11 de septiembre de 2019

De la cultura de la grieta a la jibarización del otro.

Los Jíbaros, dentro de sus prácticas más llamativas, tienen como costumbre ancestral el “reducir cabezas”, que más allá del barbarismo que en un a priori nos pueda representar el accionar, tiene un sentido de amalgamar o reunificar, simbólicamente, al vencido, asimilar al otro, para tras este tremendo e impactante acto simbólico, restaurar la paz o armonía.

La democracia electoralista que nos supimos conseguir, devino en la foto fuera de foco o distorsionada de cada una de las elecciones en los diferentes distritos. El que saca un voto más, sea por el sistema que fuere (mayoría, balotaje, con colectoras, con lemas, con boleta única, a color, etc.) tiene el derecho de “jibarizar” a los otros, los reduce, como los Jíbaros con las cabezas de sus enemigos, los enjolonan detrás de las perspectivas, que en el momento definen los supuestos ganadores que replican las recetas predeterminadas que nos direccionan, sin ambages, a los mismos resultados por todos conocidos, sea por izquierda, por derecha, liberal o populisticamente, lo cierto es que el destino final, está tomado de antemano.

Quién toma esa decisión, independientemente, del partido por el que se presente, o los vocablos que utilice, para llamarse afecto a uno u otra doctrina política-económica, es ni más ni menos que el amateurismo político, la informalidad nociva, de miles de hombres y mujeres, que escudados en una supuesta “vocación” no hacen más que enriquecerse a costa de implementar en los ámbitos de administración el libro de los dogmas perimidos que más a mano tengan arriba de la mesa. 

Nos falta un sentido democrático que vaya más allá de lo electoral, adolecemos de una cultura que proponga consenso, diálogo y entendimiento, sin que medien, entre los sectores en pugna el arrebato de la interposición de perspectivas, la intromisión de que se ponga en batalla, cuál sería en cada caso en cuestión el bien jurídico mayor a preservar o anteponer. 

Psicoanalíticamente la falta no sólo nos constituye en nuestra subjetividad, sino que de acuerdo a Lacan, es el verdadero promotor del deseo. La falta por tanto, es ineludible e inevitable. Sí hiciésemos la referencia obligada con lo que hacemos con nuestro corpus social,  la asociación es inmediata y se cae de maduro. A nuestra tan mentada, democracia, como sistema político, escogido y defendido a ultranza, pese a sus ausencias o faltas, le suceden inevitabilidades como la de tener, y sostener, sumergida a parte de su población, de su número, de su propio cuerpo, en la indignidad de la pobreza o de la exclusión.

Hemos naturalizado, o mejor dicho tal falta, se nos ha constituido en una suerte de orden natural del que, adecuaciones elegantes de por medio, no nos corremos si quiera un ápice de tal trazado, que sólo se nos hace evidente como síntoma.

El síntoma, es decir la manera, la forma, en la que podemos advertir de como esto mismo esta funcionando es el número. El número que indica la cantidad de pobres, el número que indica la cantidad de migrantes, carentes o marginales. El número que nos dice que estamos a salvo de ello, que no estamos en tal categoría. 

La inevitabilidad de la pobreza, que es la reducción, la jibarización de la dignidad del otro, reducir no su cabeza, sino su posibilidad de ser sujeto nos condena a esto mismo. A que la pobreza sea un mal necesario de lo humano, y que sólo tengamos,  medios, recursos, instrumentos, operados por ganas, deseo y voluntad, para que no seamos nosotros los pobres o  marginales, en el mejor de los casos, tampoco los nuestros. Este campo de lo “nuestro”, se extiende a ciertos familiares y amigos, que en su capilaridad, inquietante de un mundo de consumo individualista termina de forjar lo que conocemos hoy como la lógica instrumental del sistema de partidos que sostiene la entente democrática.

La democracia se sostiene en la falta de posibilidad de alimentarse, a la que somete a parte integrante y fundamental de la población a la que gobierna, en nombre de ese imposible de completar tal falta.

La anemia democrática es en verdad, la de un sistema que se pretende en la cúspide de la defensa y la promoción de los derechos del hombre, cuando en verdad es la excusa perfecta, como ilusión necesaria, para que en un campo concertado, se desate una batalla descomunal entre diferentes facciones (las organizaciones que constituyen la institucionalidad democrática) que fragorosamente, pelean porque menos de los suyos caigan en el sótano de la pobreza y de la marginalidad, o en verdad para no estar cerca de tal abismo (es decir no perder capacidad de compra y de consumo, que es la única aspiración que logra el hombre democrático, sí es que se alimenta y come)que es básicamente lo que se define en todas y cada una de las elecciones que se llevan a cabo en las distintas aldeas de occidente.

Cuando, ciertos informes estadísticos, aumentados por la réplica de los medios de comunicación, nos señalan en número, y más luego su astuta traducción (los informes de carne y hueso, de esas historias terribles y desgarradoras, o cuando de casualidad nos cruzamos con algún pobre paseando su indignidad) de qué se trata la pobreza, a no pocos les surge el odio a esa clase o condición (se acuño el concepto “aporofobia”) que es en verdad la reacción a un temor primario. Todos tememos el caer en tal falta, para más luego, cuando nos alejamos de la tensión de ese temor, o lo podemos desatar medianamente bien, nos asoma y nos asola la culpa por no ser nosotros los pobres, por no tener el dolor de tal falta.

La pobreza se nos torna, inevitable, no sólo cómo condición necesaria para el sostenimiento de la institucionalidad política, no sólo como razón operativa de mercado, la pobreza se nos torna inevitable, triplemente, porque anida en la razón a la que no entendemos como tal, porque se imbricó en la falta que nos constituye.

El problema de la pobreza, jamás puede ser ni diagnosticado ni tratado mediante su síntoma, mediante el número, esta es la prueba fehaciente de que en verdad, por el camino que vamos, lo único  que nos preocupa de la pobreza es que no seamos nosotros los pobres o que estemos lo más lejos posible de tal calamidad,  cayendo en la trampa de creer que lo lograremos acumulando y aquilatando material, que no nos llena ni llenará, que no cubre la falta.

Insistimos la pobreza, en su inevitabilidad ya pertenece a  una suerte de orden natural en que devino, o en que hemos devenido nuestra propia historia de la humanidad. Debemos deconstruir la noción de lo político, de lo pobre y de lo democrático. El logos, la razón, la palabra es un elemento, todo lo otro, el terreno del desconcierto, en vez de aterirnos, de hacernos hesitar, debe estimularnos, provocarnos a que nos constituyamos, incorporando otros “fantasmas” que cubran nuestra falta a la que hemos sido arrojados a la existencia . 

La muerte no traduce lo humano, no lo redime, no lo inmortaliza, sólo la palabra es capaz de conseguir esto y tanto más.

La palabra, a la que se la persigue, se la ultraja, se la sodomiza, exigiéndole una traducción, un resultante, nos habla, nos interpela, en todos los planos posibles, para que nos reconciliemos con ella, con lo público, con lo político, que es su sucedáneo.

En la palabra no anida el resultado, al que por haberlo convertido en prioritario, la traducción de lo humano, lo va despojando de su sentido, de su esencialidad, de esa palabra por la que aún conservamos nuestra condición, hasta que la terminemos despellejando y en tal posibilidad, habernos transformado en la suma azarosa de un algoritmo, sin posibilidad de regreso, de cambio, sin traducción alguna más que la contundencia del número.

La grieta funge como síntoma de una sociedad jibarizada que se escuda detrás de prácticas electoralistas que se precian de democráticas, sólo en un perverso sentido eufemístico.    

 Por Francisco Tomás González Cabañas.

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