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ACTUALIDAD

2 de julio de 2020

Necesitamos un nuevo índice para determinar al pobre o la pobreza.

Tal cómo si fuesen simples comentadores de lo que nos ocurre, nuestra clase dirigentes, y sobre todo quiénes fueron votados para asumir determinadas responsabilidades políticas, nos advierten que la pobreza aumentará dramáticamente tras los efectos, principales, como secundarios (confinamiento) de la pandemia. Necesitamos mucho más que ésta función relatora, narradora y comunicacional de nuestros políticos y los suyos (amigos, adeptos, militantes, familiares, asesores y todos los que conforman los nudos). Esta versión periodística de la política, genera, además, que el periodismo, pregunte muy poco y poniendo el eje en aspectos que tal vez sólo sean rutilantes para ellos y para los políticos, dejando en el margen de la excepción, al populoso campo de los múltiples, de los ciudadanos, de los habitantes, del pueblo, de las muchedumbres y masas, que ya demasiados problemas tienen, como para denunciar, que no están sus intereses representados, dignamente, con los políticos comunicando o con los periodistas haciendo política de medios.

Los índices de pobreza, complementados con índices de desarrollo humano y demás aspectos que miden, por intermedio de números, variables objetivas, concretas y determinadas, fijan la condición del estudiado como un mero resultante, como un sujeto privado de su condición de tal. Nos brindan ecuaciones que nos hablan de consumidores en lugar de personas. A partir de este diagnóstico fallido o carente de lo esencial, se articulan o se constituyen proyectos y programas de gobierno tendientes a resolver la problemática, que confusamente queda reducida a una mera y huera cuestión administrativa o de administración. 

Que una persona no pueda comer todos los días, no tiene únicamente que ver con ello mismo. Es decir, no podemos medir esta desgracia solamente sí nos interesa, el valor proteico de su dieta o cada cuánto ingieren determinados alimentos. El principal drama que atraviesa una persona en esta situación es que tiene cercenada su libertad mínima, básica e indispensable. El punto es que la pobreza, en verdad (de acuerdo, a nuestra conjetura) tiene estricta relación o indiscernible, con el grado de libertad que tenga para desarrollar ciertas actividades, que además de las básicas, implique lo que pueda realizar en un contexto global en donde se podrían establecer al menos diez ítems. Es fundamental que comprendamos que sí proponemos la elaboración de un índice con estas características, partimos de la base filosófica de la cuestión pero no para quedarnos con ella, sino para instrumentalizarla, como una herramienta que nos sirva mucho más de lo que nos vienen sirviendo los índices clásicos o tradicionales. Hacemos eje crítico en esto mismo, dado que en su noción estadística, todo índice debe poseer valores numéricos, pero necesariamente debe partir de un aspecto conceptual. Precisamente de esto carecen los índices de pobreza que producen diagnósticos a partir de los cuáles, con tal diagnóstico errado, impreciso o inexacto, se generan políticas públicas, de administración, de distribución o de producción de recursos, que no resuelven ni resolverán la problemática de la pobreza, dado que no está enfocada, tratada, estudiada, ni por ende, medida en su relación fundamental.

El nuevo índice que proponemos debe ser un cuestionario, básico, sencillo, que tenga como objeto el brindar un resultante, de acuerdo a no más de diez preguntas. Claro que estas no tienen que tener, como finalidad el determinar niveles de consumo, de ingresos o de salarios, ni única ni prioritariamente. Pueden figurar sí, como una de las preguntas más, pero no dejando de lado, la vinculación de un ciudadano con la posibilidad de tomar contacto con un valor cultural, con la cantidad de reuniones, o intercambios, por la modalidad que fuere, que tuvo o tiene y lo enriquecen en su condición de humano. Este índice nuevo, debe medir la posibilidad del sujeto con actividades deportivas, lúdicas, recreativas y de ocio creativo. El cuestionario debe reflejar si el sujeto posee condiciones concretas de modificar realmente, su vestimenta, el hogar en donde vive, los medios de transporte que utiliza y de qué manera, determina, si es que puede, las prioridades cómo para que su vida se organice y cuánto puede elegir al respecto. Estudios, capacitación y accesos al conocimiento teórico como práctico, debe ser soslayado, cómo la dinámica laboral en el caso de que se encuentre en alguna o que haya pretendido o pretenda. 

Podríamos aprovechar este tiempo, como para dejar ese lugar de confort, de simplemente comentar y narrar lo obvio. Podríamos anudar la vinculación de la pobreza con el nivel de libertad, bajo un cuestionario de características como las presentadas, que nos hagan comprender de la importancia vital, de que lo numérico, es un subproducto de lo humano, que ha sido, es y será, en principio, verbo, palabra, logos.

Lograríamos, además de contar con políticas pública más acertadas y atinadas, entender que la pobreza no es una problemática individual, de grupos, de sectores o de lo que determina una variable numérica, sino el principal desafío que desde un tiempo a esta parte tenemos los seres humanos para considerarnos o no, integrantes de un todo colectivo, que sin perder identidad, asuma la cuestión del otro, como la cuestión de lo propio. 

 

Por Francisco Tomás González Cabañas. 

 

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