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ACTUALIDAD

28 de agosto de 2021

Nuevamente Ícaro desoyó a Dédalo.

Recordemos el mito griego que alecciona acerca desde tiempos inmemoriales, del costo que implica pretensiones y ambiciones desmedidas (en el sentido que desnaturalizan la esencia limitada y finita de lo humano). Como no podía ser de otra manera, a un filósofo, en este caso George Santayana se le adjudica (para otros lo expresó primero Napoleón) la célebre frase o axioma “Los pueblos que no conocen su historia están condenados a repetirla”. De aquí que en Occidente aún sigamos resistiéndonos a educarnos filosóficamente y por tanto nuestra historia sea una suerte de eterno retorno del castigo propinado a Sísifo.

“Durante la estancia de Dédalo e Ícaro en Creta, el rey Minos les reveló que tenía que encerrar al Minotauro.Para encerrarlo, Minos ordenó a Dédalo construir un laberinto formado por muchísimos pasadizos dispuestos de una forma tan complicada que era imposible encontrar la salida. Pero Minos, para que nadie supiera como salir de él, encerró también a Dédalo y a su hijo Ícaro.

Estuvieron allí encerrados durante mucho tiempo. Desesperados por salir,se le ocurrió a Dédalo la idea de fabricar unas alas, con plumas de pájaros y cera de abejas, con las que podrían escapar volando del laberinto de Creta.

Antes de salir,Dédalo le advirtió a su hijo Ícaro que no volara demasiado alto, porque si se acercaba al Sol, la cera de sus alas se derretiría y tampoco demasiado bajo porque las alas se les mojarían, y se harían demasiado pesadas para poder volar.

Empezaron el viaje y al principio Ícaro obedeció sus consejos, volaba al lado suyo, pero después empezó a volar cada vez más alto y olvidándose de los consejos de su padre, se acercó tanto al Sol que se derritió la cera que sujetaba  las plumas de sus alas, cayó al mar y se ahogó” (http://dedaloeicaro2.blogspot.com/p/la-leyenda.html).
“Ícaro, lleno de orgullo, no atendió los consejos de su padre” Pierre Grimal. Diccionario de mitología griega y romana. Barcelona-Buenos Aires, Ediciones Paidós, 1981, p. 278.) Por su parte el Diccionario Rioduero nos presenta al personaje como “símbolo de las aspiraciones desmedidas o el afán irracional de aventuras que conducen a la desgracia” (Diccionario Rioduero; Símbolos. Madrid, Ediciones Rioduero, 1983, p. 123.)

“La ambición es parte de la naturaleza humana. El mito de Ícaro representa esta característica de desear lo inalcanzable y perecer en el intento. Si bien esta condición ha permitido la consolidación de importantes liderazgos, ha tenido que acompañarse de cualidades, como la persistencia, el diálogo, la capacidad de interpretación o el sentido de oportunidad.
La importancia de medir los tiempos es fundamental para evitar caer en esa ansiedad generada por el deseo de llegar alto, sin cumplir pasos o procesos previos” (Cristian Bravo Gallardo. “La ambición”). 

De tan rápido que se festejaron los resultados puestos, se vivió antes del brindis y del jolgorio ad hoc (del que se debe tener derecho a vivirlo) la reseca y el malestar por intermedio de un hecho que más allá de lo fortuito habla de la precariedad en la que se asientan los números. 

Cualquier gobernante que administre las pobrezas estructurales de la aldea occidental que fuese, sobre todo las latinoamericanas, no debe apartarse de la crítica constructiva de los que le señalen los peligros de caer en la tentación de los aduladores del poder, de los encantadores de serpientes, de los bordadores de trajes invisibles que mediante números, en el colmo de la pleitesía, estampan por artes adivinatorias un cien sobre cien. 

En algún momento, hace tres años atrás se alumbró desde estas columnas un índice democrático, que establecía un ranking, por intermedio de parámetros de gobernanza o de criterios de políticas públicas para distinguir a los gobiernos provinciales y municipales. Cómo si fuese un chiste cordobés, en una suerte de invitación a granel de degustación de fernet con cola, lanzaron un ránking nacional con los niveles de imagen de los gobernantes, desde una consultora de la provincia mediterránea. Obviamente que este brebaje sedujo a muchos y de paso emborracho a nuestras democracias. Antepusieron los números por sobre los conceptos, desconociendo que la democracia, como el sujeto, como lo expresado por la biblia, es antes que nada o fundamentalmente verbo o palabra. 

Un triunfo electoral es tal más allá del número por el que se establezca, pero por sobre todo, será una victoria democrática, si los que administran poder, comprenden que las críticas constructivas son elementales y necesarias en un estado de derecho y para los que saben conducir a los críticos que las propinan, tendrán un elemento más para ser validados no sólo por números sino también por inteligencia, prestigio, grandeza espiritual y el activo principal de los pueblos que como nos legaron los guaraníes está en lo que decimos y cómo, dado que el alma, o la esencia o lo que trasciende, tiene como morada, como casa, como hogar al concepto. 

Por Francisco Tomás González Cabañas.

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