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ANÁLISIS

17 de septiembre de 2022

¿Dónde están los niños?

Por Óscar Sánchez

 

 

   Al octavo mes ríes

con cinco azahares.

Con cinco diminutas

Ferocidades.

Con cinco dientes

como cinco jazmines

adolescentes.

 

Miguel Hernández

 

 

 

Me parece recordar que fue en La rebelión de las masas donde Ortega y Gasset ofreció una espléndida definición de civilización, entendida ésta no como opuesta a cultura, al modo en que lo hicieron otros autores más románticos, sino sencillamente como “estado de civilización”, por así decir un repertorio concreto pero universal de procedimientos que acorralen al instinto (también Wittgenstein escribió en Investigaciones filosóficas que toda cultura oculta una reglamentación), como cuanto decimos -y soñamos con…- “una derecha civilizada”. Lo que dijo Ortega fue algo así como que la civilización es el intento de convertir la fuerza en el último recurso, y es una definición, aunque no muy original si lo pensamos bien, ciertamente brillante en su formulación. A mí, no obstante, se me ocurre otra definición, si bien menos buena, al menos más s. XXI y menos s. XX, el siglo de los truenos. “Civilización”, sería, según mi idea, aquel estado de la autoorganización humana en que se dan las condiciones que hacen posible querer a los niños por ellos mismos. No sólo sus padres, sino también sus profesores, sus proveedores, por así decirlo, las leyes y hasta la policía. Sería incivilizada, y por tanto bárbara, una sociedad determinada en la que los niños sean considerados futura mano de obra -prole, pues-, herederos de la patria, sucesores de la empresa familiar, objeto de chantaje comercial o presas de estafas farmacéuticas[1]. Sin embargo, la civilización en este preciso sentido no ha estado muy presente en la cultura occidental, por empezar por criticarnos a nosotros mismos, ahora que la guerra de Ucrania ha vuelto a poner sobre el tapete los vocablos “Occidente” y “occidental”...

Personalmente opino que habría que estar loco, o ser muy ciego, para no ver que todo cachorro es, dice y hace maravillas, hasta las crías de una repulsiva araña. Sin embargo, esos locos hemos sido nosotros mismos durante largos siglos. Padecemos una cultura milenaria de solteros, como apuntaba Santiago Alba. Los cuentos terminan cuando el princeso y la caballera se casan. La crianza nunca nos ha enseñado nada, ha pasado completamente desapercibida (o “invisibilizada”, como tanto nos gusta decir ahora), cosa si acaso de mujeres y sirvientes. La aventura, el éxito, la conquista, es para los hombres de corazón duro que meten pronto a sus pequeños “errorcillos” de juventud en el hospicio, como hiciera Rousseau, para que no les estorben en su carrera profesional. El clero, por cierto, ha hecho secularmente lo mismo: colocar al fruto de sus pecados de monaguillos. Siendo como son los niños (de todas las etnias, complexiones físicas y mocos variados en la nariz) tan preciosos como de hecho son, cómo demonios puede ser que apenas haya habido en nuestra tradición poemas sobre ellos, ni cuadros, ni casi música, ni nada de nada. Por no hablar de un Estado político y de una “eticidad” social que reconozca la necesidad de tener tiempo y provisión material suficiente para criar a los hijos de uno, sea cual fuere su número. Pero no, o por lo menos no en la mayor parte del mundo: los niños no son todavía hoy más que “vida privada”, y que cada cual se las componga. De ahí que el planeta entero esté sufriendo una suerte de invierno demográfico global, y que los pronósticos para final de siglo sean más de infrapoblación que de superpoblación.       

Y pienso... En la antigüedad los niños sólo debían ser las réplicas del progenitor masculino, lo antes posible. El cristianismo se preocupó únicamente de que se bautizaran[2], y luego, si acaso, de aquellos que a menudo irrumpe en portadas e informativos. En el Renacimiento había, sí, angelotes y madonnas con niño, todo altamente simbólico. La modernidad, si acaso, teorizó la igualdad de la mujer, a la manera de un hombre sin barba. Hoy, la infancia es sobre todo un nicho de consumo que bien estimulado puede llegar a ser voraz. ¿Dónde están entonces los niños en nuestro particular mamotreto occidental? Pues quizá en ese “afuera” que buscaban arrobados los filósofos posestructuralistas franceses, todos igualmente solterísimos. Mira por dónde: “afuera” del sistema no está el Ser en persona, ni el Lenguaje libre, ni la Verdad de Expediente X. En el afuera no hay más que entes naturales, molestos a veces, encantadores casi siempre, como los animales y los niños. Y de toda la producción cultural que me viene a la cabeza sólo se me ocurren unas pocas aunque bellas referencias:

 

-Música: Kinderscene de Schumann, Esos locos bajitos de Serrat, Mi pequeño tesoro de Presuntos implicados, Tears in heaven, Eric Clapton.

-Cine: La piel dura, E.T., Mater amatíssima, Los niños del coro, la niña subrayada en rojo en mitad del horror de La lista de Schindler, Billy Elliot.

-Novela/Teatro: Oliver Twist de Dickens -¿existe algo anterior?-, Peter Pan de J.M. Barrie, Los niños terribles de Jean Cocteau, La cruzada de los niños de Marcel Schwob, El príncipe destronado y El camino de Miguel Delibes y, por sumar algo más, Un milagro en equilibrio, de Lucía Etxebarría (el famoso Mortal y rosa de Francisco Umbral en realidad trata muy poco de su hijo, aunque eso poco sea conmovedor).

-Poesía: Las nanas de la cebolla, Miguel Hernández (pero sólo con esta bien se podría justificar todo un mundo).

 

Como se ve, llevamos muy pocas décadas siendo civilizados, esperemos que la tontunada galáctica del Metaverso y otras fruslerías hipertecnológicas no nos hagan ahora retroceder…

 

 


[1] Me refiero, claro, a los presuntos trastornos de la atención o de la conducta que han inventado recientemente para vender sus drogas a los padres con la complicidad de médicos de familia, profesores y psicólogos/psiquiatras culpablemente ignorantes, tanto unos como otros. Dudo de que un cartel colombiano llegase a esos extremos.

[2]  Con excepción de Agustín de Hipona, cuya célebre frase “Ama y haz lo que quieras” (Dilige, et quod vis fac, en In epistolam Ioannis ad Parthos VII, 8), no era, como nos han hecho creer, un enrollado eslogan del  cristianismo triunfante sobre las prescripciones de las escuelas de sabiduría helenísticas, sino que se refería precisamente a la educación de los hijos conforme a las enseñanzas de la Biblia (como la Biblia no aporta nada en absoluto al respecto, excepto el “dejad que los niños se acerquen a mi” del Nuevo Testamento, yo me temo que Agustín dijo eso únicamente por salir del paso).

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