el hetero, lo son porque deciden no explorar).

Necesitamos engañarnos, crearnos y creernos felices en un relato en donde no somos grises, sino blancos y los que no cumplen los mandatos son negros, y debemos excluirlos, sea en cárceles o en denominaciones, en etiquetas, en señalamientos, para ello también hemos creado la ciencia como las leyes, es un mundo que nos cierra, es un mundo cerrado.

En tal encierro, delimitado por los barrotes normativos, nos concedemos supuestos recreos, en donde nos facultamos o nos hacemos creer que elegimos, nuestro destino, nuestros gobernantes, nuestros proyectos o nuestras formas de ser en el mundo.

Si no podemos o no nos animamos no a contar como ejercemos  nuestra sexualidad, sino a vivenciarla de la forma natural que deberíamos vivenciarla, como podemos pedirle a nuestros políticos que cumplan sus promesas o palabras que sabemos que las dicen con conocimiento pleno que no la cumplirán.

Existe una explicación simbólica del porque el humano tiene una tendencia al pesimismos que se sostiene en que no existe niño en el mundo que no nazca llorando (salvo los que salen con problemas de salud) y más allá de que sólo sea simbólica no deja de brindar una sensación de verosimilitud.

En este caso, podemos concluir que si de un comportamiento tan privado,  nos fabricamos un relato como para que nos sea más aceptado nuestro día a día, nada nos impedirá a continuar usando la no verdad o la mentira, como para construir socialmente, edificar sofisticados palacios supuestamente amplios, participativos en donde la palabra se cumple y en donde el más beneficiado son los más necesitados.

Quizá algún día la política y los políticos se encarguen de estos temas, más allá de apreciaciones burdas y sexistas que rozan con lo ridículo, mientras tanto lo hacemos nosotros por más que no nos corresponda, ya tendremos a quiénes cobrárselos.

 

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