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  POLíTICA   5 de abril de 2019
La elección de los candidatos.
Desde la recuperación de la democracia, se comenzó a gestar lo que hoy denominamos clase política (no en el sentido marxista, sino de claqué, de gueto, de reducto de privilegio, de facción). Los partidos políticos escudados en su importancia dispuesta por el artículo constitucional (número 38, cómo el famoso calibre del revolver) , mediante el dogmatismo de ex presidentes, imprimían, mediante la permanencia en unidades básicas o comités, una especie de colegiación para sus adeptos, la materia, infaltable en tal bachillerato, versaba acerca de la capacidad de los dirigentes o punteros, para convocar a ciudadanos que asistieran a mítines o actos preelectorales, para finalmente, aprobar el examen, trasladando a la mayor cantidad de votantes a las urnas electorales. En vez que le ocurriese a esos padres de la democracia, la constitución de clubes de la democracia, forjaron una supuesta democracia partidocrática, o guerra legitimada entre facciones, por intermedio del velo del partido institucionalizado.

La teoría indicaba, que el puntero o dirigente, con mayor poder de convocatoria en la última elección, correría con muchas chances de transformarse en candidato en la próxima. Un aspecto que redituaba al posible postulante, era la adquisición personal de un título universitario (abogado mejor) para tener un aire doctoral, que le brindara autoridad ante el electorado (tal como el temor reverencial, presente hasta no hace mucho en el código civil). Este mecanismo funcionó durante una década, eran tiempos sagrados de la novel democracia, que por inspiración mística, contagiaba a la comunidad, con un halo de pertenencia obligado hacia una expresión partidaria.

Los deseos personalísimos y las ambiciones desmedidas, sumado a la ausencia de un referente vivo (los padres fallecidos de la democracia, heredados por hijos desquiciados en la mera repartija), que hiciera paradigmático, un principio patriótico, comenzaron a horadar y percudir, el sistema establecido. La imposición normativa de la presencia de la mujer, mediante el cupo femenino, como punta de lanza, proyectó un nuevo estado de cosas. Quienes accedían a las candidaturas, tenían que poseer, como característica principal, ser confiables ante los líderes, cabecillas o presidentes de los partidos. Esta condición, debía su razón, a los chanchullos o actos inmorales que la política permitía a los políticos. Repartos de subsidios, becas, pensiones y demás transferencias de fondos del estado, para que sean administrados por las autoridades principales de las expresiones partidarias, que además de discrecionalidad, aportaban una alta dosis de injusticia en las decisiones que tomaban, en cuanto a la repartija. A esto se le sumó, que el modelo económico del momento, comenzaba a ingresar, en una crisis, que empujaba a más y más números de ciudadanos, a los límites indignos de la pobreza y la indigencia. La clase política, sea por ausencia de reflejos o falta de capacidad, o por el aburguesamiento, de las nimias convicciones republicanas, creyó que el sistema por sí sólo se recuperaría y avanzó en el proceso de selección de candidatos, con el único requisito de la confiabilidad. Se fueron dejando de lado, los antiguos principios del poder de convocatoria del dirigente, la permanencia de estos en la casa partidaria, o las declamaciones públicas o privadas, de los punteros, en relación a la identidad con los dogmas de cada expresión partidaria. Ya no importaba, sí se cantaba la marcha que fuese, sí se pintaba la pared o se punteaba (timbreaba) a los vecinos del barrio, lo único que podía llevar a alguien del llano a un cargo público, era la confianza o la genuflexión a su jefe. Se comenzaba a vivir el reino del nepotismo y amiguismo. Quién mejor que un pariente o un amigo, reflexionaban las máximas autoridades de cada partido, para que ya en funciones, el sistema continuara favoreciendo, a todo un conjunto de socios, que se iba conformando y alimentando, en base a las decisiones, discrecionales e injustas, de los diferentes mandamás partidarios.

Pese al quiebre institucional, por todos conocido y padecido, que ha vivido la república, ante una nueva convocatoria electoral, la clase política no se ha podido desprender de las fatídicas mañas o acciones arteras, que además de alimentar el éxito (monetario u honorífico) de los responsables, socavan la endeble relación entre representantes y representados.

Los más de cuarenta partidos políticos existentes en la provincia, no sólo nos instalan en el “top five” de las distritos del país con más partidos, pese a tener un padrón de ciudadanos ínfimo en comparación a Provincia de Buenos Aires o mucho menor con relación a Córdoba o Ciudad de Buenos Aires, se encuentran en estos momentos del escrutinio definitivo, siendo “poroteados” o “escaneados” para ver a razón de verdad, cuantos votos sacaron, tienen o le pertenecen. Aquí comienzan los problemas, en realidad los problemas, como veremos comienzan de antes, pero aquí se inicia su palmaria evidencia de cuán grave es el problema de tener un bajo índice de calidad democrática o que sólo sea lo democrático una cuestión del número de votos o del porcentaje electoral.

Precisamos, al menos circunstancialmente, de momento, en el mientras tanto, que los ungidos en su calidad de representantes de lo democrático, conlleven consigo, cierta capacidad para demostrar que algo conocen del fenómeno de lo democrático. El ideal sería que conozcan y mucho, tras haberse dedicado bastante, pero ya alcanzaría con que, la política no sobreoferte, esa suerte de selección de hombres y mujeres, supuestamente conocidos como valor, sepan el estrago doloso que representa ese concepto deleznable de “juntar votos” en una provincia que tiene la mitad de su población sumida en la pobreza.

 

 



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