Sábado 28 de Mayo de 2022

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LITERATURA

20 de febrero de 2022

Verano en Madrid hacia 2019 (a la maniera de Juanjo Millás)

If you have half a brain…
Escape (The Piña Colada´s song)

 


Conforme a un complejo cálculo comercial, este verano en los cines de la cuidad proyectan una película para todos los públicos, pero que esos públicos ya habían pagado por ver e incluso por tener en casa hace ya unos cuantos años. Es exactamente igual, pero ahora protagonizada por animales reales. Bueno, la verdad es que no son reales, sino totalmente lo contrario, porque son avatares digitales, mientras que en la película anterior eran dibujos. O sea, que la gente va a ver otra vez una película que ya ha visto, bajo el reclamo de que ahora es real, pero el caso es que no es nada real, lo cual no convierte a la anterior en irreal. Aunque los animales hablan, como en las fábulas de Esopo, la trama dicen que es más bien shakesperiana, pero a los espectadores les da una higa Shakespeare, y Shakespeare, por su parte, no se pudo ni imaginar el cine, y mucho menos musical –por cierto, que animales reales canten y bailen… ¿es hiperreal, a lo membrillo de Antonio López, o imaginario, a lo teatro de la Gran Vía, donde hay que figurarse ahora que los animales son humanos, o al revés…? De todos modos, me parece que la gente no entiende muy bien lo que pasa en la película, porque se han quedado todos con lo de “Hakuna Matata” (incluso he visto a personas que se han tatuado eso en el brazo, como habiendo decidido convertir en guías de su existencia a un cerdo y un suricato), cuando de lo que trata la historia es de dejar eso atrás para asumir responsabilidades de adulto. Claro que, en el país donde se hizo la película -la primera, la original pero imperfecta, y la segunda, copiada pero al fin perfecta-, no hay reyes, más bien lo opuesto: muchos de sus ciudadanos portan armas legalmente por si algún día un rey intenta someterlos. Quizá por eso no entienden bien la película, pero, entonces… ¿para qué dilapidar el dinero en ir a verla dos veces?
También, veo que han inventado unas gafas de realidad virtual para que los niños en los hospitales, en vez de ver hospital a su alrededor, vean una granja o una playa en tres dimensiones. No hay argumento, como en la televisión, pero a cambio hay tres dimensiones. Es creación de una chica muy joven y avispada a la que enseñaron en su universidad que hay que innovar para ganar dinero, y todavía mejor si es ayudando a los niños a no pasar estrés hospitalario, por ejemplo. El estrés está hoy en todas partes, como si fueran barbudos armados en Afganistán. Hay, pongamos, estrés térmico, que es una manera de decir que el planeta va a prescindir enseguida de nosotros, o estrés laboral, que es un modo de expresar que tu empresa te ha tomado por imbécil. Hasta los niños pueden sufrir estrés escolar, según los expertos, si les haces aprender cosas que no les vayan a servir de nada a la hora de sufrir holgada y civilizadamente estrés laboral en su futuro empleo. Será por eso que sus padres, para compensar materias como el solfeo y la historia, que no sirven para triunfar ni mucho ni poco en el mundo actual, les llevan a ver la versión real/digital del El Rey León, pese a que sea un musical y pese a que los reyes sean parte de la historia. No vaya a ser que el chaval o la chavala (o ambas cosas, sea por transexualidad, trasgeneridad, ideología queer o género fluido) termine en el hospital, donde, además de medicación y reposo, se le recetará un visor con el no se ve el El Rey León, pero al menos se evita dar conversación a las visitas. Tal vez sea así porque la chica emprendedora que lo ha creado piensa que es imposible que la familia del infante de género construido o electivo jamás vaya a generar un discurso a la altura shakesperiana mínima de El Rey León, de modo que para eso mejor que se coloque con las letárgicas granjas o playas 3D…   
Pero para de verdad librarse del estrés, ese estrés secularizado que es connatural al habitante de las regiones libres y prósperas del globo donde rige la competitividad (que, no obstante, le hace a uno superarse a sí mismo) y lo que llaman “postureo” (que es siempre a lo que se dedican tus competidores, jamás tú), hay que escapar de Madrid y pedirse una piña colada en un chiringuito de playa no virtual. La playa tiene la gran virtud mágica y cibernética (como esa escena de Infinity war en la que luchan en un mismo frente Dr. Extraño e Iron Man) de que “desconectas” a la vez que “recargas las pilas”. Para conseguir semejante paradoja energética, sólo se puede contar con el riego incesante de luz solar, que es ese oro etéreo que le pone a uno en disposición de hacer lo que sea por sortearlo bajo el alero del chiringuito o tras unas gafas polarizadas o al amparo de una sombrilla. Sin embargo, en España desconectar al tiempo que recargas las pilas no se puede hacer mediante el poder de la energía solar, que aquí es abundante, porque… ¡está prohibido! ... ¡¡en serio!! Dicen que el desierto del Sahara podría proporcionar energía suficiente como para abastecer de electricidad siete veces a Europa entera, pero por eso mismo parece que nadie lo va a hacer nunca. Como hay cierta gente, poca, que sabe de cierto que por medio del llamado Cambio Climático el planeta va a prescindir pronto de nosotros, usan sus trucos de hipnotizar masas para hacer como que eso es un fake, y así apurar lo que les quede de vida para ser más ricos aún valiéndose de los recursos de siempre. Suena algo retorcido, pero tiene sentido, un estrés de sentido, al menos. La mayoría de la gente, en cambio, no sabe qué creer. Por un lado es cierto que ahora hay más estrés térmico que nunca, pero por otro lado por el momento no escasean las piñas coladas, ni las sombrillas, ni la feroz competitividad, ni el lindo postureo, ni el estrés laboral/secularizado, ni un remake ultrataquillero de El Rey León, con lo que Hakuna Matata. Te sientas en la orilla, miras al mar y piensas en el misterio del infinito, que anda hecho un asco desde que los poetas se lo cedieron a los astrofísicos. Y que es precisamente lo que hacían el cerdo pedorrero y el suricato cobarde mirando tumbados de noche al firmamento. Y es que en la sabana africana, como en Madrid, no tienen playa…
Porque, mientras, los que se han quedado en verano en Madrid se sienten muy afortunados porque las calles están vacías como después de un beso nuclear de hidrógeno iraní o coreano o del Climatic Change en que sólo creen los poderosos. Puedes sentarte frente a la tele, con el ventilador de lado a plena potencia, y en vez de meditar sobre la ausencia de límite del infinito a la vez que vas haciendo gazuza, no perder coma acerca de cómo una desconocida total que parece sacada de un posado de Instagram se hace con la presidencia de la comunidad de Madrid con apoyo de un grupúsculo ultraliberal de ribetes fascistas. A ella se le suma un tipo al que muchos apodan injustamente “Carapolla” (puesto que las pollas no llevan gafas, ya que el amor es ciego), y que piensa liberalizar el taxi para que se sufra aún más estrés laboral, o cancelar Madrid Central para que padezcamos aún más estrés respiratorio, o censurar actos musicales contestatarios para que gimamos a tope bajo la bota del estrés político. En realidad, eso nos viene muy bien, a los que nos hemos quedado en el Madrid post-apocalíptico, ya que no hay nada mejor que un poder estúpido contra el que rebelarse. Se puede poner motes, se pueden hacer caricaturas o se puede hacer un calvo en una ventana, como en Porkys 3 o en el instituto. La Heidi de Instagram y el Cockface nos van a hacer felices otra vez, como en los tiempos del relaxing cup of café con leche y los fondos buitre. Vuelven los escraches, vuelven los desahucios, vuelve la corrupción, vuelve la contra-movida madrileña y el espectro de Franco, que nunca se fue, derechito a la catedral de la Almudena. Igual es que Heidi y Cockface son hipervirtuales, como el nuevo Simba, diseñados aposta y al milímetro por Antonio López y Disney para que creamos en su realidad y nos concentremos en odiarles en vez de preocuparnos por este calor que dura extrañamente hasta noviembre. Los niños y niñas enfermos y ahora de género, orientación sexual y sexo biológicos fijos y queridos por Dios verán sus fotogénicas caras en los visores del hospital y podrán creer en la modernidad, puesto que existe la carcundia, en el cielo azul profundo, puesto que tenemos uno gris de polución, y en la cima del Bien, puesto que se arrastra por el lodo el Mal. Manuela Carmena será así como Mufasa, Iñigo Errejón como Zazú, Joaquín Leguina como Raffiki, Esperanza Aguirre como Scar, las hienas que ya sabéis todas en la cárcel, etc. etc. Todo muy extrarreal, a la par que hiperdigital. Verano en Madrid hacia 2019, además de a relatillo de Benet, suena a película que ya hemos visto, que ya teníamos incluso en casa, pero por la que vamos a pagar otra vez. E la nave va…
  

 

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