Jueves 16 de Septiembre de 2021

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24 de julio de 2021

A los que pusieron y a los que van a poner.

“Siempre que tomas consejo sobre tus asuntos privados buscas como consejeros a hombres que sean tus superiores en inteligencia, pero siempre que deliberas sobre los asuntos del estado, desconfías y te disgustan los hombres de ese carácter y cultivas, en cambio, al más depravado de los oradores que se presentan ante ti en esta plataforma; y prefieres, como mejores amigos del pueblo, a los borrachos que a los sobrios, a los tontos que a los sabios y a los que reparten el dinero público a los que realizan servicios públicos por cuenta propia. De modo que podemos maravillarnos de que cualquiera pueda esperar que un estado que emplea a tales consejeros avance hacia cosas mejores”. (Isócrates. “Sobre la paz”.)

Los que van a poner en los respectivos cargos jerarquizados del poder ejecutivo, son abrazados, cubiertos, tapados, bajo el significante de “personas de confianza de los votados para gobernar”, en caso de que alguno tenga un buen currículum será exhibido, en su defecto exagerado en sus virtudes, cuando no negado o directamente no tratada la importancia de las virtudes o idoneidad, sólo correrá aquello de la confianza imprescindible que los gobernantes precisan o le exigen a sus colaboradores, que en verdad, debieran ser celosos custodios de la cosa pública, independientemente de quién promueva la llegada de ellos a tal lugar. 

¿Qué le podemos pedir entonces, al jefe comunal , al alcalde del pueblo en donde el diablo olvidó su poncho (lo decimos afablemente) que no enconchabe a la mujer-en el caso que no sea ya que no tenga un lugar proporcionado por su condición de tal (siempre funciona, esta, la política actual para  primero a ellos, los que la administran como condición sine qua non, resolverle sus problemas más cotidianos como íntimos)-que no le dé desde la abertura estatal, la protección con el empleo a su hijo, a su entenado o lo que tenga dando vueltas?
¿Le vamos a pedir caso, que en el aborto de la naturaleza en donde la tierra lo arrojo, arropándolo igualmente como jefe comunal que piense en términos de las democracias modernas, inclusivas, transparentes, que convoque a concurso público para cumplimentar la máxima constitucional de idoneidad para conformar su grupo de colaboradores?.
¿Es acaso, la única variante posible de entendimiento, para el fenómeno de la política o de lo político, el concepto de la confianza que los tenedores circunstanciales del poder, esgrimen para justificar sus discrecionalidades, imponiendo siempre a familiares, amigos y urreros tal como lo señalan los paraguayos, para a partir de allí construir los conceptos imaginarios de equipos técnicos, de mejores equipos, y que en el mejor de los casos se constituyen en entornos; más o menos amables, pero nunca más o menos que entornos?
¿Qué es lo que necesita confiar a quién confía, al que todos depositamos la confianza pública al ungirlo con nuestro voto?
En el mejor de los casos sí necesita de confianza, que se la solicite al cura, al obispo o al religioso del escalafón que corresponda, y si no cree en ello, que asista a un psicólogo para que le soliviante la confianza y lo induzca a que busque en el inconsciente estructurado como un lenguaje los significantes otros que posee ausentes y le genera displacer.
Es más fácil, lamentablemente no trabajar en el fondo de la cuestión. Es decir en que cada quien arme sus entornos, como si gobernar, o representar (en el armado de listas para ofertas electorales) se tratase de jugar el partido de fútbol el fin de semana contra el equipo de amigos por el asado de premio o la comilona que corresponda.


A nivel electoral, y sobre todo en el poder legislativo, donde se pone el juego la representación y no el gobierno, producto de la hegemonía de la economía del pensamiento, los gurúes de la comunicación, los reyes de las palabras reducidas, acotadas, amputadas en 140 caracteres o eslóganes, se cansaron de entronizar que lo importante es la “imagen” el nivel de conocimiento y demás falacias redituables para sus propios bolsillos que son llenados por quienes gobiernan o representan los intereses públicos. 

“Cuando yo era joven, había una diferencia importante entre ser famoso y estar entre la boca de todos. Muchos querían ser famosos por ser el mejor deportista o la mejor bailarina, pero a nadie le gustaba estar en la boca de todos por ser el cornudo del pueblo o una puta de poca monta…En el futuro esta diferencia ya no existirá: con tal de que alguien nos mire y hable de nosotros, estaremos dispuesto a todo”.  (Eco, U. “De la estupidez a la locura”. Editorial Lumen. Buenos Aires. 2016)

Algunos otros podrán argüir mediante Angelus Silesius en su Peregrino querúbico, dando voz a esa otra forma de pensar, “que la rosa es sin porqué, florece porque florece. Y en esta imagen nos hace ver, no sólo que la rosa es sin causa eficiente, sin una causalidad que la haga ser y proceder, una causa que sería la razón que la instaura y la fundamenta, que le dé el porqué, sino que nos dice, además, que el acontecimiento de la rosa, su florecer, es totalmente libre e independiente de un sujeto que le dé esa razón, que le designe un valor o una utilidad”.
Es decir que la política, y su energía constituyente o  conducente, el poder, no es tan diferente a la rosa, que florece porque sí.
Posiblemente la diferencia la hagan quienes adopten una u otra manera. Es decir los que se dejen llevar por lo establecido, los que someten a los imperativos categóricos de los costumbrismos y queriendo hacer bien, compran la relación con sus cercanos, tratando de hacerles transferibles el poder que consiguieron mediante la política, trastocando con ello, lo uno y lo otro.  O esta segunda manera, de armar equipos en donde lo central, lo neural, lo basal, lo colectivo, valga la redundancia, se constituya en el bien público, que no es ni más ni menos que un abanico de razonamientos, proyectos y propuestas, en contraposición que requieren de un líder que las conduzca, que las coordine o que las ordene (esto en definitiva es la política).
Eco, tenía razón, llegó el punto (lo presumía en sus últimos tiempos) en donde definitivamente las diferencias, pasan a ser gruesas, siderales, el mínimo matiz dio paso a un antagonismo apocalíptico, a una lógica agonal, en donde o aparecemos o no existimos, o estamos en el poder o no estamos, o damos a conocer lo que creemos pese a que el significante otro lo deseche, no lo lea, no lo publique, le reste importancia, lo ningunee o  morimos en el estoico intento de creer que estamos haciendo algo importante cuando en verdad, estúpidamente nos oponemos a una maquinaria artificial y poco humana que amenaza a quitarnos los pocos instantes que logramos conquistar de libertad, con los pasos de los siglos. La naturaleza, en su sabiduría proverbial, arquetípica y primigenia, tiene saludable razón en hacernos saber que ya no tiene tiempo para que nosotros nos demos cuenta que vamos, lenta e inexorablemente, a exterminarnos, e injustamente llevarnos al fandango a ella misma por temor a la soledad descollante de la intemperie de lo desconocido. Mal que les pese, a los que palabras como estás no quieren, desean o están preparados espiritualmente para escuchar, como nos recordaba Isócrates:
“Observo… que no escuchas con igual favor a los interlocutores que se dirigen a ti, pero que, mientras prestas atención a unos, en el caso de otros ni siquiera permites que se escuche su voz. Y no es de extrañar que hagas esto; porque en el pasado se ha formado el hábito de sacar a todos los oradores de la plataforma, excepto a los que apoyan tus deseos”. 

Por Francisco Tomás González Cabañas.

 

 

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