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ACTUALIDAD

18 de junio de 2022

Las hijas del patriarcado.

Dado que la letra o, para algunas no las incluye, alumbraron la letra e, la letra x o la arroba. El cambio del sistema excluyente, opresivo, abrasivo "cisheteropatriarcal" a tiro de una modificación morfológica en el sistema del lenguaje.

Nunca alcanza ni alcanzará con nombrar o designar, queremos la traducción de lo que ocurrirá luego de la mención. Lo personal se hizo político. Las reivindicaciones obtenidas a fuerza de esgrimir justicia y tesón, cambiaron el punto de partida o las condiciones materiales tras los logros conseguidos. Los pobres y marginales, sobre todo en las "Indias", aún no fueron contemplados en la titánica inclusión, aguardan con esperanza razonable (en el caso de que la hubiera) de que algunes coman, sí es que desde algún lugar se propone que cuando digamos todos, pueblo, ciudadanía, gente y los sinónimos que signifiquen generalidad, le agreguemos entre paréntesis ( y los pobres) de forma tal de empezar a actuar. 

La categoría mujer como estandarte de la revuelta conceptual resguarda en su rol protagónico, una decisión que todas y cada unas, por acción y omisión, toman y deberán tomar. 

Escribo escindido de mi propia masculinidad. Me amparo para ello en mi percepción e intuición, trans, es decir que va más allá de lo categorial, de la sexualidad y de tu limitación y de la forma que rueden estas palabras en la acción. Es una posibilidad de la que puedo hacer uso, y de la que el otro en cuanto tal podrá o no creer. Ahora bien, en el lugar que no puedo habitar, o tutelar desde la empiria o el real, es el de las personas que no pueden comer o lo han hecho poco o mal. 

La discusión que órbita de un tiempo a esta parte, en ciertas aldeas occidentales, se oculta tras o debajo de la falda, del viejo estereotipo de lo femenino. Entendible y comprensible que así resulte, sin embargo, podríamos ir más allá del fenómeno de lo actual y del trauma  (de la herida) del ayer. Dentro de la pollera del significante mujer, estamos alojados tanto los que  abogamos, o las que abogan, sobre todo, desde una perspectiva de víctimas históricas, por una compensación o igualdad con respecto a lo masculino (muchos de los cuales, nos hemos aprovechado de tal privilegio o al menos no nos lo hemos cuestionado muy seriamente) como así también los que desde el nuevo pliegue de la escenografía del poder, pretenderán, seguir embanderados en el sexismo, cambiando o deconstruyendo la nominalidad del género, para revitalizar la disputa eterna, que se desliza mediante el poder, usando agonalmente a lo femenino contra lo masculino.

Aquí comienza la mezcla y la confusión. Buscadores de justicia, se mimetizan con quiénes sólo pretenden venganza, o en el mejor de los casos, continuar con la disputa real, entre el poder y lo que se revisten en sus pliegues, en sus bordes, ocultándose entre lo femenino y lo masculino, como meras máscaras de una lid que pervive en el  poder en su continúa disputa, de la imposición por la imposición misma, sin que esto pueda ser cuestionado u observado.

Ni lo masculino antes, ni lo femenino ahora, podrán ser constitutivos para un salto de calidad en lo humano, en la medida que no se propongan abordar al poder, pudiendo concebirlo sin su innatismo, abusivo que nos ha dejado y nos sigue dejando perplejos más allá de que vistamos polleras o pantalones, sea porque lo deseamos o porque nos lo impusieron desde un sistema cultural que muy agradablemente se cuestiona, muy a menudo, en sus formas, sus vestimentas, pero no su fondo o sus conceptos.

Los envases en los que viene el intercambio, no pueden determinar hasta dónde llegaremos con él, hasta donde pretendamos llegar. Posiblemente, tales límites, sean el territorio marcado desde el que no podamos salir.

Encerrados en el barrio, de la categoría género, en la manzana, en la circunscripción, de la genitalidad, finalmente perecemos en las cuatro paredes que nos determina en nuestra incapacidad por producir, una emoción que nos desborde de nuestra humanidad apocada, cercada, por lo que portamos para sentir y vivir nuestra experiencia de seres sexuados, limitados en el horizonte de esa complejidad que necesariamente, terminará en batalla, en enfrentamiento, por imponer, lo que se nos ocurra, sin que dejemos de ser unas meras marionetas de las tensiones del poder.

En definitiva terminamos, debajo de la pollera o del pantalón (de acuerdo a quién lo quiera ver y cómo) de la oblicuidad de ese poder, que se balancea y desbalancea, usando nuestros cuerpos y deseos para librar la batalla que pervive más allá de nuestras formas, de nuestras maneras, de nuestros envases, imposibilitándonos, llegar a tal posibilidad de preguntarnos, acerca de qué es lo que necesariamente busca ese poder, o qué buscamos con él, más allá del género en el que hayamos caído, del que nos percibamos o del que deseemos, o como nos llamemos o de quiénes seamos.

La disputa debiera ser con ese poder, con su tensión, con sus fines y determinaciones, sin embargo no nos da, en nuestros cuerpos ni de hombre ni de mujer, para que nos atrevamos a mejorarnos en nuestra condición de humanos.

Culpable de portación de pene, por no haber socavado mi agrupamiento hormonal, otrora víctimas del sistema de poder, lo seguimos siendo desde una otra condición (iterable), dado que no se discute la opresión, sino el opresor, o sí lo llamamos con la letra a al final, en su forma original o con la letra e. 

En la invariancia (la inmutabilidad pese a las transformaciones) de la administración de lo político, de lo público y de lo comunicado, los que no estamos dentro del poder en calidad de tutelados, por más que seamos hijos en categoría varón, tendremos menos responsabilidades ante los crímenes y vejaciones perpetradas, en continuado, por el sistema cisheteropatriarcal, que se sigue sosteniendo por empeño, empuje y tesón de tanta mujer. 

A esas hijas del patriarcado les hablamos. Las que utilizaron o utilizan la dinámica o el ejercicio del poder, agresivo y violento de la bestia irracional que dicen no ser y en la que perjuran no desear transformarse. En la superioridad moral en la que se encuentran, por el azar o la necesidad biológica, de falo no tener, vaya uno a saber sí por una naturaleza proyectiva u objetiva, apelando al manejo incluso de lo comunicacional y social que hoy destaca más que ser mujer la abjuración del ser-hombre. 

Heroínas de pies de barro serán, o matriarcas de un sistema aún más injusto o excluyente. La secretaria que haciendo uso de su condición de ladera, maltrató, mintió, y fue deshonesta tantas veces para con quiénes iban a plantear una situación al legislador. Esa vecindad con el poder que la misma, ahora desde su posición de poder, sólo propone mostrar en las situaciones en las que horrorosamente fue víctima, pero nunca haciéndose cargo, de cómo respondió o responde, en su condición de victimaria o de juez. 

En este último rol, cuando sólo se réplica la condena obvia e indispensable, de un aberrante criminal que interrumpía sus violaciones cotidianas para trabajar (la singularidad de las bestias y el uso genito-sexual, más allá de la concepción sociológica, también atendible de la violación como domesticación de la mujer como presa) en vez de preguntar a su señoría ¿cómo llegó usted allí a tal posición de poder? ¿Acaso en uso de su condición, privilegiada, de hija del patriarcado? ¿Y en tal caso, en su rol de poder, piensa replicar estas prácticas que la sostienen y potencian, en la empoderada categoría de lo femenino, desde el pedestal en el que falla?. Ni que hablar en el reducto, fosilizado de lo intelectual. Dónde los tiempos del relato "En el nombre de la Rosa (Eco, U.)" parecen durar a decir de Bergson. Siquiera se le animan, las mentes más allá de los cuerpos sexuados que las resguardan, a sospechar de la democracia cómo régimen (supuestamente mejor o de menor daño) y las religiones monoteístas y sus concepciones de la divinidad masculinizadas a rabiar. 

Tal como lo expresó Hannah Arendt  «El buen padre de familia es el gran criminal del siglo XX.» Y lo explica: «El buen padre de familia, aquel que sólo se ocupa del bienestar de su familia y desprecia la vida pública, los compromisos políticos, etc., es el gran criminal del siglo XX porque su actitud pasiva contribuyó al nacimiento de los fascismos».  

Estos señores tuvieron no sólo hijos, sino también hijas, las que no pocas, en situaciones de privilegio y de poder, en vez de hacer uso de tal posibilidad de inclusión, no hacen más que profundizar la exclusión. La invariancia de lo injusto y de lo desigualdad, maquillada en forma cautivante, para seguir engañando como lo hizo desde la categoría varón, ahora desde la condición de mujer, pulverizando la posibilidad de que tengamos un mañana mejor ( y con menos pobres). 

Por Francisco Tomás González Cabañas. 

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