La pregunta es retórica. Es decir no se espera una respuesta, no porque no la tenga, sino que probablemente la misma nos produzca cierto escozor. No deben existir intelectuales en Corrientes dado que en el caso de que sean tales, no podrían asumirse como correntinos. Al menos los que crean en cierto compromiso social, no podrían convivir con los índices sociales de marginalidad y desigualdad que se presentan, africanamente, en la otrora tierra habitada por los guaraníes. Tampoco son reconocidos por el establishment, o por los principales cortesanos del régimen, que a ritmo de chamamé y carnaval, imponen las pautas de una cultura que afanosamente, fotocopia ferias de vanidades, en el nombre de las buenas costumbres, que no son tales, precisamente porque no acepta, ni admite, que se las cuestionen, que se las interpelen. Caen en saco roto, quedan en los cajones, de oficialistas y opositores, las indagaciones profundas, por ser, acusadas, tal como en la oscuridad del medioevo, de conllevar, perspectivas satánicas o alienadas, por parte de mentes sórdidas, desde donde se eyectan pensamientos escabrosos y febriles.

No es sencillo, tener que ejercer el rol de anoticiarle al poderoso de turno, que más allá de su circunstancial poder (que adictivamente este lo querrá perpetrar, horadando lo democrático, pese a que discursivamente diga que lo hace precisamente por finalidad opuesta) puede mejorar con sus presentaciones , tanto en su individualidad como ejerciendo su rol ante la comunidad toda, evitando manifestarse con lenguaje que use vocablos soeces o de la informalidad más rudimentaria, evitando incluso manifestarse desde el rol que ocupan, acusando con nombre y apellido a ex actores principales, desde una posición, paradojalmente de paladín de la justicia, privando al atacado de su derecho a defensa real, al acusarlo mediáticamente en vez de hacerlo en el fuero competente. Tanta legislación acertada hacia el sendero de evitar los diferentes tipos de acosos, pero ninguno que apunte hacia el corazón de los mismo, el acoso político, del uso y del abuso del poder, por parte de quiénes ni siquiera se esfuerzan por ser mejores políticos o intentarlo al menos en sus manifestaciones públicas. 

Probablemente el proceso sea irreversible, posiblemente estemos en una pendiente que inevitablemente nos conduzca, a en unos pocos años, que el grupo de olvidados por la política democrática, esos que se esconden por períodos, que se les consigna otro término, que se los define de otras maneras, por cuestiones semánticas que sirven a relatos o construcciones mediáticas, pero que siempre son los mismos, nos enfrenten a los otros, y ahí sí que la grieta, va a ser de verdad,  no un juego de palabras para aumentar el rating de un programa de televisión o para que un portal de noticias aumente sus visitante, porque esos otros, también serán los mismos, y en esa mismidad, se disputarán, lógica, natural y decididamente, el derecho y la razón de porque algunos, los menos, para más, son los que siempre tienen todo, contra, enfrente, versus, los que en misma proporción, y para mal de males, en mayor cantidad, han tenido casi nada o siempre menos. 

En este punto, en este hiato, que imploramos, anhelamos, deseamos que nunca se produzca (claro, desear se puede desear siempre, el cocainómano, fumador empedernido, alcohólico, obeso y sedentario, probablemente también desee cuando le duele el pecho que esa vez no le llegue el infarto…) porque seremos los que estemos en el medio, los que decididamente y en ese entonces no podamos hacer nada. 

Por ello es que insistimos ante nuestra clase dirigente, para que mejoren los estándares democráticos, o para decirlo sin ambages, que no se note tanto. Ya nadie les pide que no sean nepotistas, amiguistas, arbitrarios, al menos le pedimos que instruyan a cada uno de los que ponen y digitan con el índice. Aconséjenlos que al menos se asesoren por algunos que hayan leído algunos libros, que esa suma que hacen de llevársela toda (nombrar a toda la familia, parientes y entenados y que nadie los asesore realmente) no les va a servir en un futuro próximo, que será inexistente pues  por angurrientos se están llevando puesto este sistema en donde los únicos privilegiados son ellos mismos. 

Muchas veces el rol del intelectual se confunde con el de una suerte de profeta, que por hesitar, y por defecto intelectual de esa duda permanente observa siempre el vaso medio vacío, pero esto no es una cuestión de fe, mucho menos de artes adivinatorias, es una inferencia que va más allá de lo científico, no somos, ni seremos los únicos, sólo es cuestión de leer a quiénes nos han antecedido, fijémonos este caso, sino, en relación al mundo actual, moderno, de hipercomunicación como era descripto y detallo, 60 años atrás por el filósofo Martín Heidegger en unas conferencias que se editaron bajo el título de “Serenidad”:

…Pero el desarrollo de la técnica se efectuará cada vez con mayor velocidad y no podrá ser detenido en parte alguna. En todas las regiones de  la existencia del hombre estará cada vez más estrechamente cercado  por la fuerza de los aparatos técnicos y de los autómatas. Los poderes que en todas partes y a todas horas, retan, encadenan, arrastran y acosan al hombre bajo alguna forma de utillaje o instalación técnica, estos poderes ya hace tiempo que han desbordado la voluntad y la capacidad de decisión humana porque no han sido hechos por el hombre. Pero también es característico del nuevo modo en que se da el mundo técnico el hecho de que sus logros sean conocidos y públicamente admirados por el camino más rápido. Así, hoy todo el mundo puede leer lo que se dice sobre el mundo técnico en cualquier revista llevada con competencia, o puede oírlo por la radio. Pero, una cosa es haber oído o leído algo, esto es, tener meramente noticia de ello y otra cosa es reconocer lo oído o lo leído, es decir, pararse a pensarlo.

El distrito de la palabra, es tal vez el que conlleve una mayor disputa desde las huestes políticas, sin que tal lid, se evidencie o sea una confrontación declarada. Muchos comunicadores, por diferentes medios, se transforman en el escenario natural en donde, las voces de los políticos con aspiraciones a cargos, reproducen, actoralmente, frases, conceptos, que ni siquiera han tamizado por sus cabezas o pensamiento. Para ponerlo en un ejemplo, ninguno de ellos, mucho menos en campaña, duda, hesita, reflexiona, piensa o puede volver tras sus pasos, como si fuese una tragedia griega, el paradigma de lo dialógico, se reduce, al campo monocorde, sepulcral, de las palabras en afirmativa, del señoreo de las frases construidas por publicistas o por cerebros, que están siempre arteramente escondidos, agazapados, prestos para embaucar, a quiénes embauca el candidato de aquellos. Sí las elecciones, la democracia, la política y la institucionalidad, son análogos al concepto de la libertad, o al menos condición necesaria para que se desarrolle la misma, es al menos paradojal, que la duda, que la pregunta, y que la palabra misma, se vea reducida, escamoteada, dejándole paso, al imperio absurdo y soberbio del positivismo más furioso de la afirmación, del hacer sin pensar, y del ir para adelante por temor a analizar y estudiar que está pasando, para una vez concluido ello tomar una decisión, atemperada y macerada por el tiempo y las circunstancias. 

Claro que todo sería tan sencillo, sino fuese que en nuestra naturaleza y tal vez en nuestra propia razón de ser en el mundo, lo único que tenga sentido o supuesta finalidad, sea el preguntarnos, el interrogarnos, el desgarrarnos incluso, y hacernos cargos de las incertidumbres existenciales mediante las tórridas preguntas, a las que no le encontraremos nunca respuestas, pero que, mal que nos pese, es lo único que nos pone justo en el medio, entre los animales y las máquinas. Esa duda, ese cuestionamiento, hasta ese temor, porque no, de saber que nos enfrentamos a lo que no tendrá respuesta, pero que igualmente, lo indómito de lo que somos nos impulsa a ese vacío, es lo que nos dota de humanidad, el único anclaje del que podemos estar seguros, habitándolo con la comodidad y el placer de la sensación que nos brinda el sentir de que nada doloroso, nos sucederá siendo humanos, respetándonos en nuestra mayor intimidad, cuidando nuestro tesoro más preciado, dejando fluir las palabras, para que se amonten y se cierren tras el interrogante, el mismo que jamás será contestado, pero que en el temor crepitante del mientras tanto, nos hace avanzar. 

La institucionalidad les debe otorgar mayores espacios, a los soldados, a los obreros, a los orfebres de la palabra, a quiénes a diario, en sus diferentes ámbitos, se la juegan ante lo sabido, lo digerido, lo asimilado, los que se arriesgan con cuerpo y mente, para demostrarnos que existen insondables lugares en donde podríamos transitar, como individuos o como comunidad. Nada lograrían sin en cambio buscan, castigar o sancionar a los cercenadores del pensamiento o de la pregunta, a los despostas de la afirmación y de la no duda, esos carceleros deben seguir la senda de sus propios encierros, sin por ello ser acusados o cargados con mayor penalidad que esa, la de transitar por esta vida a medias, adoradores de lo material o de las falsas congratulaciones, a expensas de perseguir el pensar, puede que algún día penitentemente se rediman en el mar de sus envidiosos llantos. 

El valor que pone quién cuestiona, quién indaga, quién duda, quién se hace cargo de su humanidad, asestando lo pregunta, con calidad y respeto, debe ser mayormente considerado, debe ser rodeado de mayor prestancia ciudadana, para servir de ejemplo, de referencia, para aprender a partir de esas dudas y preguntas, para crecer como comunidad, cuando sepamos permanecer en el silencio sabio del que piensa y duda, por más que este frente a una pantalla que le exija una respuesta, ese día, simbólicamente, habrá empezado algo distinto, y para bien.

Gustavo Ceratti, en la canción “Dejá Vú” sostiene; “todo es mentira, ya verás, la poesía es la única verdad”. Decenas de años atrás, en palabras semejantes, lo expresaba Heidegger en relación a un poema de HölderlinLos poetas son aquellos mortales que, cantando con gravedad al Dios del Vino, sienten el rastro de los dioses huidos, siguen tal rastro y de esta manera señalan a sus hermanos mortales el camino hacia el cambio. Ser poetas en tiempos de penuria significa: prestar atención al rastro de los dioses huidos. Por eso es que el poeta dice lo sagrado en la época de la noche del mundo. Por eso, la noche del mundo es, en el lenguaje de Hölderlin, la noche sagrada. Heidegger, Martin. “Caminos de Bosque” (“Gesamtausgabe. Bad 5: Holzwege”). Madrid. Alianza. 2001.-

El régimen cultural de la correntinidad nos mantiene en lo profano, del hambre, la marginalidad y la desigualdad. Todo lo que no se acepta como crítica desde tal oficialidad es precisamente lo sagrado que nos tiene para decir la crítica, en boca del intelectual comprometido o del poeta, que por supuesto no es considerado como tal, que es “ninguneado”, tratado con indiferencia y segregado de las formas más directas, burlado y denostado cómo sí se tratase del responsable de lo que tiene para decir, como un elemento más, dentro de una sociedad que jamás será tal, sino respeta la palabra. 

 

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