16 de octubre de 2026
Los Obispos ante la llegada del Papa.
En las últimas semanas, varios de los principales pastores de la Iglesia argentina —el arzobispo de Buenos Aires, Jorge García Cuerva; el obispo de La Rioja y titular de la Pastoral Social, Dante Braida; el arzobispo de Córdoba, cardenal Ángel Rossi, y el presidente del Episcopado, monseñor Marcelo Colombo— expresaron su preocupación por la grave situación que atraviesan amplios sectores de la población. Por Osvaldo Cornide Dirigente empresario, Presidente Honorario CAME.
No es nada nuevo. Lo hicieron, que yo recuerde, desde San Juan Pablo II hasta Francisco.
Asumir esa tarea —junto a la inmensa labor educativa y de caridad que va de Cáritas a los abnegados curas villeros, algunos de ellos promovidos a obispos por Francisco— no es una opción. Es un mandato del Evangelio. De ahí el fervor de las multitudes en San Cayetano y en Luján.
Lo que dicen los pastores
En San Cayetano, García Cuerva recordó que “la libertad económica no puede ser absoluta” y pidió por los pobres y los endeudados. Días atrás, tras caminar a Luján con cientos de miles de jóvenes, describió un país en crisis donde “la descalificación y la intolerancia están a la orden del día”.
El cardenal Rossi fue más gráfico: el Papa encontrará “una Argentina cascoteada”, en la que “se escucha un lenguaje triunfalista, pero con una realidad muy frágil”. Monseñor Colombo advirtió sobre el endeudamiento de las familias: “No se puede tener una mirada superficial y decir que no interesa”. Y recordó una verdad elemental de la doctrina social: las personas son responsabilidad de un Estado “que cuida la vida”.
Monseñor Braida resumió la esperanza de su gente: que el Papa “nos ayude a superar nuestras diferencias” y a trabajar juntos por una Argentina mejor. Ninguno habla de partidos. Todos hablan de personas.
Puentes frente a insultos
Francisco, León XIV y el Episcopado vienen insistiendo desde hace décadas en lo mismo: diálogo, unidad y alerta temprana ante la pobreza, las guerras y la desigualdad. Las Jornadas de Pastoral Social se reunieron bajo un lema que lo dice todo: tender puentes.
En marzo, los obispos llegaron a rezar: “Del insulto de cada día al que piensa distinto, líbranos, Señor”. No era una figura retórica. Es el modo en que el poder responde hoy a periodistas, economistas, artistas, científicos. Y también a los obispos: un asesor del Ministerio de Economía contestó a García Cuerva en las redes diciendo que, “como católico”, estaba “cansado de este tipo”.
Rossi lo dijo con una imagen que vale para todos: nadie le da la bienvenida al que está del otro lado de la grieta. El lema de la visita es, justamente, “Bienvenidos todos”.
El Papa que llega
Del 8 al 11 de noviembre nos visitaría un Papa que cuestiona sin rodeos la guerra y no teme discrepar con los poderosos del mundo, empezando por Washington. Que denuncia la injusticia y promueve el diálogo interreligioso, como el que la Argentina supo cultivar y que tendrá su expresión en el acto interreligioso del Palacio San Martín.
Eligió llamarse León, como el Papa de la Rerum Novarum, que enfrentó la cuestión obrera de la revolución industrial. Rossi lo describe como un hombre manso, “más silencioso que Francisco, pero cuando habla no anda con chiquitas”.
En la espera de tan magna visita, nuestros obispos no pueden silenciar la posición que siempre los caracterizó. Callar no sería prudencia: sería abandonar a los que menos tienen.
La grieta que hay que cerrar
Se pide, con razón, que la visita del Papa no quede atrapada en la grieta. Los propios obispos fueron los primeros en reclamarlo. Pero conviene precisar de qué grieta hablamos.
La grieta que hay que cerrar no es la disputa entre partidos. Es la desigualdad entre la mayoría de los trabajadores, la clase media y los marginados, frente a las minorías de las castas económicas y partidarias que hundieron y siguen hundiendo a la Argentina. Solo en los últimos seis meses, dos millones de compatriotas más cayeron en la pobreza.
Esa es la grieta que señalan los pastores. Esa es la que León XIV viene a mirar de frente. Y esa es la que ningún insulto podrá tapar.
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