ANÁLISIS

24 de abril de 2019

La democracia hegemónica y la pornografía electoral.

En un sondeo reciente, llevado a cabo en el NEA Argentino, más del 95% de los consultados, desconocía la existencia de sujetos como Gramsci y Foucault. No es casual. Ambos autores definieron, la hegemonía cultural como la pos-hegemonía, como los dispositivos, las formas, las maneras, mas edulcoradas, amables, afables o suavizadas, mediante las cuales, todo se sostiene como está, independientemente de cómo estemos. Nunca importaron los resultados, sino como resulte aquello que al parecer se pone en cuestión. En verdad nada está en cuestión. Sí existiese en la actualidad algún líder opositor, que se proponga un cambio fundante o sustancial, lo primero que debiera hacer, es no participar en el juego electoral, de amañadas reglas que lo único que propone es que los ganadores de siempre, se legitimen mediante el ceder de supuestos roles opositores a otros grupúsculos que son más parte del problema que dé una solución supuesta o hipotética. No estamos haciendo teoría o abstracción. Sucede en Venezuela, más allá de qué modelo nos tenga más cerca. El Presidente que de acuerdo a la aceptación de varios países, se encuentra a cargo, llegó mediante un proceso, en donde como parte de una oposición, se negaron a participar, una y otra vez, a las convocatorias que proponía lo que ellos llaman el “régimen” o el gobierno que dicen usurpador, dado que lo acusan de sostenerse mediante elecciones fraudulentas de las que no participaron, denunciándolas en los papeles como en los hechos como tales.

La democracia, acaba convirtiéndose, mediante la condición sine qua non de lo electoral, en una democracia hegemónica.

Desde la aldea desde donde esto se escribe, la lógica tensión del poder, siquiera está en la división formal de los oficialistas y los opositores. Anida dentro de un conglomerado de casi treinta partidos como facciones, para ver cuán lejos o cerca estará el primer partido del segundo que llevan los mismos candidatos. Algo no muy lejano, desde lo conceptual, ocurre, sucede, acontece en la aldea vecina, en donde de la misma expresión política, el actual como el anterior, rivalizan, epicentricamente por el próximo mandato. La única diferencia con lo nacional, es que la anterior y el actual, no son del mismo partido, pero la disputa se detuvo desde hace tiempo entre estas dos personalidades, cómo sí los problemas que tenga un estado, tendrían correlación con cuestiones personales o personalísimas. A días de qué España vuelva a la convocatoria electoral, con la novedad que cada turno, aparecen espacios supuestamente más corridos a la izquierda o a la derecha, lo único que no termina de suceder, es precisamente que ningún grupo político o personalidad política, apunte o haga eje con la verdadera cuestión, que planteamos como posibilidad; salirnos de una democracia electoral tiene estricta relación con prescindir de lo electoral o reformularlo radicalmente, o en grado sumo.

Caso contrario terminaremos repitiendo las salidas esperpénticas, como las recientes en Ucrania y ya probadas en otras latitudes, de votar por payasos, cómicos o famosos, en una suerte de pornografía democrática a la que la hegemonía de lo democrático, también la contempla como reacción, como respuesta, morigerada, controlada o preestablecida, para que después de esta renuncia a ser humano, se nos permita todo lo que creamos que nos venga en gana, cuando en verdad simplemente estamos obedeciendo a un patrón, a un algoritmo predeterminado, pre establecido, por todo eso que nos dice que estamos eligiendo u optando.

Por Francisco Tomás González Cabañas.

 

  

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