"El que apoya al culpable se hace cómplice de la falta". Su autor Publilio Siro fue un escritor latino de la antigua Roma. Fue hecho esclavo, pero gracias a su talento se ganó el favor de su amo, que lo liberó y educó . Recibió el premio de César en una competición en la que venció a todos sus rivales, incluido el célebre Décimo Laberio. De sus obras queda únicamente una colección de "Sentencias" (Sententiae) y la siguiente es tal vez la más contundente, sobre todo en los tiempos actuales en donde, la sociedad civil, pretendería que se cumpla "iudex damnatur ubi nocens absolvitur" ("El juez es condenado cuando el culpable es absuelto.") tal máxima, tan determinante, efectiva y sencilla, alumbra la posibilidad cierta de que la ciudadanía construya desde el voto, una suerte de “justicia electoral”.

La complicidad en la falta, y que hace culpable al que apoya al truhan, cuando es lesiva de la cosa pública, se transforma en crimen de lesa humanidad, cuando atenta contra el corazón del corpus político, que es ni más ni menos que la legitimidad, en donde se asienta la credibilidad del lazo entre representantes y representados.

Sí hablamos de legitimidad, no sólo debemos hacerlo, diferenciándola, de la legalidad, sino estableciendo una meridiana diferencia entre la legitimidad parcial versus la legitimidad absoluta, la primera que es la válida y la única razonablemente cierta que puede otorgar el ciudadano a sus mandantes y la segunda, la que cree tener el representado cuando absorbe la cesión de la ciudadanía, para luego cometer los latrocinios por todos conocidos, que supuestamente, controla o controlaría, estos excesos, otro poder de un estado constituido que sería el poder judicial, cuyos miembros no son elegidos, paradigmáticamente por el voto de la gente, escudados en los supuestos contrapesos positivos que generaría la consagración del republicanismo tan hiperbolizado . Esta razón de la legitimidad parcial, que es la política (o debiera ser) podría encontrarse observada explícitamente, en que el ciudadano al delegar su representatividad, lo haga en tanto y en cuanto, sus representados no pretendan introducir una suerte de patronazgo exclusivo y excluyente, de una cosmovisión política y social, menos sí el contexto es dentro del marco de elecciones nacionales internas como obligatorias. Lo que esto pretenden hacer en nombre de tal legitimidad parcialidad, van en realidad por una legitimidad absoluta y por ende no democrática, en nombre o sobre la misma.

Todo aquel, que pretenda, antes de someter la cuestión (la cuestión de la representación o de lo que pretende representar, es decir una idea o convicción política) al electorado, al soberano; señoreando, en forma absolutista, recortando el lazo de legitimidad que sostiene lo democrático, no estaría haciendo más que cortar en público y desde el atril del funcionariado, la hoja de un diario, en nombre de la libertad de expresión y de la circulación democrática de las ideas en un ámbito repúblicano.

Sí bien el hombre es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra, 

Herbert Marcuse, en su introducción a una nueva edición del Dieciocho Brumario, añadió otra vuelta de tuerca, a la observación que le hiciera Marx a Hegel: “algunas veces, la repetición a modo de farsa puede ser más terrorífica que la tragedia original”.

Los votantes que tengan la posibilidad, como el tiempo, de leer y de reflexionar, no debieran, salvo que compartan intereses facciosos y por ende poco democráticos, ser complíces de la falta, apoyando al culpable, dado que un día en caso de que no se les haga entender claramente a estos pretenciosos, cuáles son los límites de los mandantes, les cortarían desde el voto, como las libertades, como alguno, ya lo ha hecho en forma pública y en nombre de pelear, supuestamente, para favorecerlas o incrementarlas.   

 

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