Miércoles 27 de Octubre de 2021

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TECNOLOGÍA

22 de julio de 2021

La robotización del hombre por el hombre en el CaixaForum de Madrid

Sacando quizá de dónde no hay, va una hiperestesia filosófica acerca de una exposición en el centro de Madrid que pretende convencernos de un "cambio de paradigma" civilizatorio a partir de la infiltración de los videojuegos en nuestra vida, por Óscar Sánchez Vadillo.

Acabo de llegar de la exposición que se estrenó ayer en el CaixaForum de Madrid acerca de los videojuegos. Iba yo, lo reconozco, con ganas de ponerles pegas, de hacer algo de sangre, lo que no sabía es que estaba tan servido en bandeja, que ellos mismos ya se lo dicen todo, como cuando Paco Umbral soltó aquello de que él no tenía opinión propia, que él pensaba sobre lo que fuere como Pedro J., que para eso le pagaba. En esta expo es igual, pero sin ironía. Desde que entras, no se disimula en absoluto su carácter de agit-prop (agitación y propaganda, en los viejos términos del leninismo) a favor de la industria del videojuego. Las grandes compañías de videojuegos, como están ganando aún más con la pandemia, se han venido arriba y entienden, seguramente con razón, que el futuro es enteramente suyo. De hecho, esta expo no es una expo, allí no hay nada que mirar o aprender, sino que el mirado o aprendido es el visitante. Te entregan una chapita en recepción que tienes -es un imperativo, en efecto- que ir colocando aquí y allá (nada muy futurista, no se piense: eso ya lo hacía yo cuando era guardia de seguridad y lo llamábamos “pato”) para que ellos sepan de ti, y acumulen el Big Data correspondiente que vale un buen dinero y que tú les regalas voluntariamente pese a que ya de por sí la entrada cuesta seis euros. De modo que Homo Ludens, una supuesta exposición multidisciplinar de lo que ellos mismos llaman, a ver si te lo crees, “la Era de los Videojuegos”, y que roba su nombre del clásico ensayo de Johan Huizinga publicado en 1954, en realidad no es más que recabar la opinión de las masas acerca de si van a asumir dócilmente el paso del desorden analógico a la tiranía digital. Fuera de eso, no hay más que cuatro trastos, con los que ni siquiera se puede, como se dice ahora, “interactuar”. Pero os cuento, porque debéis ir, debéis empaparos de lo que pretenden hacer con nuestras carnosas vidas, y porque pronto esta misma recogida de datos y como plebiscito encubierto estará de gira también por vuestro pueblo o provincia…

Penetras en la cosa, como un ladrón en la noche, y lo primero que debes responder, “pato” electrónico en mano, es por tu género: mal empezamos. A continuación, directos al grano, los videojuegos te parecen… ¿Una pérdida de tiempo, un sector potente, un estilo de vida, un arte o una forma de aprendizaje? Confieso que me dio miedo, así que cliqué “un sector potente”. Huelga decir que es una gigantesca pérdida de tiempo, en la vida concreta de alguien, pero es que aquí no se refieren a las videoconsolas, aquí lo que desean fervientemente en convencerte de que algo que llaman “(Video)Ludificación” ya ha trastocado y permeado el tejido de la realidad, o sea, del dinero, del poder y de nuestros hábitos en relación con ellos. Y eso no depende, me temo, de lo que yo opine o no, eso nos lo van a imponer y Sanseacabó. Una vez impuesto, se nos dirá que es Arte, por supuesto, que es un estilo de vida que has escogido y que además vas a aprender mucho con él, al infierno los libros, las conversaciones con los amigos y en general la gramática parda de la vida en la calle, ya no van a existir nunca jamás las calles (varias pantallas gigantes de la exposición te lo dicen así de claro: hay que vaciar las calles, hasta el desfile del Orgullo Gay se va a convertir en virtual). Cuando vayas, por si acaso, clica el “sector potente”, como yo, por si acaso, que the Big Brother is wachting you. Porque justo a continuación exigen extraer tu amedrentado parecer acerca de si prefieres “la realidad o la fantasía”, que es como la píldora azul o roja de Morfeo. Yo creía que la fantasía ya era parte alícuota de la realidad, que la una no se daba sin la otra, pero yo qué diablos podré saber si nací antes de los primeras salas de juegos recreativos y por lo tanto soy un viejo total y un “nativo catódico” –en otras palabras: que me pasé la infancia viendo la tele y jugando hasta las tantas en la calle, eso que ya no existe (otra de las megapantallas de la expo va de eso: avanzar por una ciudad vacía, de noche y en la que llueve, Blade Runner tras el apocalipsis…)

Sin duda la fantasía merece más la pena, porque si nos tragamos la pastilla correcta vamos a poseer un cuerpo “híbrido, monitorizado y aumentado”. Te lo cuenta un chico calvete y con barba que sale dando una minicharla en otra megapantalla. Mi cuerpo ya está aumentado, tipo morsa polar, pero parece que el asunto no se refiere a eso. A lo que se refiere, de lo que el futuro está encinta, es de que yo seré un gordito, pero mi avatar en las redes sociales podrá lucir perfectamente como Iggy Pop en sus mejores tiempos. El chico que habla en la pantalla no disimula nada, puesto que reconoce abiertamente que eso es capitalismo avanzado, que eso es hiperconsumo y que eso es la culminación del deseo humano: pasar a ser lo que no somos, subvertir la naturaleza y valerse de la imagen a fin de dejar de ser Clark Kent para ser Superman –la analogía es mía. El terreno está abonado, hoy más que nunca, por la Teoría de Género y la actual Ley Trans española, con la que yo personalmente estoy completamente de acuerdo, lo que ocurre es que no sé si se han dado cuenta, los activistas LGTBI+, de que una vez que les hemos aceptado -“comprado”, dicen los maleducados- el antiesencialismo en la consideración del ser humano, por convicción y también por simpatía hacia ellos, vamos a tener que pasar por el aro -“comernos”, dirían los maleducados”- igualmente que, si no tenemos naturaleza intrínseca, entonces ya no hay obstáculo a que esta nos sea diseñada desde fuera. En la charla del calvito, sin ir más lejos, sale una chica de poderosa cadera que se hace un avatar de cadera estrecha y se le ilumina el rostro de felicidad. Pero a mí eso no me parece libertad de la Era de la VideoLudificación, sino esclavitud. La libertad real sería conseguir hacer atractiva y viral la cadera anchota, o que el calvo del video meta un virus en la red que rape el pelo a todo Cristo, como ha hecho Ibáñez en los tebeos de Mortadelo y Filemón desde hace décadas. Aquí creo que hay algo no bien asimilado del todo, ya que o bien de verdad la tecnología nos da el poder individual de proyectar nuestros gustos particulares a la colectividad, o esto no es más que lo mismo de siempre desde el Paleolítico: el hechicero de la tribu usa de los medios de que dispone para homogeneizar a la peña (esos medios eran antes el miedo al rechazo social, y hoy igual, pero contando uno a uno los “likes”…)

Lo bueno, ya digo, es que todo es transparente, no hay engaños. Bueno, sí, hay un engaño grande, pero ya era previo a este intento de lanzar la industria del videojuego como panacea universal. El engaño es toda una sala de esta exposición consagrada a que el visitante relacione videojuegos con lucha contra la violencia de género, Black Lives Matter, Arte Contemporáneo, búsqueda de la propia identidad -dado que primero te ha sido vaciada-, y lo más íntimo y sensible de todo: el amor. Los videojuegos van a enseñarte a amar de otra manera. Todo es transparente, menos una sibilina traición a la Ilustración. Resulta que los videojuegos hacen política también, pero, al margen de que nadie puede comprender  qué efectividad política pueda tener un ser humano encerrado en su casa pegándole al Minecraft (si yo fuera Xi Jinping, allí es donde precisamente querría tenerle), nos hacen el truco de hacernos pasar lo particular por universal. El Estado moderno, en teoría, era esa instancia en que los intereses privados se reconciliaban en una regulación que aspiraba a la universalidad, pero ya me diréis qué universalidad de la razón humana puede querer implementar -y perdón por la expresión- Nintendo. Jeff Bezos, hace unos días, se subió a un cohete rápidamente eyaculado al espacio exterior y en menos de lo que dura un coito ya estaba en tierra otra vez. El negocio del viaje espacial para superricos quedó así inaugurado (cuya misión es la siguiente: que los milmillonarios puedan comprobar con sus propios ojos cuán frágil y poquita cosa es la bolita de tierra, nubes y agua que se van a cargar), pero habría que ser muy ingenuo para pensar que con ello se va a beneficiar de alguna extraña manera a la humanidad en su conjunto.

Sigues paseando y te topas con otras preguntas enteramente capciosas y todo menos inocentes, cosas que ponen la piel de gallina como “Explorar grandes retos sociales a través de los videojuegos nos llevará a… ¿Empatizar con otras personas o a banalizar su realidad?”, o “En el futuro, usaremos más los videojuegos para… ¿Solucionar problemas o evadir problemas? La pregunta se responde a sí misma, ellos se lo dicen todo, lo que pretenden es averiguar si te vas a meter en la ratonera gustoso o no. La mejor, de hecho, la más significativa es “¿Crees que la industria de los videojuegos es peligrosa?”. Ni se te ocurra responder que sí o terminarás como Jeff Bridges en Tron… Ya digo que menos eso, menos que nos quieren colar la heteronomía del mercado en vez de la autonomía ilustrada con el pretexto del juego y de lo mucho que nos vamos a divertir en el empíreo del Ciberespacio, todo es transparente, franco y directo. El orador alopécico, de nuevo sin cortarse un pelo (ha sido sin querer…), nos cuenta que ya se emplea la ludificación en las guerras, tanto en la táctica cobarde de los drones como en la masacre en las calles -en los shithole countries sigue habiendo calles-, porque el tío que lleva el tanque puede visualizar a la gente como si fueran muñequitos de videojuegos y así matarlos mejor. Tal cual, os lo juro, aunque con otras palabras. O -esto es casi mejor- que la manera en que los videojuegos pueden colaborar con la medicina es cascarle a una niña unas gafas de realidad virtual para que crea que el pinchacillo de la vacuna de la covid en realidad es una poción mágica que en un universo paralelo la protegerá de los monstruos. Pero hombre de Dios, ¡¡¡¿qué te hace pensar que la pobre niña se va a asustar menos con los monstruos que con el virus?!!! Para concluir, os digo como veo yo el futuro. Hemos luchado durante siglos contra la explotación del hombre por el hombre, algo que ha tenido lugar tanto en el bloque soviético como en el capitalista-liberal. Lo que viene a explorar CaixaForum, en plan Caballo de Troya, es hasta qué punto vamos a abrazar la robotización del hombre por el hombre si nos es presentada como un juego...

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