ANÁLISIS  21 de marzo de 2016

El apogeo del dios-político, su decadencia es la nuestra.

Es legítimo por qué no, reconstruir el sistema cosmogónico de un conglomerado humano, así de legitimo es que se hizo realidad acá y ahora. Es indudable que el Dios teándrico del judeocristianismo parece que ya no sofoca la efervescencia de las esperanzas argentinas. Tal vez por ello y otros muchos motivos una inmensa porción de argentinos decidieron recrear o refundar el estadio de fe llevándolo hasta religiosidad creando nuevos líderes del puritanismo, misericordia y buenaventura para un pueblo sediento de justicia social. Por Carlos Coria García.

Cuando algo sagrado se nos muestra o presenta frente a nosotros podemos llamarlo hierofanía, cuando este suceso ocurre podemos separarlo y considerarlo un punto fundacional del mañana más próximo, así nacen las idolatrías monstruosas a dioses-políticos, verdaderos engendros de divinidad y calamidad que aprovechan el vacio temporal de esperanzas ciudadanas.

                                         

Cuando esta aparición sucede y se incrusta en el cuerpo social se convierte en realidad absoluta que opera  cercando toda otra verdad circundante hasta desaparecerla. Aparece el limite, pero no en su acepción vulgar sino, el limes latín entendido como una línea imaginaria que separa lo romano y sagrado de la barbarie, todo lo que está dentro es verdad, todo lo que se encuentra fuera es bárbaro y despreciable. Seguramente por mandato de la insatisfacción del hombre consigo mismo, ya no colman sus expectativas divinas y ante la posibilidad de no querer pensarse a sí mismo y por si mismos y para todos al mismo tiempo, tal vez por pereza intelectual, elucubran una idea degenerativa y hacen nacer dioses de barro que los piense e ilumine el camino a lo celestial.

 

En este centro absoluto inventado e inmutable, en ese nuevo dios mundano ha de buscarse securitas o sea, entendida como sin sobresaltos. Así monolíticamente nacen ídolos a los cuales se les rinde toda pleitesía y se les concede el milagro del absolutismo en términos de verdad de la realidad, complicidad por demás fáctica a la hora de pispear los medios de comunicación en masa y los no tanto, adictos a la feroz manía de servilismo al poder, tanto como de conformismo adaptativo al látigo del dinero, cerrando y protegiendo el limes de lo bárbaro. La manifestación del dios-político termina por dar fundamento ontológico a la existencia de su pueblo, pues sin él no es, se es mientras el dios nos piensa. Y eso no es otra cosa que un suicidio anómico. Resulta que cuando el dios-político cae a las tinieblas deja huérfanos a sus hijos y sin rumbo, a un cuasi estado de naturaleza donde tendrá que volver a refundar su cosmogonía amañada que lo salvara de la tragedia del fin de los días.

 

Tan absorta es la construcción de los dioses-políticos que cualquier desviación en sus conductas no interesan ya que su presencia convierte todo acto en bueno y verdadero, se levantan y son alabados como autoridad, pero ignorando la raíz latina de autoridad que es auctor, que su traducción a la lengua española es hacer crecer, cuando la autoridad no hace crecer es porque seguramente no conoce y no valora a aquellos que le fueron encomendados. Quedándose en una autoridad formal, inerte y normativa, cuyo recurso seguramente será la prepotencia autoritaria, haciendo del sistema de convivencia una cleptocracia parasitaria y en muchos casos conveniente

 

Pero ¿Qué es esta verdad?  Piénsese en la sentencia que emite un juez, es la verdad sobre una situación jurídica determinada legitimada y sostenida por el Estado, de lo contrario es una simple opinión. La sentencia judicial con su respectiva legitimación estatal ser convierte en el significado justicia que a su vez se levanta como verdad. Entonces ¿puede esta verdad cambiar? Claro que si y de hecho sucede a menudo pero para ello se precisa de otra verdad y de quienes estén dispuestos a llevarla al choque, se precisa de una mirada relativa al del otro y muñida de una fuerza capaz de vencer a la legitimación del poder estatal que ostenta la otra verdad.

 

Los dioses-políticos utilizan su verdad a las anchas simplemente por el poderío que les ofrece el imperium del Estado, su verdad en el llano es una más dentro de tantas, son dioses de barro con fecha de vencimiento que el día de su hora final caen con estruendo, dejando consecuencias insalvables en sus fieles seguidores que vieron morir su verdad revelada y su orfandad no les permite ver que se escondía detrás de la túnica sagrada del inmortal ídolo que en el llano se retuerce. Son formas, mediante la idealización sagrada a los políticos de instaurar o permitir, consciente o su contrario, una forma monárquica de vivir en sociedad, cuando a viva voz y en los mítines se llama a la resistencia contra la colonia, imperialismo y todas sus formas gramaticales y semióticas de acrecentar un dios-político.

 

La cosmovisión del mundo idealista egocéntrica y su verdad -semántica más que material- y bíblica, provocó estragos en las sociedades modernas que a esta altura son insalvables.

 

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