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POLíTICA

27 de diciembre de 2020

Razonable y democrático para evitar los gerentes del pobrismo.

Sí algo debe rediscutirse del peronismo es aquella definición del propio Perón, acerca de que en los tiempos en los que vivió, existía, o era su pretensión política, una sola clase de hombres; los trabajadores. Sobretodo en los tiempos actuales en donde todo lo vinculado al movimiento que surgió con Perón, ha sido secuestrado por la experiencia del Kirchnerismo o del Cristinismo, incluyendo su última versión “Fernandista” que como meta-dado, sumió a millones más de compatriotas al estrago de la pobreza y la marginalidad, pese a manifestar desde la épica narrativa, siempre lo contrario.

De aquel tiempo a esta parte, nadie ha planteado aún, que el sujeto histórico de la democracia debe dejar de ser el individuo.  Nos urge el hacerlo, dado la problemática manifiesta y sistemática, en los diversos lugares en donde se lleva a cabo el ejercicio democrático moderno en los distintos puntos del globo. Como bien sabemos esa legitimidad, es la que cíclicamente cae en crisis cotidianas, y que diferentes autores, tanto intelectuales como comunicadores, le ponen nombres varios, y le dedican extensas páginas de actualidad como de ensayos académicos, sin que puedan arribar a la sustancialidad de lo que diagnostican y abordan con taxativa precisión. 

 El sujeto histórico debe dejar de ser el individuo, para conveniencia de tal y para regenerar el concepto de lo colectivo. El sujeto histórico de nuestras democracias actuales debe ser la condición en la que este sumido el individuo. Independientemente de que estemos o no de acuerdo, desde hace un tiempo que el consumo (al punto de que ciertos intelectuales, definan al hombre actual como “El Homo Consumus”) y su marca, o registro, es la medida del hombre actual, como de su posicionamiento o razón de ser ante la sociedad en la que se desarrolla o habita. Somos lo que tenemos, lo que hemos logrado acumular, y no somos, mediante lo que nos falta, en esa voracidad teleológica o matemática de contar, todo, desde nuestro tiempo, a nuestra infelicidad. Arriesgaremos el concepto de una existencia estadística, en donde desde lo que percibimos, de acuerdo al tiempo que trabajamos, pasando por lo que dormimos, o invertimos para distraernos, hasta los números en una nota académica, en un acto deportivo, en una navegación por una red social para contar la cantidad de personas que expresan su satisfacción por lo exteriorizado, todo es número. Nos hemos transformado, en lo que desde el séptimo arte se nos venía advirtiendo desde hace tiempo en sus producciones de ficción. Somos un número, gozoso y pletórico de serlo. El resultado final de lo más simbólico de la democracia actual, también es un número (el que obtiene la mayoría de votos) sin que esto tenga que ser lo medular o lo radicalmente importante de lo democrático. 

Aquí es donde planteamos la urgencia de modificar el sujeto histórico. Sabemos que el todo es más que la suma de las partes, desde lo metafísico, desde lo óntico, incluso desde lo psicológico. Pero hasta ahora no hemos aplicado tal principio en la arena de la filosofía política 

Que el todo sea más que la suma de las partes, implica necesariamente que la democracia representativa actual deje de reposar, de estar acendrada en la expectativa que genera a todo y cada uno de los individuos, horadando la legitimidad de su razón de ser y amalgamando la cosmovisión y la cultura individualista, que socava el principio inviolable e irrestricto de libertad.  

La representatividad estadística que fuerza al juego ficticio de partidos políticos, que definen ideas o razonamientos políticos que establezcan respuestas a los problemas colectivos, ha pasado a ser ficción literaria, rémoras de  épocas que nunca más viviremos, salvo en la melancolía de corazones románticos. 

La democracia debe fundamentarse, o estar fundada, en la condición estadística en la que se circunscriba el individuo. Esto es, asumir la realidad para a partir de ella construir la expectativa que es su razón de ser. De lo contrario, en caso de continuar, generando expectativas ante la mera convocatoria de elecciones, para renovar representantes, la legitimidad del sistema siempre estará riesgosamente en cuestión, pudiendo alguna vez, un grupo de hombres considerar el retorno a algún tipo de absolutismo. 

No existe, en nuestra modernidad, más que dos clases de hombres, los que tienen y los que no. Los que no son pobres y los que lo son. Ante esta existencia estadística, es muy fácil determinar los parámetros en los que se asienta el límite para  catalogar quiénes son pobres y quiénes no. Organismos internacionales, solventes jurídica y monetariamente, pueden unificar criterios para establecer la suma o la cantidad que precise un ser humano, diaria o mensualmente, para ser o no ser considerado pobre. Esta cuestión metodológica es la más fácil de zanjar, por más que puedan existir varios tecnicismos para ello. Lo radicalmente importante, es considerar que la nueva definición de democracia que proponemos, es que debe tener por finalidad, que menor cantidad de personas, en un determinado tiempo y lugar, deben ser pobres. Esta debe ser la razón de ser, básica, principal y prioritaria de la democracia actual. El eje de su sustentabilidad legítima, debe estar sustanciada en esto mismo. Sí la democracia, bajo esta nueva finalidad y por ende definición, no logra su cometido, pasará a ser otra cosa, por más que se convoquen a elecciones o se mantengan circuitos o instituciones representativas.

 La sujeción de lo democrático a la condición en la que este sumido una determinada cantidad de hombres, garantizará que la expectativa que por regla natural es su razón de ser, no sea siempre una abstracción, sino que este supeditada a un resultado, a un determinado logro, concreto y específico. 

Esta es la única manera de enfrentar el “pobrismo” político, conceptual y dogmático, que plantea una democracia chabacana, apocada y administrada por “gerentes de esa misma pobreza”, de las que el estado se desprende y desentiende, pero que maneja a discreción y bajo el dogma del populismo, sea político o moral-religioso.  

Como si faltasen razones como para esta resignificación de lo democrático, que la salvara de la inanición a la se encuentra condenada, nada sería más lógico, razonable, y válidamente verosímil que la legitimidad de la democracia, se encuentre acendrada en que representa, prioritariamente no ya partidos u hombres (por otra parte, insustanciales e insulsos) sino que radicara su logos existencial, en modificar la condición en la que habitan sus hombres, no ya como números o discursos, sino como sujetos de carne y hueso, al que no se le siguen conculcando sus derechos universales y elementales. 

La nueva representatividad de lo democrático además estaría sometida, a un resultante concreto, determinado y observable. Ya no sería como lo es, una cuestión hermenéutica. Es decir, el juego dialectico, al que someten al ciudadano, sus representantes, daría por terminado y concluido por su propia y falaz inconsistencia. Ya no estaríamos presos de discursos, de palabras en zigzag y campañas de todo tipo y color, para que les demos la razón a unos y a otros, para que finalmente, todos y ninguno a la vez tenga parte o nada de la misma. 

La democracia consolidada en valores, en instituciones que se asienten en las mismas y que respondan a valores trascendentes y trascendentales del individuo pero que respeten al mismo en su condición de sujeto bajo condiciones de libertad y plausible de constituir una frontera entre lo común y público y lo privado y propio. 

 

El peronismo, como concepción de la política y testimonio histórico es patrimonio de nuestra argentinidad, así, incluso y por, sobre todo, estemos en sus antípodas. Cuestionar al peronismo, es cuestionar la pobreza e inferir, tanto, que la avaló, promocionó y acrecentó, como todo lo contrario. El peronismo es una categoría que nos permitiría abordar la cuestión de la pobreza, desde sus diferentes perspectivas y soslayarla desde sus rincones más insospechados. 

 

Cómo nunca antes el peronismo, debe zanjar entre los que se sienten parte activo del mismo, sí son perversos alentadores de la pobreza de la que dicen pretender mitigar, convirtiéndose en gerentes y promulgadores del “pobrismo” como concepto político y social, o sí desde la libertad política y bajo los estímulos y los límites democráticos, confeccionan una praxis de la institucionalidad y de la racionalidad  

 

Tal como en la Argentina, en tantas aldeas del globo, la disputa nodal es la misma. Los que administran y gerencian la pobreza para beneficiarse de la misma, mientras dicen atacarla, o los que en uso de la libertad política y bajo los dispositivos democráticos intentan el condicionarla bajo valores socialmente aceptados, pese a ser objetados o puestos en tensión desde los dogmas o absolutismos políticos que se exigen cumplimentar con religiosidad o religiosamente. Convirtiendo de esta manera al sujeto en fanático y a la política en disputa, eterna e irresuelta del uno con el otro.

 

Por Francisco Tomás González Cabañas.

 

 

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