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ANÁLISIS

26 de marzo de 2015

"La democracia necesita un ajuste de tuerca"

En un diálogo con el filósofo, especializado en política, Francisco Tomás González Cabañas, quién se encuentra en pleno proceso de edición de su obra “Voto compensatorio, redefinición del contrato social desde una perspectiva Latinoamericanista” encontramos la vinculación de los problemas actuales de nuestras democracias, con relación a la violencia internacional terrorista, que azota nuestra tranquilidad occidental, y nos devuelve una mirada horrorosa de lo que somos como mundo. González Cabañas valiéndose de lo uno y lo múltiple, como anatema básico de lo filosófico ensaya una lectura de la imposición unicista, que proviene desde lo religioso-político con el dominio del logos de lo monoteísta y lo ensambla con los problemas democráticos que surgen desde tal imposición. Preparando incursiones internacionales, en la que se destaca su participación en el 55º Congreso de Americanista en el Salvador, el intelectual es cada vez más escuchado allende las fronteras del arrabal sudamericano en que le ha tocado nacer.

¿Cómo entiende un filósofo al mundo actual, en donde violencia y democracia sigue siendo parte del problema y de la solución, de la vida cotidiana del hombre de nuestros días?

La exclusividad excluyente de pretender un mundo, en manos de un solo creador, interpretado por hijos dilectos o profetas, socava la armonía de quiénes depositan sus expectativas en aquello que provenga de sus sentimientos más fidedignos (que por lo general son múltiples, contradictorios, la caótica efervescencia en la que se manifiesta la libertad) éstos convertidos por la sujeción o conversos por condicionamiento, no tienen problemas después, de vehiculizar esa violencia, esa ira, ese odio que cultivaron en ellos, en actos de violencia, en heridas desgarradoras, diciéndose adalides de ese dogma que los ha vejado, están prestos a perpetrar cualquier tipo de tropelía en contra de esa humanidad que ha permitido que les supriman el derecho de creer en lo que rayos hubiesen querido. Esta radicalización, por no decir talibanización, descansa en el apotegma inescrutable de que les espera otra vida en un más allá imposible de escudriñar por nuestras falencias de las que en un segundo término, operan como persecución, en quiénes dictaminan que la falta de fe en tal trascendencia, puede resultar pecaminosa como ignorante, pero en igual caso, pasible de ser sancionada, excluyendo, nuevamente, al ya considerado marginal que no se atiene a lo establecido, como lo único, que para no ser presentado ante el mundo como arbitrario, se han permitido, subdividirlo en tres vías, que son ni más ni menos que la tríada conceptual monoteísta que impera en el mundo del logos, en el mundo de los conceptos. Las otras manifestaciones humanas, variopintas y por lo general, politeístas, no poseen otras consideraciones más que de carácter multicultural, exóticas, estrambóticas, o dignas de ser retomadas como si fuesen modas circunstanciales solo asequibles para señores ricos y aburridos, con derecho, ellos sí, a cualquier cosa y todo.

Lo más preocupante, de lo que aún no se discute, o no se ha planteado, es la socialización de esta discusión, pues sólo fue abordada desde el bostezo de lo filosófico,  esta violencia, esta corrupción imperial, esta vejación al espíritu múltiple del ser humano que es el substrato de su ambición de libertad, permite que vivamos y que continuemos viviendo bajo un mundo, supuestamente seguro, tendiente a lo armónico y pre configurado hacia una paz perpetua imposible, en donde los latrocinios se siguen llevando a cabo, básicamente, por el costo que pagamos por tener un mundo que nos pretende creyentes de un solo dios, llámese como se llame este, sus discípulos, hijos, profetas o seguidores.

Huelga destacar que no se trata de una cuestión religiosa, teísta o filosófica, es una cuestión política, pues este ordenamiento, este verticalismo, se difumina en todas las estructuras de ese sujeto al que sólo le queda creer, y casi colateralmente obedecer a un uno, llamese este caudillo, dictador o presidente. Para reconfigurar lo expuesto, en nuestras democracias actuales, se debería empezar a pensar en que los ciudadanos, en vez de elegir a personas que encarnen proyectos, ideologías, o letras muertas de lo establecido en partidos políticos, votemos directamente, proyectos, propuestas, modelos o formas de hacer las cosas y que la ejecución de las mismas, pase a ser un tema totalmente secundario, esto sí podría denominarse algo que genere una revalidación de lo democrático, pero no estamos en condiciones de hacerlo actualmente, primordialmente por lo que veníamos diciendo con anterioridad, el gobierno de ese pueblo, está en manos de uno sólo, a lo sumo, en cogobierno por un legislativo (con flagrantes problemas en relación a la representatividad, que sería todo un capítulo aparte el analizarlo) y supeditado a un judicial, que siempre falla, de fallar en todas sus acepciones, liberar la opción de ese pueblo, para que elija su gobierno, mediante las ideas que se le propongan, sin que sea esto eclipsado por la figura de un líder o lo que fuere, en tanto y en cuanto siga siendo uno, recién podrá ser posible, cuando su vínculo con la vida y la muerte, no tenga que ser anatematizado mediante la creencia o no creencia, que como vimos son las dos caras de una misma moneda, en un ser único y todo poderoso, creador de este mundo y de todos los otros, los posibles como los imposibles.

 

¿Qué es el voto compensatorio?

Estimamos que en nuestros tiempos modernos, en relación a la política,  o lo político, el ciudadano percibe que para ser atendido, contemplado, amparado, escuchado, contenido, devuelto en esa cesión de derechos que ha hecho, para que hayan edificado esas letras muertas que dan en llamar leyes, normativas y que supuestamente conformarían o conforman la base de un estado de derecho y de una comunidad democrática, tiene enfrente, y no como aliados, como servidores, a la clase política, presta a mutilar las expectativas y las posibilidades del hombre común, por la lógica de que el estado omnipresente para pocos es la contracara obligada del estado ausente para muchos. De aquí es la necesidad de una compensación, o del surgimiento, desde esa opción del que no tiene, del que no es contemplado que hago uso de un voto (el momento electoral como eje simbólico de lo democrático) compensatorio.

Desde hace décadas que tanto la ciencia política, como el enfoque de lo político desde lo filosófico, se debe o debe, resignificar el contrato social, redefinir el principio de igualdad, y acotar el significante extenso y polisémico de lo de democrático, para consignarle un valor diferente, sobre todo para aquellos que el estado los tiene para la obligación sin velar por sus derechos, para que en la jornada electoral, a estos invisibilizados se los empodere con el valor de cinco (5) a cada uno de sus votos, dignificándolos para sacarlos del estado de víctimas que impone el prebendedarismo, la compra de votos o los bolsones de mercadería (una práctica muy extendida en Latinoamérica)  que en definitiva carcome y deslegitima la democracia actual que se pretende, como finalidad restaurar el contrato social y reconstruir el principio de igualdad de acuerdo a categorías aún no transitadas.

Podríamos realizar una arqueología del concepto democracia, en definitiva algo en lo que ocupan tiempo y hojas, destacados autores de todo el campo de humanidades, sin embargo, a los efectos de no generar un texto árido y estrictamente académico, cumpliendo con nuestra metodología de transitar de lo universal a lo particular, destacaremos el término de lo democrático, de acuerdo a como lo conciben los autores contemporáneos y más destacados por el sistema editorial y mediático especializado que los sitúa como actuales luminarias del pensar.

Nos encontramos con Tzvetan Todorov  en su libro “Los enemigos íntimos de la democracia” en donde desde el título mismo escogido ya nos plantea, la situación problemática o amenazante en la que se encuentra nuestro sistema de democrático, aspectos que irá detallando y pormenorizando capítulo a capítulo en su obra, que por las razones expuestas, no la trabajamos como cita textual (nos interesa el referenciar la integralidad del texto, el pensamiento vivo y sintetizado como expresión) sin embargo y como elemento a distinguir, el pensador búlgaro,  partiendo de Malthus,  también hace referencia  a la necesidad de resituar o resignificar el principio de igualdad, señalando que es de imposible cumplimiento, dado que no alcanzarían los recursos del mundo para que todos comiéramos como debemos comer, por tanto lo democrático se sostiene en la expectativa, de que esto mismo ocurra alguna vez,  y esta concepción, lo hubo de expresar, sobre todo en diferentes entrevistas periodísticas,  Jacques Derrida, definiendo lo democrático como aquello que siempre está por cumplirse pero que no sucede nunca, y esa expectativa, es la que debemos revitalizar, empoderando a quiénes tienen por generaciones el estado ausente, en sus casas, en sus trabajos, en lo cotidiano de sus vidas y que perversamente se les dice que valen igual que cualquier otro, y en tiempos de elección se le pone un precio, mediante dinero o mercadería, para torcerles la voluntad.

Si bien no es su especialidad en el campo de las humanidades, otro de los pensadores más destacados por el sistema intelectual, Slavoj Zizek, en sus artículos diseminados ante situaciones políticas complejas, desparrama su interpretación de lo moderno, considerando necesaria la “extensión” de lo democrático (también como Todorov, desde el título de sus textos plantea como concibe y en qué situación concibe la cuestión política, por ejemplo “La democracia es el enemigo”) claro que las concepciones neomarxistas, comienzan a aparecer, y de allí como para no caer en tópicos densamente trillados, pues  necesariamente deberíamos recaer en Marx, es que dimensionamos lo democrático, como aquello que trasunta o que arropa, que contempla, develándolo, o sosteniéndolo, al poder, como término, como palabra, como totalidad. De esta manera también lo contempla, la llamada “Escuela Italiana” con exponentes de la talla, de Marramao, Espósito o Agamben , que independientemente de sus respectivas líneas filosóficas de las que parten, no dejan de iniciar el camino de sus consideraciones desde la necesidad de reconstrucción, o desandamiento de lo democrático, del tránsito hacia otras aguas del mismo. Pese a intentar no hacer una arqueología de lo terminológico, ya que sí alguien lo hizo fue Michel Foucault, que determina que el poder sigue estando o anidando en aquella representación por la galería, que requiere el formalismo de un contrato social pero que no puede ser redefinido, pues no determina lo que es necesariamente democrático hoy. Es decir, el poder está y no está en la democracia, ni siquiera por un fallo de esta como sistema, sino por definición lógica de lo que es el poder, sin embargo en este juego, quién cree detentar ese manejo del poder, la clase política, aun sabiendo que por más que tenga las validaciones legítimas de lo democrático, debe seguir haciéndole creer a las masas que representa, que tiene ese poder, que detrás de la democracia, está el poder, por más que sepa que no es así.  En este punto, debemos cuidarnos, nuevamente de no continuar la ramificación que el tema nos propone en sí mismo, tan solo haremos una mención genérica, pues consideramos importante al menos el subrayado. Nos encontramos ante “la mentira” en la política, lo no cierto o no válido, que se plantea, necesariamente como lo opuesto y que sí no es bien manejado, termina percudiendo el sistema de lo democrático. Es decir sí la mentira, o la situación de no verdad, se descubre, por la masa ante el manejo de su dirigencia, la que padece en términos generales es la democracia (las grandes revueltas o protestas modernas, se generan a partir de este incordio, cuando se descubre, devela, de aquí la importancia de lo mediático, de lo mentiroso, corrupto de los políticos y la política) pero apartándonos de esto, entendemos acerca de la naturalidad de esta situación, lo que le consignamos a esa mentira o no verdad, como condición necesaria y suficiente para la existencia de lo democrático.

 

 

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