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ANÁLISIS

31 de marzo de 2015

Una sociedad prostituyente

Por lo general, tal como algunos han pretendido adueñarse de ideologías, de luchas, de partidos, de ganancias económicas, están en boga quiénes se pretenden apoderar, en forma excluyente, de un determinado género, como si la humanidad, o el ser humano no fuese el único género posible que nos englobe a todos los existentes , de acuerdo a los órganos sexuales que nos ha tocado tener, lo peligroso y hasta irremediablemente estúpido de esto, es que no caemos en cuenta en que una sociedad prostituyente, que nos supimos conseguir es la que pone como agenda política el baile erótico que propone el zar de la televisión, la ex de un alto funcionario que se ha valido más de su desnudes que de argumentos como para darse a conocer y tantas sobradas muestras que tenemos de aquí a la China o de aquí a Irán…

Desde tiempos bíblicos se nos ha señalado que María Magdalena ejercía la profesión más antigua del mundo, aún la mayoría de los curas se oponen a cambios varios, quizá por no cambiar estos sloganes tan perjudiciales, generaciones enteras de hombres debutaron sexualmente en quilombos, privados y puteríos, de la noche a la mañana, se incita, promueve y gesta el cambio, que no sólo debe ser normativo, sino más bien cultural, por más que demore o sea progresivo.

 

Una causa de la cosificación de la mujer, es la existencia de teorías dualistas y utilitaristas que reducen la condición humana y por lo tanto, la dignidad a la existencia visible y perceptible de determinadas características de las personas. Estas teorías, tienen una visión desligada del hombre y son aún más antihumanistas, al negar la diferencia entre el ser humano y el animal. Al ser humano se le despoja de su calidad de hombre, cuando la imagen de la mujer es utilizada como instrumento para alcanzar un fin (aumentar las ventas, etc.) se le está reduciendo a sólo su plano físico, negándole el plano espiritual que naturalmente posee por lo que pasa a ser prácticamente igual que un animal.

 

A la mayoría de las empresas no les interesa la dignidad de la mujer ni cómo puede afectar la degradación de ésta hacia su imagen personal. Lo único que busca este tipo de empresas es aumentar su rentabilidad, las ganancias, a través del crecimiento en las ventas. Dichas empresas buscan satisfacer sexualmente al público masculino mostrando a la mujer de forma indebida a través de la publicidad; pero lo que no valoran es su intimidad, pudor y que  la mujer es mucho más que solo su apariencia física. Si reducimos a la mujer solo a éste plano y no tomamos en cuenta el plano más elevado que poseen, el espiritual, estaremos frente a un retroceso, en la que la mujer es tomada solo para satisfacer al hombre y no posee carácter ni dignidad, como si solo estaría en el mundo para complacer al hombre.

 

 

Veamos incluso como desde el ámbito de la cultura, se exalta el consumo de la prostitución o lo que ello genera en una mente masculina, tras el siguiente artículo de un afamado escritor correntino;

 

Las trabajadoras del sexo, utilizan como herramienta sus propios cuerpos, para hacerse del pertinente sustento, entregando a cambio, no sólo sus fibras más íntimas, también su dignidad.

 

 

Las profesionales de la compañía, han existido desde siempre, motivadas quizá por una exacerbación de la libido (energía sexual), por la comodidad del oficio, o por algún conflicto traumático irresuelto con la figura masculina. Pasan a transformarse de Sujetos, en Objetos, en mercancías apetecibles a la espera de un amplio campo de consumidores.

 

Cabe mencionar un principio básico de la economía, si existe oferta es porque existe demanda.

 

Las avenidas, calles, bulevares, y rutas de nuestro país, a toda hora, son conquistadas por la seducción de las profesionales, los avisos clasificados de los diferentes diarios empiezan a nutrirse a expensas del incremento de anuncios en un nuevo rubro, los clubes nocturnos van ganando más adeptos en la movida noctámbula, las páginas de Internet ostentan en mayor número imágenes de féminas dispuestas a todo. La demanda, hombres casados, solteros, jóvenes, gerontes, desocupados, abogados, médicos, periodistas, políticos y tantos más, difícilmente se encarguen de analizar que el aumento de la oferta tiene una estricta relación con la marginalidad, la pobreza y las necesidades básicas insatisfechas, producto de la magnánima crisis social y económica que atravesamos.

 

Las mujeres, cuando sienten que sus derechos son vulnerados, hacen causa común y logran asombrosos resultados, es el caso de la Ley de Cupo Femenino para cargos electivos, de la Creación del Consejo Nacional de la Mujer, o de la Declaración de la Igualdad de Condiciones laborales.

 

Los políticos, intentan resucitar ideologías perimidas y crean frentes electorales con nombres distintos para diferenciarse, en el mejor de los casos, toman posiciones encontradas ante el sacro tema de los Derechos Humanos.

 

Los periodistas, al brindar micrófonos y páginas, contribuyen y alientan a que las mismas voces y rostros de siempre, luego se refrenden en una boleta electoral o en un cargo directivo, instalando en la opinión pública los harto repetidos temas de corrupción, protestas, inseguridad, etc .

 

No existe una Universidad en donde se expida el título de profesional de la compañía. El aumento de la oferta, tiene sus causas en la pobreza, en la marginación y en la necesidad. El tema debe ser considerado de prioridad pública, mal que les pese a las mujeres que no consideran a las putas tales, por más que exija de nuestra clase política un mínimo esfuerzo intelectual para esbozar algún tipo de solución, más allá que no sea negocio para los periodistas hablar de sexo por dinero, independientemente de que nuestras Patricias y Patricios vernáculos no quieran escuchar hablar del tema. La salud y la dignidad de nuestros ciudadanos está en juego, y no sólo por imperio de la constitución o por sentimiento caritativo debemos encargarnos de un tema, que se entromete en nuestras sábanas, en nuestros recuerdos, en nuestras fantasías, en nuestras sospechas y en nuestras calles.

Este tipo de situaciones son las que desnudan la pobreza técnica, conceptual y la sobreabundancia perjudicial de poner amigos, parientes y en el mejor de los casos “vendedores de humo electorales” como responsables de articular políticas de estado, ni siquiera se trata de peticionar que no lo hagan más, sino que simplemente se establezca un mínimo no imponible o cupo, para aquellos, que con ideas, convicción y conocimiento, empiecen a trabajar en estos nichos de la vergüenza. 

También se podría trabajar en los enfermos mentales que se aprovechan de la marginalidad de una menor para obtener su cuerpo a cambio de dinero, pero antes de acechar en la conciencia de los incapaces que tendrían que hacer algo para modificar la realidad para bien, lo sustancial es recordar que perfectamente pueden cohabitar quienes estén dispuestos a trabajar en estas lamentables realidades con los que solamente están por su condición de parientes y amigos, demostrémonos que podemos hacernos cargo de nuestras problemáticas estructurales, demostrémosles a “los de afuera” que tenemos recursos humanos y voluntad para que una niña o niño no sea impulsado a la barbarie o sea presa de la perversión, cada cuerpo y alma de un pequeño correntino mutilado por esta problemática, resuena en la conciencia de los que tienen con qué y no les brindan la oportunidad, y debería resonar con más fuerza en quiénes tienen la posibilidad de designar a gente, sea con capacidad o con disposición como para combatir estos flagelos, sin que esto haga mella en la también real necesidad social de pagar a infelices que cumplen ordenes sumariales y sólo tienen la obligación de decir que sí. Tan semejante al sí que dice una niña o niño correntino, cuando un depravado le ofrece dinero a cambio de sexo...

Eso que ni siquiera, en verdad para no saturar al lector, evidenciamos la obligada vinculación de la Cosificación con la violencia de género, como señalamos no sólo se trata de un cambio de norma, o de poner en letras de molde el combate a la trata, se trata de lo cultura, que lleva mucho más tratamiento que una palabra o firma.

 

Y aquí radica el problema, que desemboca en violencia de género o sólo en verla a la fémina como un “pedazo de carne” y finalmente genera el caldo de cultivo para la trata de personas, aún no contemplada, estamos hablado lisa y llanamente de toda una cultura, que tal como transformó en víctima a la mujer, nos dio el rol de victimarios a los hombres.

 

Este es el punto temático, ineludible para quiénes ejercemos un rol, emitiendo punto de vistas o distribuyendo noticias, y por más que para los usos y las buenas costumbres la auto-referencia no tenga buena prensa, en un tema como el sexual, que toca la intimidad de nuestras partes ocultas desde tiempos de Adán, es casi una fechoría no mirarse frente al espejo y no dar cuenta, que ha hecho uno con su cuerpo y cuanto dinero a invertido para recibir caricias.

 

Promediaban los ´90, pleno apogeo del capitalismo más salvaje, de los conceptos instalados a fuego, como  el sálvese quien pueda, del no te metás, de la aberración de lo público y la adoración de lo privado, del rey dinero que transformaba a Carlos en el más seductor de los hombres sentado en los autos que el mercado nos quería hacer creer como accesibles y prestos a darnos satisfacciones espirituales, como rodeado de modelos y vedettes, despampanantes, casi desnudas, que en nombre de la democracia recuperada nos mostraban los primeros culos y las primeras tetas duras, turgentes y perfectas, que sólo serían tocadas por el gerente, el empresario, el cantante o el deportista.

 

Yo tenía 13 años mis compañeros de colegio un poco más, la ebullición hormonal hacía de las suyas y ya no nos alcanzaba con las revistas, la habíamos consumido todas, parece que hablamos de siglos atrás, pero no teníamos acceso ni a internet, ni a telefónos, la televisión y más que nada la pública, nos incitaba por intermedio de desfiles, de concursos y hasta publicidades que mostraban a la chica de turno, que en verdad era el culo del momento, nosotros interpretábamos muy bien lo que el mercado nos imponía o mejor dicho obedecíamos. 

En nuestra ciudad las putas, o sea nadie en tal momento, podría hablar de “mujer en situación de prostitución” aparecían al caer la tarde, en calles paralelas a la Junín, la San Martín, como la Bolívar, de Córdoba a Jujuy, pleno centro a metros de iglesias, instituciones, de familias bien y toda la parafernalia de nuestra sorprendente correntinidad, sin embargo como no manejábamos vehículos se nos complicaba el traslado de las chicas( tengo recuerdos, sobre todo las prostitutas en las calles mencionadas como mujeres más maduras que jóvenes)  a un lugar en donde llevar a cabo el acto sexual.

Un compañero avanzado en edad y en la materia nos habló de Bacán. Detalles que bien podrían valer un cuento que autoridades de la cultura nunca lo consideraran literatura hasta que uno no cumpla como mínimo 50 años (esto hoy es una discriminación que en unos años será combatida justamente, como ahora pasa con la prostitución, la arrogancia de los que detentan un cargo cultural de creer que la misma sólo lo hacen personas adultas-mayores) pero que no vienen al presente caso, lo cierto es que Bacán era una Whiskería, así lo decía su marquesina de Neón, no pudimos entrar, estaba prohibido para menores de 18, pero las putas salían y así, uno paso a una pieza, y más que la virginidad, perdió el decoro, el romanticismo y cierta inocencia ante la vida. Vale decir, que al pagar por un momento inicial de sexo, uno, con la edad con la que contaba, y en el contexto cultural señalado, era imposible que pudiera pensar en que esas mujeres estaban obligadas o condicionadas, todo el sistema nos decía que sí teníamos 30 pesos podíamos ingresar nuestros miembros a esos orificios, y tal como al ver una película del Medievo reímos cuando vemos que las sábanas de los nupciales tenía un solo agujero para que se produzca la penetración y ningún otro contacto más, así de barbárica fue la concepción de la sexualidad y de lo que representaba una mujer para los de nuestra generación.

 

Es indispensable, para quiénes no tuvieron la posibilidad económica o no lo contemplaron, que se fomenten charlas, equipos interdisciplinarios que se encarguen de toda una generación que hemos sido educados como victimarios. No por casualidad los índices de violencia de género y la explosión del negocio sexual esclavizando a personas tienen en estos tiempos un grado de algidez sorpresivo.

 

Las organizaciones de género y los familiares de personas víctimas de estos delitos, vienen realizando un trabajo inconmensurable que cambia de raíz perspectivas culturales, la dirigencia política acompaña bastante mediante sendas normativas este proceso (prohibición de oferta pública sexual, ley anti-tratas, prohibición de whiskerías) falta el compromiso de los actores sociales, que nos expresemos quiénes nos constituimos en voz de algo, que socialicemos experiencias y desafíos.

 

Pese a la incitación del sistema económico-cultural, no puede ser argucia o excusa de quiénes cometen un delito contra una mujer, a quienes les tiene que caer todo el peso de la ley y el repudio público, que han sido víctimas de una maquinaria alentatoria de la cosificación de la mujer y de la trata de la misma.

 

Despojarnos de estos preceptos de un capitalismo-machista cuesta, día a día y momento a momento, no son situaciones, ni problemas comparables, simplemente dar a conocer como nos ha afectado a quiénes sin golpear a una mujer, ni someter a nadie a que se prostituya, entrando en la naturalidad del circuito del cliente-prostituta nos hemos cansado de cojer, pero de cojer como lo señala el castizo, de agarrar, de tomar, de volver al estado de primates, en dar acrobacias sexuales, en ser esclavos de un músculo caprichoso, confundiendo tal primitividad y no permitiéndonos con ello hacer el amor, que eso sí pertenece a la intimidad de quién suscribe, sometiéndonos en esa lógica que ya describió Hegel del Amo y el esclavo, con un nombre y una funcionalidad distinta pero con la misma y triste razón de ser de sólo obedecer, sin sentir, amar ni querer.

 


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