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ANÁLISIS

16 de agosto de 2020

La lista de Santa Ana.

Nuevamente el síntoma nos da la pauta de uno de nuestros inveterados males culturales. El infantilismo patológico, repite el acto que decodificamos como goce, confundiéndolo con placer. Una vez más, los responsables son “los hijos de”, caemos nuevamente sobre ellos, quitándoles la responsabilidad a sus progenitores, tanto la existencial como la política. Cómo si fuese poco, responsabilizar a la prole, por lo que hagan o dejan de hacer sus poderosos padres, es el accionar más cobarde y vil, de agarrarse con el más débil para evitar hacerlo con los que debieran responder por sus acciones públicas, que no precisamente tendrían que ver con cuántos hijos han tenido y que hacen estos o dejan de hacer.

En una provincia con tan variados y estructurales problemas, la obvia preferencia y deferencia del sistema todo hacia los vástagos del poder, no debiera ser un elemento de conmoción, sorpresa o indignación, propalada por quiénes, comunicando, se dicen, presentan o auto-perciben, como opositores a un “régimen” del que en verdad sólo se diferencian, por querer ser ellos, sus críticos, quienes estén en el pináculo de los privilegiados. 

Vayamos si no, a uno de los arietes más controversiales, en estos días, que en verdad lo suele ser, como otro de los síntomas, el reflejo de otros de nuestros grandes males, desde hace un tiempo a esta parte. 

Hablamos de nuestra relación con la justicia, entendida como dinámica o forma de dirimir los conflictos y de su institucionalidad como poder establecido. 

Producto de una causa política, que arrojó años de cárcel para un grupo del mismo partido, al cumplir condena, una de las víctimas organizó un observatorio judicial, aglomerando a la facción perjudicada. En el afán de sumar cantidad y acopiar, pruebas de injusticias, este organismo, sumó a miembros que debieran explicar antes, la condición de victimarios, que tuvieron con respecto al vínculo que supieron construir con la justicia, de la que ahora dicen ser víctimas. Son muchos los casos, variados y hasta de color, sin embargo, los más sustanciosos son dos.

Uno corresponde a un ex intendente, ex legislador y cultor, en su rara interpretación del movimiento político al que dice pertenecer, del nepotismo, mediante el cual, “hizo llegar” a su padre por muchos años, en la poltrona del superior tribunal de justicia. Tal vez estuviera transgrediendo algo más que una disposición para evitar una pandemia, como los hijos de en el caso Santa Ana, este hijo del otrora juez del STJ de Corrientes, debiera al menos, narrar en sus veleidades literarias, como su padre llegó a tal lugar, para, desde esa honestidad intelectual que suele presumir, dejar en claro un capítulo de la historia oficial de la conformación de los últimos años del poder judicial en Corrientes.

El otro caso, es el hijo de Delio, otrora fiscal en tiempos del pre-peronismo, uno de sus herederos, construyó y construye poder desde las sombras que le brindan pantallas, como las de uno de los diarios que regentea. No por casualidad, sacó en tapa el viejo proyecto de terminar con el régimen Colombista, vía la intervención del poder judicial correntino. El proyecto, políticamente no es malo, pero se torna imposible con los actores que se constituyen para retomar tal idea. El último senador nacional que presentó un proyecto de ley a tal efecto respondía a un ex Gobernador, de apellido también Colombi, a quién le “suicidaron” un colaborador, que casualmente, días atrás de su muerte, dejaba de trabajar, como director en uno de los diarios del heredero de Delio. Sí las mismas páginas, del mismo diario, se mancharon de sangre, porque cómo si fuese poco, el suicidado, murió minutos después de presentar una denuncia contra el primo del entonces gobernador, que pretendía y consiguió, retornar al poder. Lo más siniestro de esta “olvidada” historia de nuestra correntinidad, es que existió una denuncia, mediática, como judicial, de que en manos del muerto, se atesoraba una computadora, con un contenido de magnitud tal, mediante el que se podía, y muchos dicen que se realizaba, extorsionar a ciertos miembros más encumbrados del poder judicial correntino. 

Pero el infantilismo que padecemos, nos hace hablar del hijo del senador tal, con problema de drogas, sí el del ministro emuló al del gobernador, expresando en una frase de red social, micro o macro machismo, todos aspectos seguramente condenables en el ámbito que deban condenarse o actuarse conforme a la ley y obviamente a los problemas de esta y su implementación, que sólo los resolveremos en tanto y en cuanto nos encarguemos precisamente de los aspectos nodales, centrales y no de los efectos o síntomas, como lo venimos haciendo hasta ahora. 

Es mucho más sencillo, desde una banca legislativa, arribada por la ejemplar tarea de ser una soldada de cristina, promover al marido, para que se inicie como secretario de un juzgado federal, que el aprovechar el espacio del observatorio judicial para tratar por ejemplo el caso de la muerte, de quién recibía, en proporción sideral pauta oficial del gobierno del ex Senador nacional, que promovió la intervención al poder judicial correntino. 

Muchos de los que se presentan como partícipes de la solución, son o han sido, en verdad, parte del problema. Hasta que esto no se entienda y se actúe en consecuencia, difícilmente la justicia como los otros poderes del estado puedan mejorar o si quiera no seguir empeorando.

Pero para demostrar que lo del “coraje de la correntinidad” sólo es semántico, nos agarramos con los supuestos victimarios, los hijos de, que son primero víctimas de sus propios padres qué alienados por el desquicio de un poder perpetuo, los dejan a la deriva, sin formación conceptual ni emocional, sin objetivos, sin fines, sin reglas, sin límites, sin arrepentimientos ni remordimientos. Esa generación necesita que la comprendamos, no necesitan que los juzguemos, porque con toda razón no existe justicia para ellos, como para nosotros tampoco, es cuestión que nos demos cuenta, que sí queremos una sociedad o comunidad más justa, debemos ser sinceros entre nosotros, hacernos cargo cada uno de lo que nos compete y no subestimar ni sobrestimar la posición que cada uno, nos supimos conseguir que otros la habrán heredado, comprado u obtenido, y que nos hace interactuar en el día a día de nuestra cotidianeidad más allá de las listas  de tal o cual lugar, que como bien sabemos existen y hasta que no decidamos lo contrario seguirán existiendo para ingresar a una fiesta clandestina, a una lista electoral para ser legislador o a un cargo en el poder judicial. 

 

Por Francisco Tomás González Cabañas. 

    

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