POLíTICA

18 de noviembre de 2018

La mujer radical más considerada, políticamente, que la mujer peronista.

Ante el proyecto de elevar el cupo femenino en las listas electorales (¿propone el proyecto también paridad en cargos del estado, como en el ámbito del judicial?) al cincuenta por ciento, son las mujeres pertenecientes al PJ, quiénes recorren las oficinas legislativas para que el proyecto a instancias del ejecutivo radical, sea tratado en lo que queda del presente año. Tal vez, resulte más efectivo que las “compañeras” peleen puertas adentro, por el porcentaje que fuese, que sus lugares no sean ocupados por esposas, familiares, amantes o entenadas, tal como ocurre, desde hace años a esta parte en el pejotismo correntino, como moneda corriente, como una práctica común, que sin embargo, astuta y convenientemente, no sucede ni en el radicalismo gobernante ni en las huestes de ningún otro partido de la alianza en el gobierno.

La ecuación es muy sencilla. No sólo que la mujer del hombre fuerte de oficialismo provincial, siquiera ha ocupado un cargo de concejal, tampoco lo han hecho las conyuges o parejas de los presidentes de la cámara de diputados o de senadores de la provincia. En el peronismo correntino, la lógica ha sido y es no sólo distinta sino opuesta. Un ex intendente, senador y perdidoso candidato, puso a su ex cuñada en más de una oportunidad para ocupar cargos electorales como conchabos jerarquizados, repitiendo la mecánica con sus parejas actuales o hasta el último momento en que detentó poder. Otro ex vicegobernador, que detenta la presidencia del PJ de un distrito del sur, tiene una perimetral interpuesta por la justicia, por hechos de violencia con su ex mujer. Las bancas ganadas en el nombre del peronismo y ocupadas por el cupo femenino, detentan el apellido de esposas, sobrinas, hermanas pero, en honrosas excepciones, se sostienen por la militancia o la capacidad dirigencial “per se” de la mujer en cuestión.

El radicalismo o la alianza gobernante, sin embargo, se desborda de mujeres que han llegado por tener bien puesta “la pollera propia” antes que estar enganchadas de algún pantalón.

La sentencia, en su forma lógica debiera disponer que: O la mujer radical (o de la alianza gobernante), es más respetada por los hombres o se ha ganado centímetro a centímetro ese respeto que se traduce en las bancas legislativas y en los lugares que ocupa que las peronistas que exigen afuera de su partido (que se trate la ley de paridad electoral por ejemplo) lo que no logran dentro. La política no es el campo de la lógica por tanto, ni una cosa ni la otra, pero lo cierto, es que donde unos gobiernan los otros no. Los que gobiernan, por ejemplo, incorporaron a una legisladora (la promotora de la “banca de la mujer”), proveniente de un partido en donde también reina “la mujer de”, que pese a haber tenido un padre o una estirpe política familiar, lo que logró lo hizo a partir de su trabajo político-militante (al punto que hasta su hermano, llegó a concejal colgado de la pollera de esta) algo impensado, al menos hasta ahora en lo que dan en llamar “la gran familia peronista”.

Es que sí de algo esta enferma esa familia, es de un machismo, brutal, exorbitante y como todos, cruel y golpeador. No es casualidad que hace unos pocos años atrás, dentro de la legislatura, diputadas que habían ingresado por el mismo frente opositor, denunciaran a un senador del mismo espacio, por hechos de violencia doméstica perpetrados en espacios públicos a la luz de testigos y de sobradas evidencias que no quedaron en nada. Como ha quedado en el olvido la denuncia de una ex presidente del concejo deliberante capitalino, a un concejal, par y "compañero" suyo dada que lo importante, al parecer para la mujer peronista, al menos en el concejo, es ser llamada “concejala”.       

Probablemente, tal como ocurre en las disposiciones más perversas, reine en el peronismo correntino, la mayor intensidad de conductas ultramontanas, que se expresan en comportamientos de un machismo recalcitrante y radicalizado, al modo que es tan fuerte que se lo oculta pregonando exactamente lo contrario.

Tienen entonces las mujeres peronistas, el desafío político más grande. Parir una nueva concepción de lo político, desde las entrañas de un peronismo pútrido, furibundamente conservador y anquilosado, debiendo dar la batalla, adentro o afuera, en donde el conocimiento o la intuición se lo señalen, pero seguramente con las banderas de la inclusión y la justicia social, y con la suerte como estandarte, de lo contrario, difícilmente sus propios “compañeros” se lo acepten, se lo toleren y se lo aguanten, porque cuando esto suceda, deberán dejar de ser parte de un espacio político que se dice de una manera, pero que se practica de otro y que por ende y por tanto, no se cansa de perder elecciones, dado que no engaña a nadie que no este sometido a sus golpes, a sus tratos y descalificaciones.

 

 

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