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ANÁLISIS

21 de junio de 2020

¿Hasta cuándo durará el contrato de alquiler de Sergio Massa?

El aceleracionismo que imprimió la pandemia, para que los artífices del fenómeno Alberto Fernández, muestren el verdadero rostro del Cristinismo en sucesión (la post-cámpora) genera las primeras reacciones estertóreas y por ende emocionales y no razonadas en el plano de lo político. Ciertos sectores independientes que oscilan entre la tilinguería, el cipayaje, la defensa proba de cierta institucionalidad, la necesidad romántica de una definición de lo democrático, de acuerdo a que lado de la grieta uno se ponga o posicione, pueblan editoriales y llegaron a rutas, plazas y calles para expresar el deseo que la energía denunciatoria ante el presidente reciente se traduzca en el momento electoral, en esa ancha avenida del medio (cómo una de las posibilidades) en la que el actual Presidente de la Cámara de Diputados de la Nación, se viene acendrando políticamente, desde que abandonara el cristinismo primigenio tras haber nacido como uno de los predilectos de Néstor (previa recomendación de ex presidente Duhalde).

Este recorrido por el CV del ex intendente de Tigre, ex candidato testimonial, ex funcionario en un par de áreas, cobra sentido para destacar su prosapia (por más que una leyenda urbana diga que se inició en la UCEDE) peronista, pertenencia política que desnuda una maravillosa capacidad, en sus integrantes, para saber en que momento pegar un volantazo pragmático que lo conserven en carrera para continuar en el poder, o para acrecentarlo. 

Nadie que tenga una dedicación de tiempo medio, en la arena política local, puede desconocer que el hombre del frente renovador, suscribió un contrato de alquiler, apoyado en un porcentaje real y estimado entre el 15 y el 20% del electorado total, a cambio del lugar donde se encuentra, más el que le consiguió a su mujer y a un puñado de dirigentes que los considera “propios”. 

Lo que se pueda decir en otros términos (acuerdos políticos, coyunturales basados en plataformas ) y demás variables, suenan, al menos para la presente pluma, más a una “sarasa” insostenible, para quién ayer estuvo en un lugar, hace unos minutos en otro (desde ese lugar propio que restaba al de origen y que posibilitó el triunfo de los de “enfrente”), al punto de haberse granjeado ese mote de “ventajita” que lo terminó de decidir para volver a apostar en el último acierto del año pasado.

La dinámica de la política sin embargo, lo volverá a poner frente al espejo de la rosca, de la negociación (la reivindicada por quién sucedió en su lugar de la presidencia de la cámara) para renovar su contrato de alquiler en mejores condiciones o para finalmente disolverlo. 

La clave de esta negociación es precisamente la que terminará de hacer que las cacerolas y las movilizaciones queden en su insipiencia o avancen y se transformen, nuevamente, en un punto de inflexión que vuelva a dar la posibilidad de cambio. 

Así como la magia del poder reinante, reinventó la fórmula para que la que gobierna no lo haga desde la formalidad central, la oposición debiera tomar nota que su fortaleza (es decir cambiemos, en caso de que desee recuperar el poder) no se encuentra en las calles, en las movilizaciones, ni en las reacciones mediáticas (al menos por ahora o en un primer orden), sino más que nada, en azuzar, condicionar, acelerar y “operar” a Sergio Massa, para que por los motivos que fuere (el mejor sería hacerle creer que puede ser una tercera opción como alguna vez lo creyó) rompa el contrato de alquiler o pida una recomposición del mismo y que esta demanda y exigencia le genere la disolución por la contraparte, que cómo sabemos, esta poblada de ortodoxos, fundamentalistas y extremistas políticos.  

Por Francisco Tomás González Cabañas. 

 

 

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