Me sorprenden las discrepancias en el mundo del periodismo sobre lo que realmente ocurre, porque hace a lo mejor cinco o diez años sí podía ser cierta esa visión de una arquitectura más conceptual, pero hoy en día esta distinción es totalmente irrelevante. Rem Koolhaas

En el incandescente horizonte norteño, para ser preciso en lo posible, norte que habitamos, que pende del mapa geográfico de un extenso e irreconciliable país, nosotros, acá, desbordados por la proximidad consciente de caernos encima de Brasil o Paraguay en un desfiladero que nos propone el vacio mismo que se hace espacio, nosotros que en un acto delirante,  estiramos como chicle al límite, en una punta, descomunal monumento al comandante Andresito y en la otra punta, Juan de Vera, así no hay tendón que aguante y entendimiento inteligible que comprenda que es todo lo que suponemos totalmente creídos que somos, la misma liquidez que la que andamos por la vida que nos liquida en cada esquina.

Pero en este norte, abrasante que vive más por un ejercicio intuitivo que por racionalidad, como si fuera que la memoria genética de los viejos o antiguos pobladores de estas tierras nos mandaran un mensaje sanguíneo, enseñando a sobrevivir en la adversidad de la jungla moderna.

La comunicación en ocasiones, en muchas, en demasiadas ocasiones, in-comunica a sabiendas de la propia in-comunicación que prevé realizar, el medio de comunicación no tiene su raíz fundante en lo que dice que es sino, en lo que pretende ser de su naturaleza misma, convertirse de repente en faro de la discreción informativa pero al mismo tiempo, arrogándose un calidad ético-moral comunicativa, la credibilidad es el activo más preciado del universo comunicacional, pero credibilidad hacia dentro, no hacia el comunicado, creíble tiene que ser el discurso que penetra entras las capas subcutáneas del generalato que subvenciona al medio in-comunicador con recursos públicos.

El periodismo correntino no existe, vaya a saber uno si por voluntad propia o por algún grado degenerativo del oficio en manos de algún agente extraño, lo visible cada jornada hábil es su invisibilidad, el periodismo se convirtió en agentes de prensa gacetillero de los Estados en cualquier orden que se prefiera (federal, municipal, provincial) perdieron la creatividad transformándose en divulgadores del relato oficial, puede ello comprobarse empíricamente todos los días, la construcción mundana de cada medio ronda en el absurdo, los separa distancias inabarcables, de polo a polo, perdieron toda identidad al colocarse bajo el poncho de dueño de la chequera circunstancial, actúan como bloques instaladores de verdades y realidades de dudosa existencia, abundan en la mitología berreta y superficial en la que habitan. El periodismo correntino no existe porque no hay información sobre la cual reflexionar, en la pausa eterna no hay movimiento que medir.

Junto con la libertad de elección, -decía Todorov-, que preserva para sus ciudadanos, el Estado tiene (o debería tener) otros objetivos: proteger su vida, su integridad física y sus bienes, luchar contra las discriminaciones, actuar en pro de la justicia, la paz y el bienestar comunes, y defender la dignidad de todos los ciudadanos.

Al parecer los que se precian de tales (cmunicadores), en una suerte de exacerbación de un purismo absurdo, se ufanan de ser felicitados, palmeados, saludados todos los 7 de junio, “chipaceados” en el ámbito de un reducto oficial, para tener presta la pluma, afilado el micrófono, el aire inmediato, y saciarse en la nada absoluta que significa y representa el supuesto servicio de comunicación social.

Lo hemos sostenido en infinidad de oportunidades pero al parecer ciertas sociedades ansían la criminalidad Goebbeliana que se le repita para que algo quede, independientemente de su posibilidad de ser verosímil. Si la comunicación tuviese un fin público, social, democrático, que sirviera para sostener las libertades, tendría como prioridad el comunicar las formas y posibilidades de cómo derrotar el principal problema que afecta a nuestras tierras; la pobreza. A contrario sensu, como en una especie de paradigma de la perversión, los que se dicen comunicadores públicos, en nombre de ese purismo, de supuestamente comunicar bajo la égida del interés de las mayorías, les da el canal de comunicación a los principales responsables de que el hambre se haya extendido como un flagelo, y cuando tienen la posibilidad de preguntar, de indagar, de cuestionar, supuesto “leit motiv” de la comunicación, callan, o edulcoran, o evaden, o comunican lo incomunicable que es ni más ni menos que cualquier cosa, menos la razón de ser del oficio..

Operar sin embargo, es intervenir en la realidad, es hacerse cargo del animal político que somos tal como lo definió Aristóteles. Un comunicador, sea de deportes o espectáculos, con lo que comunique, interviene en la realidad que comenta, narra o diseña. Que sepa lo que está haciendo, es decir ser consciente de su capacidad de operador, o que lo esconda por mostrarse como impoluto ante la comunidad de comunicación ya es harina de otro costal y una cuestión deontológica que sólo debería ser discutida en ámbitos académicos.

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